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Pensamiento Masonico

MI AMIGA LA ÉTICA Y YO

Fernando Savater

-Ah. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, del profesor de filosofía ética. Pero cómo habré hecho para llegar a hablar de él. Ese hombre no tiene el menor sentido de la responsabilidad. Estoy convencido de que es bígamo -Nigel suspiró.
-Gervase -dijo-, ha vuelto usted a perder el hilo. Le había preguntado qué pensaba hacer ahora.
(EDMUNDO CRISPIN, El caso de la mosca dorada)

La primera aseveración nítidamente filosófica que me recuerdo la hice en el bachillerato, a los quince años, cuando el religioso marianista - hoy ya secularizado, por supuesto- que nos daba clase de iniciación a la filosofía preguntó al distraído y hastiado congreso de adolescentes del que yo formaba parte "¿qué es lo todos los hombres quieren?".    A lo que respondí con fulminante celeridad: "ser felices".

El profesor admitió que así era y yo me sentí bastante orgulloso y un poco confuso por mi acierto. De hecho, no recordaba haber pretendido nunca personalmente ser algo tan pretencioso y fantástico como "feliz"; tampoco conocía a nadie que se propusiera explícitamente semejante objetivo. Para colmo, carecía de noticias fiables sobre el estado de felicidad, salvo vagas imágenes de ruiseñores celestiales cantando deliciosamente durante eones que al embelesado oyente se le antojan minutos o referencias poéticas a la dicha erótica.

Ninguna de aquellas indicaciones podía bastarme, pues apenas creía ya en los dislates paradisíacos que prometían los curas y lo ignoraba todo sobre las posibilidades beatíficas del amor, al menos por el testimonio de mi propia experiencia. De modo que yo nunca me había propuesto ser feliz, no conocía a nadie que pretendiera serlo ni tenía la más remota idea de en qué consiste la felicidad, pero sabía ya con una certeza capaz de derrotar cualquier duda que todos los hombres quieren ser felices.

Me quedé bastante perplejo de mi propia perspicacia filosófica, sobre todo porque ignoraba de dónde podía venirme. Por aquel dichoso entonces, apenas entreveía a través del anda lúcido tomismo de mi educador en qué podía consistir la gracia de una asignatura tan rebarbativa como la filosofía y desde luego no prodigaba en ella las muestras de mi agudeza. Por cierto que sobre el fondo de la cuestión no puedo considerarme ahora tampoco mucho más ilustrado.

Aquel primer acierto filosófico, inesperado e inexplicable, marcó mi trayectoria posterior. Algo se había confesado en mí aquel día, algo que se disponía a seguir ganando terreno. Porque la cuestión siguiente se me presentó casi de inmediato, al meditar sobre mí espontánea respuesta dada al profesor de una asignatura inviable. ¿Qué es lo que todos los hombres quieren?: ser felices.

De acuerdo. Quizá debiera haberme preguntado a continuación por la nada evidente condición de la felicidad, de la que ya he advertido que sabía bien poco. Pero no fue así. Característicamente - nada puede revelarme mejor que esto, nada podría señalar mejor por dónde había de ir luego mi pensamiento- lo que me inquietó fue: ¿y qué hacen los hombres para ser felices?. Mi interés especulativo fue desde un primer momento práctico. Lo siento, no he nacido para la contemplación, no me intereso por nada en lo que yo no pueda inmediatamente intervenir. De aquí mi escasa afición por la ciencia pura o por la naturaleza y sus irremediables leyes; me interesa en cambio el arte, la historia, la política, todo lo que exige participación de mi imaginación y de mi libertad. Soy un guerrero con inquietudes religiosas, es decir (y por fortuna) aproximadamente lo contrario de un sacerdote.

Volvamos a las dos preguntas fundacionales de lo que más tarde supe que se ha llamado "ética" desde Aristóteles: ¿qué quieren los hombres? y ¿cómo pueden actuar de acuerdo con su querer? Aquí está todo lo que ha de interesarnos como invitación a la reflexión ética. Respecto a la felicidad, es una palabra demasiado vaga, no nos vale así tal como está, cruda: pero no la perdamos sin embargo totalmente de vista.

No hay comienzo más erróneo en ética que partir de la distinción entre "bien" y "mal" o, más modesta y empíricamente, entre "bueno" y "malo". De ahí no puede sacarse nada, absolutamente nada en limpio, fuera de algunas anécdotas antropológicas y confusas pautas semánticas. Pero ni un solo verdadero pensamiento. A qué llamamos "bueno", por qué consideramos "malo" cierto proceder, si debemos hacer el bien porque está "bien" o está "bien" porque debemos hacerlo, si es bueno o malo el placer, si es lo bueno equivalente a lo útil, etc.,etc... Callejones sin salida. Por ahí no hay camino, créanme; o si no me creen, lean a quienes parten en sus reflexiones de esa perspectiva estéril. La mayoría de los libros de ética son empeñosos crucigramas, palabras revueltas o tratados de urbanidad. Algunos se instalan de golpe y porrazo en la teología y nos informan más o menos veladamente de las disposiciones legales que Dios ha establecido para nosotros, sea según las tablas de la Ley o según la Ley misma escrita en nuestro corazón (o en nuestro inconsciente, versión lacano-kantiana de la vieja orden bíblica). Pero es bueno permanecer ateo en estas cuestiones -y en todas- tanto como se pueda. Lo cual es enormemente difícil, literalmente heroico, dicho sea de paso.

Dejemos a un lado el bien y el mal, lo bueno y lo malo, porque no son un punto de partida, sino un resultado. La otra cuestión que tienta a los estudiosos actuales de la ética gira en torno al indebido paso del "es" al "debe", la falacia naturalista. Tampoco se va lejos por ahí. ¡El deber! ¿A quién puede interesarle de veras semejante cosa? Ni siquiera a Kant, estoy seguro, aunque lo fingiera para dar gusto a su criado. Si me pregunto "¿por qué debo hacer tal o cual cosa?" no me muevo de la infraética, de la heteronomía, del estadio infantil de la moral. Según parece leyendo a ciertos autores contemporáneos, el "deber" es algo tan raro y precioso, tan elevado, que no puede surgir del "ser" sin menoscabo. Pero lo contrario es mucho más cierto: ¡cuánto más interesante, más rico, más complejo, más moral resulta el "es" frente al "debe"! ¡Que nos dejen el ser y se lleven al infierno todos los deberes! El sentido de la obligación moral se parece mucho más a un "es" que a un "debe", éste es el secreto a voces de la controvertida cuestión...

