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Pensamiento Masonico

LA NUEVA MASONERÍA

Marta Ferrari, Gran Sec. RR:.EE:: GOLA

La nueva Masonería debe ser fraterna y respetar la libertad absoluta de  conciencia de sus propios miembros, debe cultivar los lazos de fraternidad  por encima de ritos, creencias, obediencias, etnias, culturas,  nacionalidades. La nueva Masonería debe ser abierta a las comunicaciones fraternales y dejar de cerrarse tras los pretextos de linderos u otras fronteras.

La nueva  Masonería debe ser coherente entre la teoría y la práctica y dejar los  bellos discursos para los politicos. La nueva Masonería debe trabajar  por  sus principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y también por la Verdad, la Justicia, la Solidaridad, la Paz entre todos los seres humanos del  planeta.

Las Obediencias que ponen interdicciones a sus miembros, que no confían en  sus capacidades y en su discernimiento, que se asustan porque visitan otras  logias u Obediencias y les impiden la doble afiliación, están atentando  contra los valores fundamentales de una escuela iniciatica. Usan el recurso  del temor, del miedo, del control, porque no confian en sus propias ideas y  propuestas.

El GRAN ORIENTE LATINOAMERICANO (GOLA) no tiene  inconveniente en respetar la doble afiliación de aquellos HH:. y HHNas que  lo entienden positivo para su crecimiento y desarrollo como seres humanos y  como masones. Seguramente conocerán más y aprenderán mucho en sus visitas y  trabajos con otros HH:. En la diversidad hay una enorme riqueza a descubrir.

En el siglo XXI, todos los Masones del mundo deben sentir y vivir la  libertad de cultivar la fraternidad allí donde mejor lo consideren, sin  restricciones.

 

Luvetones, adopciones y reconocimientos

Luvetones, adopciones y reconocimientos

Unicornio

Los investigadores de antiguos documentos, han encontrado que la Adopción de Luvetones tuvo en sus inicios el objetivo de protocolizar la protección a los hijos  (varónes o mujeres)  de un H:. desaparecido,  para que estos en su condición de "ahijados" de la logia  gozaran  de la protección material y moral de todos los Hermanos del Taller.   Con el correr del tiempo esta ceremonia modifica y se realiza,  en vida del hermano,  para asi garantizar que si fallece, sus familia sera protejida.   Se separan entonces varias ceremonias,  la de luvetones para los hijos,  la de reconocimiento para la esposa,  y las adopciones en general para algun familiar desprotegido que no pueda valerse por si mismo.   La adopción en general es el proceso mediante el cual una logia se encargaba de la manutención de un menor o de un anciano, a petición fundada y motivada de un Hermano.

En la plancha del QH  BLASCO IBAÑES (DANTÓN) ;  nos damos cuenta como se amplia el sentido de la ceremonia,  pues ademas de la  mera proteccion,  se trata ahora de dar lineamientos en la formación de los recipiendarios,  en sus palabras:   " … se trata de liberarles de los males con que le amenaza la superstición; iniciarle en la vida de la inteligencia; quitarle el velo materia que cubre sus ojos y purificando su cuerpo, llevar a su espíritu con el amor al estudio, la inspiración de la virtud y de la fraternidad universal, para que esta, su primera iniciación, le abra el camino de la felicidad".

Origen del termino Luveton.

En algunos escritos masónicos antiguos se denomina también "Lobato", "Lobatón", "Lobatillo", "Luston", "Lowton",  "Loweton" o "Lewis".

Hay quienes afirman que este nombre proviene del antiguo Egipto, donde los iniciados en los misterios de Isis o isíadas, cuando se encontraban en público llevaban una Máscara dorada de Cartón con la efigie del Dios Tot, por cuyo motivo se les daba el nombre de lobos o chacales.