De lo que se trata, pues, es de averiguar qué quieren los hombres. La ética no proviene de otra parte más que de la voluntad humana. Soy moral no cuando hago lo que debo -¡puaf!- sino cuando me atrevo a hacer lo que quiero. Lo que realmente quiero. Pero no es fácil lograr tal cosa, pues mi propio querer permanece en buena medida oscuro para mí. La tarea de la ética no es fundar el deber ni proporcionar decálogos, sino ilustrar el querer. Desde muy antiguo nos lo dijeron: el camino a la virtud es el conocimiento, nadie es malo a sabiendas. La trivialidad se escandaliza ante estas nobles verdades, que aún suenan un poco audaces: "pero ¿acaso no quieren los individuos cosas muy diferentes? ¿y si alguno quiere el crimen o el vicio?" Ya lo dijo Spinoza: si alguno ve claramente que le conviene más ahorcarse que degustar una buena comida, que se ahorque y nos deje en paz. Pero cuidado: la gracia está en que lo vea claramente... Y es que el querer de que aquí se habla es previo a la constitución de cada individuo como tal y por ello es común a todos, porque no pertenece a nadie. El "quiere" precede y configura el "es" y se afirma en el "debe". Pero ocurre que el querer lo que se desea ante todo es permanecer abierto, libre, y por tanto puede engañarse a sí mismo, es decir, puede permitirse debilidades o vicios. El "bien" que el querer quiere (ese "bien" que no es más que lo fundamentalmente querido) incluye la posibilidad del "mal" como su ingrediente esencial (ese "mal" que, de prevalecer, supondría la imposibilidad, el debilitamiento definitivo, del querer mismo). Si realmente esta cuestión les interesa, les remito a mis dos libros de ética, La tarea del héroe e Invitación a la ética, donde se desmenuza y profundiza lo aquí apuntado.

Ganarse la vida como profesor de ética: ¡qué fuente inevitable de malentendidos! Hay quien pide consejos y otros no se contentan si no se predica con el ejemplo... con el ejemplo de lo que ellos quisieran ver ejemplificado. Ahora tenemos ética en el bachillerato, como alternativa a la asignatura de religión (?), y frecuentemente es impartida por el mismo cura que se encarga de la otra disciplina. Suelen presentarse a los pobres chicos diversos "casos prácticos" y se les habla de cosas tan apasionantes y controvertidas como el aborto, la droga o la guerra. El profesor, si es un cura como es debido, zanja estas cuestiones; si no es tan cura, las "problematiza". Supongo que en alguna de esas lóbregas aulas -t odas lo son, aunque la luz del sol entre a raudales- a alguien se le escapará un día la preguntita de marras: "¿qué quieren los hombres?" Y un niño contestará sin vacilar, como si en sueños se lo hubieran soplado esa misma noche: "ser felices". Y después se quedará pensativo, preguntándose qué hacer para conseguirlo, dichosamente olvidado de su gesticulante y problemático profesor.

LA ORACIÓN DEL ATEO

Miguel de Unamuno

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.


¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa, Dios no existente,
pues si Tú existieras existiría yo también de veras.

UN DECÁLOGO LIBERAL

BERTRAND RUSSELL


Quizá la esencia de la visión liberal pueda asumirse en un nuevo decálogo. Los diez mandamientos, que como maestro, me gustaría promulgar, podrían enunciarse de la siguiente manera:

1. No te sientas absolutamente seguro de nada.

2. No pienses que vale la pena ocultar la prueba, pues con toda seguridad èsta saldrá a la luz.

3. Nunca te desanimes pensando que no vas a tener éxito.

4. Cuando te encuentres con una oposición, incluso si viene de tu esposa o de tus hijos, esfuerzate por vencerla con argumentos y no con autoridad, pues la victoria que depende de la autoridad es irreal e ilusoria.

5. No tengas respeto por la autoridad de otros, pues siempre se encuentran autoridades en contrario.

6. No uses el poder para reprimir opiniones que condideras perniciosas, pues si lo haces las opiniones te reprimirán a ti.

7. No temas ser excéntrico en tus opiniones, pues todas las opiniones aceptadas ahora, alguna vez fueron excéntricas.

8. Encuentra mayor placer en el disenso inteligente que en la aceptación pasiva, pues si valoras la inteligencia como se debe, lo primero implica una más profunda aceptación que lo segundo.

9. Sé escrupulosamente sincero, incluso si la verdad es inconveniente, pues es más inconveniente cuando tratas de ocultarla.

10. No sientas envidia de la felicidad de aquellos que viven en un paraíso de tontos, pues sólo un tonto pensará que eso es la felicidad.


Colaboracion : Alvaro Franco
REf: EL MALPENSANTE N.67

Cuándo un hombre es un Masón?

Joseph Fort Newton

* Cuando puede examinar con cuidado los ríos, las
colinas y el lejano horizonte con un sentimiento
profundo de su propia pequeñez en el vasto esquema de
las cosas y aún tener fe, esperanza y coraje, los
cuales son las raíces de toda virtud.

* Cuando conoce que en el fondo de su corazón cada
hombre es tan noble, tan vil, tan divino, tan
diabólico y tan solitario como él mismo y busca
conocer, perdonar y amar a su compañero.

* Cuando sabe como simpatizar con un hombre en sus
tristezas y aun en sus pecados, conociendo que cada
hombre pelea una dura batalla contra muchas
desventajas.

* Cuando ha aprendido cómo hacer amigos y mantenerlos
y sobre todo, cómo ser amigo consigo mismo.

* Cuando ama las flores, puede perseguir aves sin un
arma y siente el escalofrío de una antigua diversión
olvidada, cuando escucha la risa de un pequeño niño.

* Cuando puede ser feliz y orgulloso en medio de las
infelicidades de la vida.

* Cuando los árboles coronados de estrellas y el
reflejo de la luz del sol sobre las corrientes de agua
lo seducen como la idea de una muy amada y anhelada
muerte.

*Cuando ninguna voz de sufrimiento llega a sus oídos
en vano y ninguna mano busca su ayuda sin respuesta.

*Cuando encuentra bondad en cada fe que ayuda a
cualquier hombre a depender de las cosas divinas y a
ver los significados majestuosos en la vida, sin
interesar cuál pueda ser el nombre de esa fe.

* Cuando puede mirar un charco al lado del camino y
ver algo más allá del barro y a la cara del más
miserable mortal y ver más allá del pecado.

* Cuando sabe cómo orar, cómo amar y cómo esperar. *
Cuando ha mantenido la fe consigo mismo, con su Dios;
en su mano una espada contra la maldad, en su corazón
un pedazo de canción; feliz por vivir, pero no
temeroso de morir!

* Este hombre ha encontrado el único secreto de la
Masonería y el único que debe tratar de dar a todo el mundo.

 

Carta al Pueblo Masónico español regular

Josep Corominas i Busqueta
P. G. Maestro de la G. L. E.
 
Hermanos Francmasones Regulares:
 
Permitidme que os transmita unas reflexiones personales para que cada cual, libre y serenamente, pueda establecer sus conclusiones.
 
Nuestra Institución como fraternidad iniciática que es nos enseña, desde un primer momento, cuales son los principios que debemos desarrollar y practicar entre los que cabe señalar la Igualdad, la Solidaridad, la Tolerancia, la Libertad y el Amor Fraterno. Además se exige a todo aquel que desea participar de la Institución que sea libre, sin prejuicios, y de buenas costumbres para que pueda buscar la Luz de la Verdad y así ir puliendo su piedra en bruto para poder, algún día convertirse en una piedra pulimentada que junto a otras permita levantar un edificio sólido en honor del Gran Arquitecto del Universo.
 
Estos principios básicos, junto a la tradición, son los que configuran lo que denominamos regularidad masónica. Y ello está por encima de criterios humanos y de sometimientos que puedan coartar estos principios y dañar seriamente uno de los aspectos más preciados, el de la libertad.
 
Después de 25 años de trabajo en la Gran Logia de España, en los cuales se ha defendido a ultranza el mantenimiento de la regularidad y el desarrollo de la masonería española, podemos apreciar que la deriva que han ido tomando las actuales estructuras administrativas de la misma nos llevan hacia el camino de la irregularidad y de la desnaturalización de la identidad española.
 
Sistemáticamente se olvida que la Masonería la hacen los Francmasones y no las estructuras y que las Logias Simbólicas son el centro y la base del trabajo masónico. La condición básica que se exige a todo aquel que desea ser iniciado es la de que sea libre y libremente acuda a la Institución y ello significa que posea capacidad de discernimiento, sin hallarse comprometido por dogmas, prejuicios o valores profanos y que por tanto su capacidad de actuar sea total y sin cortapisas, respetando las reglas que libremente nos hemos dado y que hemos prometido o jurado cumplir.
Por ello cabe preguntarse a modo de decálogo, entre otras muchas consideraciones que podríamos hacer, si:
- ¿Es regular masónicamente hablando considerar que “el fin justifica los medios”?
- ¿Es regular y cumple con nuestros valores no aplicar los mismos criterios ante situaciones similares planteadas por diferentes Hermanos?
- ¿Es regular y fraternal considerar que entre los Hermanos hay amigos y enemigos y de acuerdo con ello aplicar el refrán de “que al amigo el favor, al enemigo el reglamento y al indiferente la ley vigente”?
- ¿Es regular no cumplir la Constitución y Reglamentos Generales de los que nos hemos dotado con la finalidad de mantener el control de la Institución?
- ¿Es regular no cumplir lo prometido de acatar las leyes del país en que trabajamos, con el subterfugio de que la Masonería es algo diferente, propio y muy antiguo?
- ¿Es regular transferir la administración interna, con los datos de los Hermanos, a organizaciones profanas?
- ¿Es regular intentar inmiscuirse en los asuntos internos de otras Obediencias masónicas regulares?
- ¿Es regular y responde a nuestros principios no ajustarnos a la verdad y actuar, en cada circunstancia, como más nos convenga?
- ¿Es regular y responde a nuestra tradición querer ostentar el control de todas las Instituciones masónicas existente en nuestro país, indicando que únicamente es la Gran Logia de España la que puede mantener relaciones con organizaciones sociales?
- ¿Es regular amenazar a Hermanos y prohibirles que hagan uso de su libertad para manifestar sus opiniones discrepantes?
 
Ante estos interrogantes mi respuesta es que el camino emprendido va a llevarnos a una irregularidad de hecho ya que la evolución hacia este camino se ha ido acelerando paulatinamente. Mi posición personal, ante el giro que han tomado las cosas y mi análisis de que resulta imposible conseguir una modificación de este rumbo desde el interior, llegué a la conclusión, con harto pesar, de que no podía continuar, ya que de hacerlo tendría que conculcar mis principios y juramentos y de acuerdo con lo que nos señala el Volumen de la Ley Sagrada era mejor “dejar que los muertos entierren a sus muertos” (Mateo 8, 22) y seguir el camino de lo que considero regular.
De ahí que con fecha 9 de febrero de 2007 presenté mi baja como miembro de la Gran Logia de España, después de más de 25 años ininterrumpidos de estar en la misma, pero no renuncio a mi condición de Francmasón y espero y deseo que otros Hermanos así me consideren.
Recibid Queridos Hermanos un ósculo de paz y un T. A. F. y hasta pronto
Colaboracion: Carlos Laredo

CONFESIONES DE UN SICARIO ECONÓMICO

CONFESIONES DE UN SICARIO ECONÓMICO

Confessions of an Economic Hit Man, John Perkins

No se trata de las confesiones de un sicario cualquiera, como estamos a acostumbrados a leer en los diarios. Se trata de las confesiones de un sicario que nunca apretó el gatillo de un arma pero que fue responsable por la miseria o muerte de millones de seres humanos, apretando un gatillo aún más tenebroso: el gatillo económico.

El libro se titula "Confessions of and Economic Hit Man", cuyo título podríamos traducir al español como "Confesiones de un sicario económico", y su contenido refuerza ciento por ciento lo que los críticos del mal llamado "TLC" (Tratado de Libre Comercio) han venido afirmando: Que no es "tratado", ni de "libre comercio", ya que un tratado es un acuerdo entre dos partes iguales. Tampoco es  de "libre comercio", sino de "libertad de saqueo". Por medio del mismo los EE. UU. asume el derecho de saquear impunemente nuestras economías.