Otros, sostienen que esta palabra deriva del término "Louve", de origen normando, con el que en la Edad Media se nombraba una herramienta empleada en el arte de la construcción que sirve para levantar piedras (Ritualmente la Leva (Louve) o palanca;  en este caso se entendería que "Louve"   indica  la participación de la logia en la formación del menor adoptado  que podría también definirse como "Levantar al vástago"

Ceremonia

La edad que se propone para los luvetones va de los 7 a los 17,  Lo importante es que cuenten con la edad suficiente para entender lo que se les dice y el tipo de ceremonia al que serán sometidos,  pues se pretende tener por luvetones a seres concientes y no meramente conducidos a ello solo por las ideas o conveniencia de sus padres.

A decir de algunos, la ceremonia debe realizarse en verano (San Juan Bautista, al equiparar algunos esta ceremonia a una especia de "Bautizo Masónico"); otros afirman que en invierno (San Juan Evangelista era el menor de los apóstoles); pero en todo caso, debe llevarse a cabo antes de la Tenida Solemne de Solsticio.

Para la ceremonia de adopción de LUVETONES, se adorna la logia con lazos blancos y azules, guarnecidos de oro, el dosel, el trono, las mesas de los vigilantes, las de los oficiales y las columnas, cuyas letras quedan encerradas dentro de una corona de flores de la que penden anchas cintas blancas. Delante del ORT:.  una mesita triangular cubierta con un tapete blanco, con flores,  una vasija con agua, una fuente de plata  y un paño blanco.  Sobre la fuente de plata habrá pan, una vasija con miel, una copa de vino y una cucharilla de plata. En el centro de esa mesa se coloca un candelabro de tres brazos, con las luces apagadas.  En el altar del V:.M:. se pondrán, a ambos lados jarrones con flores.  Se considera bueno y edificante para los profanos y ventajoso para la orden, que los parientes del niño asistan a la ceremonia, en compañía de  otros profanos cercanos al Luvetón.

El niño será apadrinado en este acto,  por uno o dos maestros masones, esta generalmente admitido que figure como madrina alguna señora o la esposa, hija o hermana de algún masón.

Al final de la Ceremonia, el Venerable le coloca al Luvetón la Medalla de la Logia, que porta al cuello con un listón de color azul;  le entrega el Diploma o la plancha que oficializa su adopción, la plancha alusiva del Orador, así como un regalo de parte de todos los Hermanos del Cuadro.

 

ADOPCION DE LUVETONES

LA MUJER Y EL NIÑO  

TENIDA DE ADOPCION DE LUVETONES
3 de diciembre de 1888, e:. v:.

BLASCO IBAÑES (DANTÓN)

El niño y la mujer, esos dos tiernos seres débiles y susceptibles cual ninguno a los afectos y al cariño, vienen a nosotros aquí, a este sagrado recinto santuario respetable, que encierra las conciencias de muchos seres honrados y en donde los hombres libres, puestos sus ojos en el G A D U trabajan llevados por su firme voluntad por la regeneración de todos los humanos, Este acto causa una emoción extraordinaria por su inmensa trascendencia. No son esos dos niños, dos pequeños seres que vienen aquí únicamente en busca de la adopción Masónica; no son estas señoras, mujeres que por curiosidad o por los afectos del parentesco solamente vienen a presenciar este acto; no significa esto una simple adopción, significa algo más, pues demuestra una cosa que debe de llenar de alegría los corazones de todos los amigos del progreso; ó sea, que la mujer y el niño se han emancipado de las rancias y necias preocupaciones de otros tiempos y van en busca de la verdad, del mismo modo que los hombres.

La Mujer y el niño! ¡A qué graves consideraciones, a qué encadenamiento de pensamientos se prestan estos dos nombres, siempre que se reflexiona en el gran papel que juegan en la defensa y consolidación de una idea!

Preguntádselo al jesuita, al sacerdote, al fraile y en un momento de franca expansión en que se les escape la verdad entre los labios, os dirán que en ellos han encontrado la más firme base de su poder y que ellos han sido las armas que esgrimidas con arte, mas efecto han causado en sus adversarios.

Las ideas mas transcendentales, las doctrinas que comúnmente conmueven más a la humanidad, encuentran su mas fiel propagandista en la mujer, y por esto mismo el oscurantismo procura conquistarla para hacerla instrumento de sus planes.