En su libro, John Perkins, agente encubierto de los servicios de inteligencia norteamericanos que operaba clandestinamente  con compañías privadas encargadas de hacer predicciones económicas falsas para que los organismos económicos internacionales dieran préstamos gigantescos a países del Tercer Mundo, a sabiendas de que nunca los podrían pagar para apoderarse así de sus economías, narra su conversión de "sicario económico" a impugnador de un sistema de injusticias que ha robado miles de miles de millones a los países víctimas, entre los cuales, claro está, se encuentra Colombia. Y las víctimas no sólo han sido las economías, sino los millones de personas que en el proceso han visto sus vidas reducidas a la miseria o a la muerte para satisfacer los intereses mezquinos de las grandes corporaciones norteamericanas, o la "corporatocracia", como las llama Perkins.

Y lo más interesante de este libro es que, por primera vez, uno de los arquitectos de la política imperialista norteamericana, llama al imperialismo por su nombre. No se trata de un comunista que pueda ser desacreditado como "propagandista" ni de un académico al que se pueda tildar de "sesgado"; el autor fue reclutado y entrenado por los servicios de inteligencia estadinenses (léase "National Security Agency" o Agencia Nacional de Seguridad, NSA por sus siglas en inglés) para trabajar en una compañía "legítima", sin que nadie supiera para quién trabajaba en verdad. La compañía le pagaba su sueldo y él nada tenía qué ver formalmente con los servicios de inteligencia. Su misión era muy clara: Expandir el imperio norteamericano por medio de los organismos financieros internacionales, tales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y su modus operandi siempre era el mismo: Llegar a países ricos en recursos naturales, tales como Arabia Saudita, Irán, Colombia o Ecuador o a países como Panamá, dueño de una de las vías marítimas más importantes del mundo, hacer proyecciones económicas absolutamente falsas manipulando estadísticas, pasarles las mismas a las entidades prestamistas y dejar al país con deudas imposibles de pagar. Una vez, endeudado el país, las oligarquías criollas, únicas beneficiarias de los "proyectos de desarrollo", ofrecían su país en bandeja de plata a las multinacionales gringas, bajo la presión del gatillo financiero: El país quedaba endeudado hasta el tope, o los EE. UU. se apoderaba de la economía del país a cambio de mantener en el poder a los opresores, como en el caso de Arabia Saudita.

La beneficiadas eran siempre compañías norteamericanas, ya que una las condiciones de los préstamos era que compañías como Betchel o Halliburton recibieran los contratos de construcción de infraestructura o de centrales hidráulicas, etc. De tal manera, el famoso "préstamo" jamás salía de los EE. UU. y los países prestatarios, quedaban pagando unas deudas tan enormes, que hasta el 50% de su presupuesto nacional, como en el caso de Ecuador, tenía que dedicarse a repagar las cuotas de dicha deuda. Pero la cosa no paraba allí al sometimiento económico sobrevenía el sometimiento político y militar.

El relato de Perkins es apasionante, a la vez que es una denuncia brillante, equiparable tan sólo a la que hiciera Phil Agee acerca de la CIA en los años 70. Perkins nos narra detalladamente en este libro cómo fue reclutado por la NSA e instalado como "economista" en una compañía consultora a pesar de que escasamente había estudiado administración de empresas. Una vez allí, Perkins se lanza en su carrera de "Economic Hit Man" o "EHM" como ellos mismos se llamaban. Y este término de la mafia, "sicario" o "hit man", se lo aplicaban a sí mismos, pues sabían que lo que estaban haciendo era servir de sicarios económicos para las compañías multinacionales. Perkins es entrenado para servir de "hit man" y es completamente consciente desde el principio que lo que hace es una farsa. Sin embargo, antes de empezar su carrera de sicario económico, es enviado con los "Cuerpos de Paz" al Ecuador, donde sirve por tres años en medio de las mismas comunidades indígenas que años más tarde enfrentarían a las compañías petroleras usurpadoras de tierras y sedientas del oro negro amazónico. Es allí donde conoce de las labores del "Instituto Lingüístico de Verano" (ILV), cuya misión lingüística en verdad era un parapeto no sólo para el adoctrinamiento religioso y la destrucción de las comunidades indígenas, sino también para alejarlas de sus tierras, ya que los topógrafos las habían identificado como lugares que literalmente flotaban en mares de petróleo. El ILV sacaba a las comunidades de sus tierras, ofreciéndoles alimentos gratis, a los cuales les añadían laxantes, para después llegar como salvadores a curarlos de sus males.

Y es allí mismo en Ecuador donde la NSA recluta a Perkins a través del vicepresidente de una compañía consultora de Boston llamada "Charles T. Main", que mantenía estrechos lazos con los servicios de inteligencia norteamericanos. Y no sólo es reclutado, sino que también es seducido; el señuelo, una bella mujer que le ofrece sus favores sexuales a la vez que le enseña las funciones de un buen sicario económico: mentir, mentir y mentir. Los servicios de inteligencia habían estudiado de antemano las debilidades de Perkins: el sexo, la buena vida y el afán de sobresalir, y le ofrecen compensaciones que llenen sus tres necesidades plenamente, con lo cual termina él vendiéndole su alma al diablo.

Sin embargo, en el proceso, algo curioso sucede: Perkins traba amistad con algunos de los habitantes de los países víctimas de su sicariato y empieza a ver la otra cara de la moneda: la pena y el sufrimiento que las políticas económicas norteamericanas están causando en los países del Tercer Mundo. El imperio más grande del mundo es creado de una manera soterrada, gracias a hombres como él que sirven a los intereses de unos pocos, mientras, como dice Perkins en su libro "24.000 personas mueren de física hambre cada día del año". Y el imperio es construido, según Perkins siguiendo tres pasos: en el primer paso llegan los sicarios económicos a apoderarse de las economías por medio de los préstamos impagables. Si por algún motivo, el líder del país elegido muestra algún tipo de principio moral ante tan abusivo saqueo y no puede ser convencido de vender a su patria, viene el paso dos: los "chacales" o asesinos verdaderos que se encargan de "provocar un accidente" como sucediera, asegura Perkins, con Roldós en Ecuador y Torrijos en Panamá, ambos líderes nacionalistas que perecieron en inexplicables accidentes de aviación. Y finalmente, si llegan a fallar los "chacales" y el líder insumiso no puede ser eliminado, llega el "US Army" en vivo y en directo a arrasar a sangre y fuego al país víctima, como sucediera en Chile, Panamá o en Irak.

Y fueron precisamente los asesinatos de Roldós y Torrijos, aunados estos a un tercer y sorpresivo elemento, lo que cambiaría la conciencia de Perkins: su relación amorosa con una colombiana. Dio la casualidad que un hermano de la misma se había unido a una fuerza guerrillera  y ella le expresó que si la gente luchaba en un país, lo hacía por una razón y una causa y que su vida (la de Perkins), era una completa mentira.

Finalmente, Perkins decide renunciar a su vida de privilegios y escribir un libro denunciando a sus antiguos amos. En el proceso es amenazado y sobornado y el libro se queda veinte años en el tintero, hasta que finalmente, el año pasado, Perkins se arma de valor y termina y publica su libro.

Hoy en día, las "Confesiones de un sicario económico" serán de lectura obligatoria para quien quiera ver una radiografía detallada de cómo el imperio norteamericano se ha apoderado de las economías del Tercer Mundo y que las protestas, ya sea contra la privatización del agua en Bolivia o contra el TLC en Colombia, son de vital importancia: Nuestros gobernantes le están vendiendo su alma al diablo y nuestros recursos naturales a la "corporatocracia" norteamericana y una vez que a nuestros recursos naturales y a nuestras existencias se las lleve el Chiras, ya no habrá quién nos los devuelva y los que queden, seguramente terminarán en un desierto.

Etiquetas: tlc, usa, corrupción, sicario económico,

Publicado en: Colombianos en el exterior, Política

Carta de un loco

Guy de Maupassant

Querido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mí lo que guste.

Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiempo en una casa de salud, en vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos que me atormentan.

Ésta es la historia, larga y exacta, de la singular enfermedad de mi alma.

Vivía yo como todo el mundo, mirando la vida con los ojos abiertos y ciegos del hombre, sin sorprenderme ni comprender. Vivía como viven las bestias, como vivimos todos, cumpliendo todas las funciones de la existencia, analizando y creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo que me rodea, cuando un día me di cuenta de que todo es falso.

Fue una frase de Montesquieu la que súbitamente iluminó mi pensamiento. Es ésta: «Un órgano de más o de menos en nuestra máquina nos hubiera dado una inteligencia distinta. En una palabra, todas las leyes asentadas sobre el hecho de que nuestra máquina es de una determinada forma serían diferentes si nuestra máquina no fuera de esa forma.»

He pensado en esto durante meses, meses y meses, y poco a poco ha penetrado en mí una extraña claridad, y esa claridad ha creado ahí la oscuridad.

En efecto, nuestros órganos son los únicos intermediarios entre el mundo exterior y nosotros. Es decir, que el ser interior que constituye el yo se halla en contacto, mediante algunos hilillos nerviosos, con el ser exterior que constituye el mundo.

Pero, además de que ese ser exterior se nos escapa por sus proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e impenetrables, sus orígenes, su futuro o sus fines, sus formas lejanas y sus manifestaciones infinitas, nuestros órganos, sobre la parcela que de él podemos conocer, no nos suministran otra cosa que informes tan inseguros como poco numerosos.

Inseguros, porque únicamente son las propiedades de nuestros órganos las que determinan para nosotros las propiedades aparentes de la materia.

Poco numerosos, porque al no ser nuestros sentidos más que cinco, el campo de sus investigaciones y la naturaleza de sus revelaciones se hallan necesariamente muy restringidos.

Me explico: la vista nos indica las dimensiones, las formas y los colores. Nos engaña en esos tres puntos.

No puede revelarnos otra cosa que los objetos y seres de dimensión media, proporcionados a la estatura humana, lo cual nos lleva a aplicar la palabra grande a determinadas cosas y la palabra pequeño a otras, sólo porque su debilidad no le permite conocer lo que es demasiado vasto o demasiado menudo para él. De ahí resulta que no se sabe ni se ve casi nada, que el universo casi entero le queda oculto, la estrella que habita el espacio y el animálculo que habita la gota de agua.

Incluso aunque tuviera cien millones de veces su potencia normal, aunque viese en el aire que respiramos todas las especies de seres invisibles, así como los habitantes de los planetas próximos, todavía quedarían numerosos infinitos de especies de animales más pequeños y mundos tan lejanos que jamás alcanzaría.

Así pues, todas nuestras ideas de proporción son falsas porque no hay límite posible en la magnitud ni en la pequeñez.

Nuestra apreciación sobre las dimensiones y las formas no tiene ningún absoluto al venir determinada únicamente por la potencia de un órgano y por una comparación constante con nosotros mismos.

Hemos de añadir que la vista todavía es incapaz de ver lo transparente. Un cristal sin defecto la engaña. Lo confunde con el aire que tampoco ve.

Pasemos al color.

El color existe porque nuestra vista está hecha de modo que transmite al cerebro, en forma de color, las diversas formas en que los cuerpos absorben y descomponen, siguiendo su constitución química, los rayos luminosos que dan en ellos.

Todas las proporciones de esa absorción y de esa descomposición constituyen matices.

Así pues, este órgano impone a la inteligencia su modo de ver, mejor dicho, su forma arbitraria de constatar las dimensiones y de apreciar las relaciones de la luz y la materia.

Analicemos el oído.

Somos juguetes y víctimas, más todavía que en el caso de la vista, de ese órgano fantasioso.

Dos cuerpos, al chocar, producen cierta vibración de la atmósfera. Ese movimiento hace estremecerse en nuestra oreja cierta pielecilla que trueca inmediatamente en ruido lo que en realidad no es otra cosa que una vibración.

La naturaleza es muda. Pero el tímpano posee la propiedad milagrosa de transmitirnos en forma de sentidos, y de sentidos diferentes según el número de vibraciones, todos los estremecimientos de las ondas invisibles del espacio.

Esa metamorfosis realizada por el nervio auditivo en el breve trayecto de la oreja al cerebro nos ha permitido crear un arte extraño, la música, la más poética y precisa de las artes, vaga como un sueño y exacta como el álgebra.

¿Qué decir del gusto y del olfato? ¿Conoceríamos los perfumes y la calidad de los alimentos sin las propiedades peregrinas de nuestra nariz y nuestro paladar?

Sin embargo, la humanidad podría existir sin oído, sin gusto y sin olfato, es decir, sin ninguna noción del ruido, del sabor y del olor.

Así pues, si tuviéramos algunos órganos menos, desconoceríamos cosas admirables y singulares, pero si tuviéramos algunos más, descubriríamos a nuestro alrededor una infinidad de otras cosas que nunca supondremos por falta de medio para constatarlas.