Abrid el libro de la historia y por todas partes veréis latente y poderosa la influencia de la mujer. Ella coadyuva a la consolidación y el triunfo del primitivo cristianismo enseñando las máximas del filósofo judío a sus pequeños hijos, al mismo tiempo que se recata del padre que todavía rinde adoración a los viejos dioses clásicos; ella enardece a los hombres en los momentos en que la patria peligra y les obliga a salir en su defensa, y ella, en fin, es la principal causa de ese glorioso periodo del cual parte la verdadera historia de la Libertad de ese hecho luminoso y esplendente que conocemos con el nombre de Revolución francesa, pues la mayoría de los hombres que en ella tomaron parte , debieron su gloria a las ideas que desde la mas tierna edad les habían inculcado sus madres enseñándoles a leer en las vidas de Plutarco y en la radiante Enciclopedia.

Por todas partes, en todos los periodos y bajo todas las épocas, se nota la influencia de la mujer, y feliz aquella idea que ha conseguido su apoyo, porque su triunfo ha sido inmediato. Tanta trascendencia o más tiene también el niño. El porvenir de la humanidad, la suerte del progreso, esa finalidad sublime que hace tantos años viene persiguiendo el hombre , está en manos de esos seres débiles y graciosos, cada uno de los cuales es un enigma, pues lleva encerrado en sí el mañana indefinible. De aquí aquella frase de Rouseau de que el primer funcionario del Estado es el maestro de escuela.

Los pueblos que sean verdaderamente amantes del progreso deben pensar en el mañana más que en el presente y ocuparse tanto del gobierno actual de los hombres como de preparar a la generación naciente para que en lo futuro continue la obra de la regeneración humana.

¡Ved, pues, si tienen importancia la mujer y el niño, ved la gran misión que tienen que cumplir esos dos seres; la primera influir dentro de la familia y hacerla seguir los derroteros que ella mejor crea, ejercer presión sobre el cerebro de su esposo continuadamente para hacerle desechar unas ideas y adoptar otras; y, el segundo, formará la sociedad de mañana bajo el pie que más le plazca y lo mismo podrá proclamar la más completa libertad como influirá para que todo un pueblo vaya a inclinar su cabeza ante el solio del diocesillo de Roma.

Ahora bien; tan valiosos elementos, tan fuertes armas para la conquista de la sociedad, ¿en manos de quién están? ¿en las nuestras? ¡Oh!, no por desgracia. Los hijos de la luz trabajamos completamente solos y la mujer, ese ser cuyas cadenas hemos roto y a la cual elevaremos a la categoría que le corresponde nos maldice llena de horror, y el niño, cuyo cerebro pretendemos envolver en los fulgores de la luminosa antorcha de la ciencia, nos contempla lleno de miedo como si fuéramos seres malvados y sobrenaturales.

¿En que consiste esto? en que la mujer y el niño están aún en poder del cura y del jesuita, en que todavía se acogen a la fría sombra de la Iglesia católica y se santiguan con horror a cada progreso que verifica la humanidad.

El bárbaro ultramontanismo tiene entre sus garras a esos dos tiernos seres y no se escapan las generaciones al sucederse, de esta presión asfixiante.

Para ello disponen de dos medios: el confesionario y el colegio. La mujer pega su rostro a aquella rejilla mugrienta por las caricias de tantas respiraciones y llena de ingenuidad, relata su pasado y presente a alguien a quien no ve, y nada deja por decir; todo se relata allí, hasta los mayores secretos de familia, hasta aquello en que se basa la honra de su esposo.

Algo sale de allí dentro que conmueve a la mujer, es una voz meliflua que murmura no sé qué consejos mezclados con implicaciones practicas, una voz que causa honda huella en la imaginación femenil, por lo mismo que habla de cielos, de ángeles y de cosas sobrenaturales. Desde aquel instante ella queda subyugada al confesor y este es el verdadero dueño de la familia, pues está perfectamente enterado de sus secretos y conociendo las flaquezas de cada individuo puede dirigirlo muy fácilmente.