Por lo tanto, nos equivocamos cuando juzgamos lo Conocido, y estamos rodeados de Desconocido inexplorado.

Por lo tanto, todo es inseguro, y puede apreciarse de diferentes maneras.

Todo es falso, todo es posible, todo es dudoso.

Formulemos esta certidumbre sirviéndonos del viejo proverbio: «Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado.»

Y decimos: verdad en nuestro órgano, error en el de al lado.

Dos y dos no deben ser cuatro fuera de nuestra atmósfera.

Verdad en la tierra, error más lejos, de donde deduzco que los misterios vislumbrados como la electricidad, el sueño hipnótico, la transmisión de la voluntad, la sugestión y todos los fenómenos magnéticos sólo siguen ocultos para nosotros porque la naturaleza no nos ha proporcionado el órgano o los órganos necesarios para comprenderlos.

Después de haberme convencido de que todo lo que me revelan mis sentidos sólo existe para mí tal como yo lo percibo, y de que sería totalmente diferente para otro ser organizado de otro modo, después de haber llegado a la conclusión de que una humanidad hecha de otra forma tendría sobre el mundo, sobre la vida y sobre todo ideas absolutamente opuestas a las nuestras, porque el acuerdo de las creencias sólo deriva de la similitud de los órganos humanos, y las divergencias de opiniones provienen únicamente de ligeras diferencias de funcionamiento de nuestros hilillos nerviosos, he hecho un esfuerzo de pensamiento sobrehumano para suponer lo impenetrable que me rodea.

¿Me he vuelto loco?

Me he dicho: «Estoy rodeado de cosas desconocidas.» He supuesto al hombre desprovisto de orejas y he supuesto el sonido como suponemos tantos misterios ocultos; el hombre constata fenómenos acústicos cuya naturaleza y procedencia no podría determinar. Y he tenido miedo de todo lo que me rodea, miedo del aire, miedo de la oscuridad. Desde el momento en que no podemos conocer casi nada, y desde el momento en que todo es ilimitado, ¿qué es el resto? ¿No es el vacío? ¿Qué hay en el vacío aparente?

Y ese terror confuso de lo sobrenatural que acosa al hombre desde el nacimiento del mundo es legítimo, porque lo sobrenatural no es otra cosa que lo que permanece velado para nosotros.

Entonces he comprendido el espanto. Me ha parecido que rozaba constantemente el descubrimiento de un secreto del universo.

He intentado aguzar mis órganos, excitarlos, hacerles percibir por momentos lo invisible.

Me he dicho: «Todo es un ser. El grito que pasa en el aire es un ser comparable a la bestia, puesto que nace, produce un movimiento y se transforma incluso para morir. Por lo tanto, el espíritu pusilánime que cree en seres incorpóreos no se equivoca. ¿Quiénes son?»

¡Cuántos hombres los presienten, se estremecen cuando se acercan, tiemblan con su imperceptible contacto! Uno los siente a su lado, alrededor, pero es imposible distinguirlos, porque no tenemos los ojos que los verían, o mejor dicho el órgano desconocido que podría descubrirlos.

Así pues, sentía en mí, más que nadie, a esos transeúntes sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé acaso? No podría decir lo que son, pero siempre podría señalar su presencia. Y he visto -he visto un ser invisible- hasta donde puede verse a esos seres.

Permanecía noches enteras inmóvil, sentado ante mi mesa, con la cabeza entre las manos y pensando en esto, pensando en ellos. De pronto creí que una mano intangible, o más bien un cuerpo inasequible, rozaba ligeramente mi pelo. No me tocaba, por no ser de esencia carnal, sino de esencia imponderable, incognoscible.

Pero una noche oí crujir el entarimado a mis espaldas. Crujió de un modo singular. Me estremecí. Me volví. No vi nada. Y no volví a pensar en ello.

Pero al día siguiente, a la misma hora, se produjo el mismo ruido. Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, completamente seguro de que no estaba solo en mi cuarto. No se veía nada sin embargo. El aire estaba límpido y transparente en todas partes. Mis dos lámparas iluminaban todos los rincones.

El ruido no se repitió y fui calmándome poco a poco; sin embargo, permanecía inquieto y me volvía a menudo.

Al día siguiente me encerré a hora temprana, buscando la forma en que podría conseguir ver lo Invisible que me visitaba.

Y lo vi. Estuve a punto de morir de terror.

Había encendido todas las bujías de mi chimenea y de mi lustro. La habitación estaba iluminada como para una fiesta. Sobre la mesa ardían mis dos lámparas.

Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el cerrojo echado. A mi espalda, un grandísimo armario de luna. Me miré en él. Tenía unos ojos extraños y las pupilas muy dilatadas.

Luego me senté como todos los días.

La víspera y la antevíspera el ruido se había producido a las nueve y veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento preciso, percibí una sensación indescriptible, como si un fluido, un fluido irresistible hubiera penetrado en mí por todas las parcelas de mi carne, sumiendo mi alma en un espanto atroz. Y se produjo el crujido, justo a mi lado.

Me incorporé volviéndome tan deprisa que estuve a punto de caerme. Se veía como en pleno día, ¡pero yo no me vi en el espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba dentro, y sin embargo me hallaba enfrente. Lo miré con ojos enloquecidos. No me atrevía a avanzar hacia él, sintiendo que entre nosotros se interponía él, lo Invisible, y que me tapaba.

¡Qué miedo pasé! Y he aquí que empecé a verlo envuelto en bruma en el fondo del espejo, en una bruma como a través del agua; y me parecía que aquella agua fluía de izquierda a derecha, lentamente, volviéndome más preciso segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me tapaba no tenía contornos, sino una especie de transparencia opaca que iba aclarándose poco a poco.

Y finalmente pude verme con claridad, como hago todos los días cuando me miro.

¡Lo había visto!

Y no he vuelto a verlo.

Pero lo espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en esa espera.

Permanezco horas, noches, días y semanas delante del espejo esperándolo. ¡Ya no viene!

Ha comprendido que yo lo había visto. Mas yo sé que lo esperaré siempre, hasta la muerte, que lo esperaré sin descanso, delante de ese espejo, como un cazador al acecho.

Y en ese espejo empiezo a ver imágenes locas, monstruos, cadáveres horribles, toda clase de bestias espantosas, de seres atroces, todas las visiones inverosímiles que deben acosar la mente de los locos.

Ésta es mi confesión, querido doctor. Dígame qué debo hacer.

Mi tío Sosthéne

Mi tío Sosthéne

Guy de Maupassant

El tío Gregorio era un librepensador como hay muchos,  librepensador de puro ignorante. 

Por el mismo camino llegan otros a ser creyentes. 

Ver a un sacerdote y sentir un furor desenfrenado, para él,  era todo uno; lo amenazaba, le hacía burla, y se curaba en  salud por si le había dado mal de ojo; es decir, que ya no era  un librepensador verdadero, pues creía en el mal de ojo;  y tratándose de creencias irreflexivas, hay que rendirse  a todas o no tener ninguna. 

Yo, que soy también un librepensador, es decir, un refractario  a todos los dogmas que fraguó el miedo a la muerte, no me  irrito contra los templos, ya sean católicos, apostólicos,  romanos, protestantes, rusos, griegos, budistas, judíos  o musulmanes. 

Además, tengo una manera de razonar su condición. 

Un templo es un homenaje a lo desconocido. 

Cuanto más se remonte el pensamiento humano, menor es el  dominio de lo desconocido, y se derrumban los templos. 

Me agradaría -eso sí- que tuvieran, en vez de incensarios, telescopios, microscopios y máquinas eléctricas. 

Mi tío se diferenciaba por completo de mí;  éramos casi lo contrario el uno del otro. 

Él blasonaba de patriota; yo no, porque, a mi entender,  el patriotismo es una religión como cualquiera, y es además  el huevo de donde salen todos los crímenes colectivos. 

Mi tío era francmasón; y los francmasones me parecen más  fanáticos aún que las viejas devotas. 

Yo sostengo mis opiniones. 

De admitir una religión, me quedo con la de mis padres. 

Y estos mentecatos no hacen más que imitar a los curas. 

Tienen por símbolo un triángulo en vez de una cruz; fundan  iglesias, que llaman logias, con varios cultos: el rito  escocés, el rito francés, el Grande Oriente y otra porción de  majaderías que hacen reír.

¿A qué aspiran? 

A establecer socorros mutuos, haciéndose cosquillas en la  palma de la mano. 

Quisieron poner en práctica el precepto cristiano: "Amaos  los unos a los otros". 

La única diferencia consiste en el cosquilleo. 

Pero ¿valdrá la pena de hacer tantas ceremonias para  prestarle cinco francos a un pobrete? 

Los religiosos, para quienes el socorro y la limosna  constituyen una obligación o un oficio, encabezan sus cartas  con tres letras: J. M. J., y los francmasones colocan tres  puntos en triángulo a continuación de su nombre. 

¿Hay tanta diferencia? ¡Todos compadres! 

Mi tío me objetaba:  -Precisamente, nosotros enarbolamos una religión frente a  otra religión; hacemos del librepensador el arma que acabará  con el clericalismo.  La francmasonería es la ciudadela donde se han cobijado  todos los demoledores de las divinidades. 

Yo insistía:  -Pero, tío, precisamente aquello de que usted se vanagloria  es lo que yo juzgo reprochable.  No destruyen; organizan otro fanatismo en competencia;  la competencia rebaja el precio de las mercancías, pero nada  más.  Y aun ¡si no hubiera en la masonería más que librepensadores!  Pero admiten a todo el mundo.  Son masones una muchedumbre de católicos, y hasta jefes de  partido. 

Pío Noveno fue masón antes de ser papa. 

Si llama usted a una sociedad compuesta de tal modo ciudadela  contra el clericalismo, le diré que me parece muy ruin  su ciudadela. 

Mi tío, guiñando los ojos, afirmaba:  -Nuestra poderosa influencia, nuestra influencia temible,  sobre todo es política.  Sin cesar minamos los tronos. 

Al oírle yo, comentaba: -¿Sí? ¡Qué tunantones!  Dígame que la francmasonería es una fábrica de triunfos  electorales, y lo creo; que tiene recursos para convertir  en votos favorables a los más reacios, también lo creo;  que resulta indispensable para los ambiciosos políticos,  lo creo también. 

Pero, si usted me dice que la masonería socava los cimientos  del trono... me reiré en sus barbas. 

Medite usted un poco acerca de la extendida y misteriosa  asociación democrática, la cual tiene por jefe a un príncipe  heredero en Alemania y al hermano del zar en Rusia, contando  entre sus afiliados al rey Humberto, al príncipe de Gales  y a todas las testas coronadas del orbe...

Mi tío me decía entonces, en tono confidencial:  -No te falta razón; pero también es cierto que los príncipes  coadyuvan a nuestra obra sin sospecharlo. 

Yo añadía:  -Y viceversa, ¿no es verdad? 

Y para mi capote. 

¿No es verdad, rebaño de imbéciles? 

Era de ver cómo el tío Gregorio abordaba de pronto a  cualquier francmasón. 

Primero, un guiño, y después, al darse la mano, una serie  de presiones y contorsiones misteriosas y visibles. 

Cuando yo quería oírle despotricar furioso, le decía que  también los perros tienen maneras francmasónicas para  reconocerse. 

Luego, iban por todos los rincones, ocultándose de la gente  como si tuviesen que decirse algo muy dificultoso y de suma importancia; y si comían juntos, en la mesa, frente a frente,  se miraban de un modo especial a cada bocado, a cada sorbo,  como diciéndose: "Lo somos, ¿eh?"

¡Y pensar que se cuentan por millones los hombres que  se divierten con esas tonterías!

Prefiero el jesuitismo.

Precisamente, había en el pueblo un jesuita, el cual era  la obsesión de mi tío Gregorio. 

Cada vez que lo veía murmuraba: "¡Indecente!" . 

Y agarrándose a mi brazo me confiaba sus temores: -Piensa que, tarde o temprano, ese indecente nos dará que  sentir. Estoy seguro. 

Acertó. 

Y, por fatalidad, yo fui la causa. 

Verán cómo: Terminaba la cuaresma, y mi tío Gregorio tuvo la idea de  organizar un banquete de carne para el Viernes Santo. 

Me resistí cuanto pude: -Comeré carne -le dije- lo mismo que todos los días del año;  pero en mi casa, como siempre.  Considero estúpida la ostentación.  ¿Para qué dar escándalo?  ¿En qué nos perjudica ni nos molesta que una porción  de familias no coman carne por Semana Santa?