En el colegio pasa todavía algo más grave, algo que produce mayor indignación. Allí ya no se ejerce solamente la coacción con amenazas de las penas del infierno, sino que se perpetra un envenenamiento intelectual que intoxica un cerebro para siempre.

Entra el niño y encuentra al sacerdote de mirada adusta ó al jesuita de eterna y falaz sonrisa, que se encarga de su enseñanza y entonces comienza una horrible mistificación, un sacrilegio científico que indigna al hombre mas pacifico. Aquellos mistificadores de la ciencia lo falsean todo, completamente todo, desde la física hasta la historia, desde la moral hasta el derecho, y enseñan las mil y una ridículas patrañas sobre la formación del mundo, y pasan por alto los sistemas que sobre el mismo tema han producido los hombres mas ilustres; presenta como al mayor filosofo del mundo, como a un portento semidivino a santo Tomas y se olvidan de Kant, Hegel, Krausse y otros; tratan como a un loco a Galileo y ensalzan al padre Petavio; hacen figurar como al mayor moralista al padre Claret; hablan con respeto de los deslices y liviandades de los reyes y del derecho divino de estos; describen minuciosamente y con horror la revolución francesa con sus ejecuciones en la guillotina, y acaban ensalzando a esos grandes tiranos que han sacrificado pueblos y mas pueblos sobre el sangriento campo de batalla y hacen apología de la tiranía y el oscurantismo, así como condenan la libertad la luz y la ciencia.

Los tiernos retoños que respiran el mefítico aire de tales escuelas, quedan contaminados para siempre, y de allí salen el diputado que insulta a las clases menesterosas y proclama el absolutismo; el periodista ultramontano que satiriza el progreso; el infeliz que confiado en el cielo, se muere de hambre y maldice a los que trabajan más y rezan menos; y el fanático, sanguinario y brutal que se lanza a la guerra civil y esgrime las armas contra sus hermanos.

La sociedad ha sido hasta hace poco un instrumento de la reacción a causa del apoyo que ésta encontraba en la mujer y el niño ; pero esto concluye ya, los lazos se rompen, la tierra tiembla y el sacerdote ve como se le escapa de entre las manos aquello en que basaba todo su poder.

Una prueba de esto es la solemnidad de esta noche. Aquí tenemos a la mujer y el niño; que vienen a nosotros, pero no por cortos momentos, sino que vienen para siempre, porque quien pisa los umbrales de este Templo, quien asiste a nuestras fiestas, queda para siempre impregnado de las sublimes y regeneradoras ideas que flotan en esta atmósfera. Vosotras, señoras, que me escucháis, con habernos honrado con vuestra presencia esta noche, os eleváis a gran altura sobre las de vuestro sexo. No sois los seres automáticos obedientes a una voluntad superior, que obran o se mueven sin darse exacta cuenta de sus actos, llevando la noche de la ignorancia en el cerebro, Sino que sois ya mujeres con la conciencia completamente libre y despejada de las tinieblas de abrumadoras preocupaciones, y tenéis la inteligencia despierta para comprender todos vuestros derechos y deberes.

Y en cuanto a esos niños... ¡Oh! Felices ellos que a tan temprana edad llegan donde solo han llegado muchos hombres después de largos años de peregrinación a través del estudio.

Nosotros, los que sin ser consultada nuestra voluntad, ingresamos apenas nacidos en una sociedad religiosa que ahora aborrecemos y combatimos como contraria a la civilización y el progreso, no podemos menos de envidiar a esos dos tiernos seres que tan de repente vienen a conocer la Verdad y la Luz, que al ser buscada por uno, solo se encuentra después de hojear mucho el libro de la vida. Ellos en los albores de su vida entran ya a formar en las filas de los soldados del progreso y se evaden de las pavorosas influencias de los sectarios del pasado.

Que la Luz existe eternamente en sus inteligencias, que amen la sabiduría, practique la virtud y sean siempre dignos de la grandiosa institución que hoy les cobija bajo su manto; y vosotras, señoras, continuad por el camino que habéis emprendido, no olvidéis que la mujer tiene tanta importancia, que es la llave del porvenir y propagad entre vosotras las ideas regeneradora que aquí sustentamos, inculcadlas en vuestros hijos, y de este modo seréis dignas de la libertad y cumpliréis la gran misión que la Historia parece haberos confiado.

He dicho.

RECONOCIMIENTO CONYUGAL

SEGUNDO SANTIAGO CONSUEGRA. MM:.

Los masones pensamos, enseñamos, divulgamos y practicamos la filosofía de que el Hombre ha nacido para ser acompañado por una mujer amada, a quién debe dar ejemplo de fidelidad conyugal, a quién debe respetar, a quién procurar felicidad, a quién debe guiar en el camino de la moral y la virtud para que élla encuentre en su compañero al verdadero y digno jefe del hogar  y de la familia que forman.

Hoy estamos asistiendo a una Ceremonia, que no es muy frecuente entre nosotros y a la que llamamos RECONOCIMIENTO CONYUGAL, que tiene un carácter eminentemente moral y filosófico, a la que también se le llama impropiamente "Matrimonio Masónico ". Esta  ceremonia es de una gran belleza y de un alto sentido alegórico inusual. La Masonería no celebra Matrimonios, no es lo mismo este reconocimiento conyugal que el contrato civil que celebra la pareja ante el Juez o Notario, ni es igual al sacramento celebrado en la Iglesia, No tienen nada de común el  uno y los otros. 

Aquí reconocemos a aquel acto celebrado por el  H:. y su Esposa ante el funcionario o el cura párroco. Aquí los  HH:., los cónyuges, se complacen en ratificar ante sus HH:. Masones el contrato de fidelidad y unión reciprocas que han firmado antes, de acuerdo a las leyes del país o preceptos o credos religiosos ya que sin este acto previo y  anterior, no podrá darse el reconocimiento masónico. La enseñanza moral que reciben los cónyuges en esta ceremonia tiene un gran alcance social.

Oigamos lo que siempre dicen los Venerables Maestros a los HH:., y   profanos asistentes, al darle cuenta después de la apertura de los trabajos a qué están consagrados. Dice " El objeto de esta reunión, es recibir el testimonio de una unión conyugal, contraída ya ante la ley civil o religiosa.  El espíritu de unión, de amor y de paz que emana de nuestra institución y de nuestros trabajos, puede contribuir mucho a mantener la concordia y  la indisolubilidad del matrimonio. Ninguna ocasión más propicia puede ofrecérsenos como la de hoy para poner de relieve toda la sublimidad y toda la belleza de sentimientos que tan solo la sencillez de nuestras ceremonias tienen el privilegio de saber inspirar.

El matrimonio es un pacto de mutuo amor y afecto, mediante el cual los esposos se declaran unidos uno al otro y el uno para el otro, por los lazos del corazón. Los casados han contraído este pacto bajo los auspicios de sus familias y de los ciudadanos, para formar con todos nosotros y con los hijos que les depare el destino un todo social y solidario, imagen y parte integrante de de la gran familia humana.

Sin el matrimonio, no podría existir el sistema social, por esto ha sido considerado como la verdadera religión del género humano, porque es una verdadera necesidad social, indispensable para los hijos, que serán la dulce expansión del yo de cada uno de los casados. Todo atentado contra el matrimonio es ultraje que se infiere a la sociedad. Cuanto mayor sea el número de casados en un país menor será el número de delincuentes y criminales.

El matrimonio eleva al hombre y a la mujer, los hace más virtuosos y prudentes. El padre de familia se sobrepone a los vicios y a las flaquezas, domina sus pasiones, por que no querrá exponerse a tener que avergonzarse ante sus hijos y porque teme dejarles el oprobio por herencia.

Es preciso queridos HH:. que nos hallemos bien poseídos de la fe conyugal, es decir,  que debemos tener una mutua dignidad que nos haga superiores a los sentidos, que nos eleva y engrandece, haciendo  que los cónyuges sean el uno para el otro, sagrados y queridos. El matrimonio convierte a la mujer en miembro  especial y activo del cuerpo social.  La ceremonia nupcial viene a ser una consagración que la santifica y la hace respetable ante la sociedad.

El esposo  es el jefe de la comunidad, ama, a la vez, con los sentidos, con la inteligencia y con la conciencia. Amad pues a vuestras esposas y haceos recíprocamente felices, como todos los que bien aman. Esposos os encarecemos que tengáis siempre bien presente, que los hijos que Dios os conceda, no vienen al mundo para satisfacción de los padres solamente, sino que son la esperanza y a veces el orgullo de las familias, no debemos olvidar nunca que por ellos es que se regenera el género humano y se perpetua la patria.

Siendo desde el instante del nacimiento miembros de la gran familia humana, deben más tarde recibir una educación apropiada al porvenir y a la prosperidad de la familia, de la sociedad, de la patria y de la humanidad. Tengamos todos siempre presente que paternidad y maternidad siempre obligan. Es la única que se puede establecer sobre bases atractivas y duraderas, esa unión indisoluble de dos existencias. Al regular nuestro código de ética y de deberes que tenemos los hombres para con Dios, para con nuestros semejantes y para con nosotros mismos, regula igualmente los deberes que tenemos para con la mujer y los que nos imponen el carácter de esposo y de padre. Se ha dicho que el hombre nos es hombre solamente, sino que es una pareja incompleta, aislarlo es mutilarlos en cierto modo, unirlo a una mujer es completarlo. Esto también es válido para la mujer.

Pero para que el lazo conyugal pueda producir todo el bien que la humanidad espera de él, es necesario que la mujer posea una instrucción moral tan pura como la adquirida por un verdadero masón, es preciso que durante algún tiempo, la ilumine esa luz que hace distinguir lo falso de lo verdadero y la verdad del error, luz que disipa preocupaciones y los vanos temores, que reemplaza a las creencias falsas, absurdas e insensatas, por nociones sanas, claras e inteligentes para la razón y para la conciencia, nociones que por estar basadas en la naturaleza no pueden ser menos que divinas, libre la mujer de las trabas de la ignorancia heredada, que es la causa de todos nuestros males sociales, el matrimonio dejará de ser un yugo.

El amor, la confianza reciproca, la fe y la abnegación, emanarán de un mismo espíritu, de un mismo corazón, de una misma alma. Los hijos que crezcan y se instruyan dentro del dulce y saludable ambiente de la moralidad, se aprovecharán más pronto y mejor de sus saludables lecciones. Maridos instruid a vuestras mujeres si queréis conseguir labrar vuestra felicidad y la de la humanidad. La mujer es y representa la mitad del ser social, como el hombre, tiene derecho a la instrucción, al conocimiento, así como poder desarrollar todas sus facultades físicas e intelectuales, a obedecer las leyes de su naturaleza moral y desempeñar, tanto en la sociedad como en el seno de la familia todas las funciones que le son propias. Entre desigualdades no hay sociedad posible.

El hombre y la mujer, unidos por el lazo matrimonial, conforman el ser que da origen a otros, los hijos, y todos se constituyen en la célula primigenia de la Sociedad y por ende de la humanidad. En Colombia sólo tenemos dos clases de matrimonios, a saber:  "Sacramento que une indisolublemente a un hombre y una mujer, y les da la gracia de convivir santamente y de educar cristianamente a sus hijos."  (Matrimonio Canónico), Celebrado por la Iglesia católica con la intervención del Párroco.  "Unión de un hombre y una mujer libres con arreglo al derecho."  (Matrimonio Civil ) Celebrado ante la autoridad civil, Juez o Notario Público.

Por último quiero contarles una anécdota personal, que tiene que ver con esta bella ceremonia. En el mes de Febrero del año de l982, en la zona social de la Gran Logia Nacional de Colombia, de  la calle 39,quién os habla y Teresa María García Charris, fuimos casado por una señora Juez Civil Municipal que hoy es  honorable Magistrada del Tribunal Superior de Barranquilla, quién como excompañera de estudios mía, se complació en ayudar a terminar con mi bella soltería,  luego pasamos con los invitados al Templo en donde esta misma  Respetable Logia Estrella del Caribe, siendo Venerable Maestro el Q:.H:. LUI SIMON BLANCO MARTINEZ,  en O.:E.: nos esperaban para celebrar una ceremonia idéntica a la que estamos celebrando ahora. Desde esa fecha estamos unidos y remachados por los mazazos de los HH:. oficiantes  (al decir de un compañero de oficina de la novia). Los resultados han sido excelentes, aunque ocasionalmente tenemos nuestras peleas, pero ello, lo hacemos para interrumpir la  monotonía que no es buena consejera ni compañera del matrimonio, ahí estamos, unidos y  con dos bellas hijas que son nuestro orgullo ,y, yo ya estoy, consciente y felizmente domado. Esto es un secreto entre nosotros todos.

Mil Gracias.

Barranquilla, Diciembre 17 de 2005 e:.v:.
RESPETABLE LOGIA NUEVA ESTRELLA DEL CARIBE No.3
PLANCHA DE LA ORATORIA EN LA CEREMONIA DE RECONOCIMIENTO MASONICO DE MARIMONIOS DE   H:. Y CUÑADAS.

AL MAESTRO QUE SE VA

Antonio Machado

Como se fue el maestro
la luz de esta mañana
me dijo: van tres días
que mi hermano ....no trabaja.
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y nada más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan,
llevan quien deja y viva el que ha vivido.
¡Yunques, sonad! ¡Enmudeced, campanas!
y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
El viejo alegre de la vida santa.
¡oh sí! llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
su corazón reposa
bajo una encinta casta,
En tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas...
allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.

Antonio Machado  1875 - 1939
Perteneciente al movimiento literario de la Generación del 98. Hermano de otro ilustre literato, Manuel Machado, junto al que escribe obras de teatro.  Ingresó en la Masonería en la logia Mantuana de Madrid, Masonería española. De talante izquierdista y firme defensor de la república se ve obligado a abandonar Madrid tras la Guerra Civil, primero a Valencia para más tarde vivir como exiliado en Francia, en Colliure, donde muere el 22 de febrero de 1939.

La PAZ Indiferente

BERTOL BRETCH

CUANDO LOS NAZIS APRESARON A LOS SOCIALISTAS,
NO DIJE NADA, PORQUE YO NO ERA SOCIALISTA.

CUANDO ENCARCELARON A LOS SINDICALISTAS,
NO DIJE NADA, PORQUE TAMPOCO ERA SINDICALISTA.

CUANDO SE LLEVARON A LOS JUDÍOS,
NO PROTESTÉ, PORQUE YO NO ERA JUDÍO.

CUANDO AL FIN VINIERON A BUSCARME A MI,
NO HABÍA YA NADIE QUE PUDIERA PROTESTAR

Reflexiones sobre el porque de la guerra

Desde el principio de los tiempos, la guerra ha sido el vehiculo del poder, solo la equiparacion de fuerzas puede en un momento dado limitar su dinamica en gracia a una dudosa victoria; la situacion actual ( permanente, pero agravada con el paso del tiempo  ), me conducen, en la evidencia de su vigencia, al intercambio de ideas, que fueron realizadas por correspondencia en 1932, con el fin de encontrar respuestas hacia la prevención de la guerra, por Albert Einstein y Sigmund Freud.

Einstein inicio, el intercambio, con la pregunta: "¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?" y luego de considerar "la creación de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones" como una "manera superficial de tratar el problema" dado que "un tribunal es una institución humana propensa a que sus veredictos sean desvirtuados por presión extrajudicial y aproxima sus decisiones a un ideal jurídico donde el derecho y el poder van inevitablemente de la mano", Einstein indica que "la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía" es el único camino a seguir, y "el afán de poder que caracteriza a los gobernantes" sumado a "las actividades de quienes se guían por aspiraciones puramente mercenarias, económicas" son el obstáculo. Ante estos obstáculos, se pregunta: "¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa perdidas y sufrimientos?" y se responde: "Pareciera ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también a la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento." Su respuesta lo conduce a otra pregunta: "¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar la vida?", y encuentra sólo una respuesta posible: "el hombre tiene dentro de sí una pasión, latente, de odio y destrucción, que emerge en circunstancias inusuales pero, es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva."

"¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad?" es la cuarta pregunta que formula Einstein, quien a su vez señala que en los escritos de Freud "podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema" y considera "un gran servicio" que Freud "expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción".

Si bien Freud considera que el vinculo derecho y poder, es ciertamente el punto de partida en el indagar que realizan en su intercambio epistolar, Freud prefiere sustituir la palabra "poder" por la palabra "violencia" y establece el nexo entre el derecho y la violencia, al señalar que "el derecho fue en su origen violencia bruta" que luego "pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad", y "sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad".

En su exposición del problema de la paz mundial, Freud señala a la "unión de los débiles" como el primer paso en el camino para prevenir la guerra y evitar así sus estragos; y advierte que ese paso, como acto, siguiendo a Jaques Lacan, para cumplirse, "necesita como condición psicológica que la unión de los muchos sea organizada con leyes que determinen la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura, permanente, duradera", puesto que "nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento", ya que "el próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término".

Freud corrobora el obstáculo que señala Einstein, al exponer que "las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos"; y profundiza al mostrar que esa desigualdad origina "dos fuentes de movimientos en el derecho y en su desarrollo", por un lado, "los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y por el otro, los continuos empeños de los oprimidos para avanzar de un derecho disparejo a la igualdad de derecho"

Freud expone que ha descubierto que "la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimientos -técnicamente llamadas identificaciones- son los dos factores que "mantienen cohesionada a una comunidad" y "de estar ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad". Es importante mencionar que en 1921, en el texto Psicología De Las Masas Y Análisis Del Yo2, Freud hablaba de la identificación como "la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona".

En relación a la conjetura de Einstein, sobre la existencia de "una pulsión a odiar y aniquilar, que transita en el azuzamiento" que conduce a los hombres a la guerra, Freud la corrobora y profundiza en ella exponiendo la suposición, desde la investigación psicoanalítica, de la existencia de dos clases de pulsiones en el ser humano: "aquellas que quieren conservar y reunir, y otras que quieren destruir y matar" agregando que "de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida", por lo que "ambas son indispensables".

Así, responde a la pregunta de Einstein sobre la facilidad con la que se entusiasma a los hombres a la guerra, argumentando que "cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie de motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan, entre los que se cuenta el placer de agredir y destruir" e indicando que "no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra".

Al final de su exposición, Freud deposita la esperanza de un mundo en paz en el proceso de desarrollo de la cultura, mediante el uso de la razón y no de la violencia.

Ahora las pregunta, cabe la indiferencia del mundo entero ante situaciones de tal gravedad?, que tan a salvo estamos de no ser en un futuro proximo las victimas de un afan de poder desmedido, o del cobarde ataque del terrorismo?.  Es acaso el terrorismo la unica respuesta del debil ante el acoso del poderoso?.  Que pasa con los organismos internacionales?.   

 

Ref: Cartas Eistein - Freud;
Ref: Mardonia López Machado

Carta del Dr Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra

Carta del Dr Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra

Viena, setiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:


Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados.

Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas.

Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial.

Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros.

Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía.

Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza.

Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante.

Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force».

La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad.

Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término.

La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.

En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.

Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones.

Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura.

Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo.

En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho.

Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho.

Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas.

Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra.

Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos.

Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras.

Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.

Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan.

Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales.

Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros.

Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival.

Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria.

Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo.

Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción.

Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted.

Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla.

Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera.

Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"».

Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad.

El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada.

Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares.

El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro.

Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos.

Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión.

Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores.

Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra.

Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.

Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas.

No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica.

Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.

Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica.

Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres.

Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado.

Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».)

A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles.

Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura.

Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota).

Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos.

Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más.

La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo.

Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver nota).


Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.


Sigmund Freud