Pero no pude convencerlo y convidó a tres amigos para ir a  comer juntos en el restaurante; como era mi tío quien pagaba  el gasto, accedí a ser de la partida. 

Antes de las cuatro, nos reunimos en el café Penélope, de  ordinario muy concurrido, y mi tío Gregorio, levantando mucho  la voz para que le oyeran todos, nos decía lo que íbamos a  comer. 

A las seis nos sentamos a la mesa y a las diez aún estábamos  comiendo. 

Entre los cinco, vaciamos dieciocho botellas de Burdeos y cuatro de champaña. 

Mi tío propuso que hiciéramos lo que llamaba él "ronda de  arzobispo". 

Consistía en llenar seis copitas con licores diferentes y  apurarlas una tras otra mientras los presentes contaban: "uno,  dos, tres, cuatro", hasta veinte; un estúpido alarde que a mi  tío le pareció entonces de oportunidad. 

A las once ya lo teníamos borracho como una cuba. 

Hubo que llevarlo a su casa en coche y acostarlo. 

Ya era seguro que su alarde anticlerical se convertiría  para él en una espantosa indigestión.

Retirábame, borracho también, pero con alegre borrachera,  cuando una idea diabólica, en consonancia con mi arraigado escepticismo, surgió en mi cerebro.

Me atusé un poco, puse una cara lo más afligida posible,  y fingiéndome desconsolado fui a llamar a la puerta del  jesuita. 

Era sordo, y tuve que armar un estrépito para que me oyera. 

Tales fueron mis voces y mis patadas, que al fin apareció, preguntando: -¿Qué ocurre?

Yo grité: -¡Pronto! ¡Pronto, reverendo padre!  ¡Un moribundo reclama los misericordiosos auxilios de la  religión!

El pobre viejo se puso inmediatamente un pantalón, y en mangas  de camisa bajó a la puerta. 

Le conté, angustiado, con la voz entrecortada por sollozos,  que mi tío, el contumaz librepensador, atacado por una dolencia repentina que hacía temer un funesto desenlace, temeroso de  morir, deseaba sin duda en aquel trance la compañía de un  sacerdote, oír sus consejos, conocer lo que saben los católicos  de la otra vida, y disponerse tal vez para entrar en el cielo, confesando y comulgando, arrepentido al fin de sus errores. 

Y acabé diciendo: -Como lo desea, estoy seguro de que puede ser muy saludable  para el enfermo la presencia de usted, reverendo padre.

Atolondrado, complacido, tembloroso, el jesuita me rogó que  lo aguardara un momento; pero yo añadí: -No, no lo acompañaré; mis convicciones me lo impiden.  Ya me ha sido bastante violento venir a su casa, y le ruego  que no haga mención de mi visita, que no hable de mí; puede  suponer que la dolencia de mi tío le fue revelada  misteriosamente. .. 

Consintió, y muy de prisa encaminose hacia la casa de mi tío  Gregorio. 

La criada abrió en seguida y vi desaparecer la vestimenta  sacerdotal en el oscuro antro del pensamiento libre.

Me puse en acecho arrimado a una puerta próxima. 

En circunstancias normales, mi tío hubiera dado al cura un buen  recorrido; pero me constaba que no podía ni siquiera levantar  los brazos aquella noche. 

¡Qué impresión la de ambos al encontrarse frente a frente! 

¿Cómo se presentaría el uno, y cómo lo recibiría el otro? 

¿Qué se dirían? ¿Qué replicarían? 

¿Y cómo acabaría todo aquello?

Sólo de imaginarlo, me retozaba la risa en el cuerpo:  "¡Vaya una broma!, ¡qué broma!"

Se levantaba frío hacia la madrugada, ¡y el jesuita sin acabar  de salir! 

Una hora, dos, tres horas pasaron. 

¿Qué pudo suceder? 

¿Acaso la violenta impresión produjo a mi tío la muerte o, levantándose de pronto, estranguló al cura? 

¿Se habían devorado mutuamente? 

La última versión me pareció inverosímil, porque mi tío no  se hallaba en condiciones de tragar ni un gramo de alimento,  ni de sorber una gota de sangre.

Amaneció. 

Inquieto, y no atreviéndome a entrar, acudí a un amigo que  vivía enfrente. 

Se lo dije todo, haciéndolo reír mucho, y me asomé con mil precauciones a una ventana. 

Me reemplazó a las nueve y dormí algo. 

A las once ocupé su lugar. 

Indecisos, comenzábamos a temer una desdicha. 

Pero a las seis de la tarde salió el jesuita, pacífico y  satisfecho.

Entonces, avergonzado y receloso, llamé a la puerta de mi tío. 

Abrió la criada, y no atreviéndome a preguntar,  subí en silencio. 

Mi tío Gregorio, pálido, abatido y desencajado, con los brazos  inertes y los ojos tristes, yacía en la cama. 

Vi una estampita piadosa puesta con un alfiler en las  colgaduras.

Un olor nauseabundo pregonaba la indigestión. Dije:  -¿Aún continúa usted acostado? ¿Está enfermo? 

Me respondió con la voz apagada.  -Hijo mío: estuve a punto de morir.

-¿Es posible? 

-¡Tan posible!  Y lo más raro es que, siendo repentina mi enfermedad,  le fue revelada misteriosamente al sacerdote que acaba  de salir de casa.  Hijo mío: ¡hay Providencia!

-¿Sí? -apenas pude contener la risa.

-Una revelación. Ya lo ves.

Fingí un estornudo para no soltar la carcajada; y al cabo de  un minuto, fingiéndome indignado, exclamé: -¿Ha recibido al jesuita en su casa?  ¿.Un librepensador, un hermano masónico, tuvo al jesuita  en su casa y no lo arrojó por una ventana.

Confundido, balbució:  -Era providencial; te lo aseguro.  Vino guiado por una voz del cielo.  Y, además, ha debido de conocer a mi padre; me habló de mi familia, que ya no existe...

-De su familia, de su padre...

-Sí; ya ves... 

-No veo motivo para recibir a un jesuita. 

-Tienes razón; pero yo estaba enfermo, gravísimo: y él,  ¡me ha cuidado con tanta solicitud, con tanto desinterés  durante toda la noche!  Le debo la vida, no lo dudes; ha hecho más que un médico... 

-¡Ah! ¡Lo ha cuidado toda la noche!  No dijo usted que acababa de salir de casa!

-Naturalmente; y es cierto.  Como fue tan bondadoso conmigo, dispuse que le preparasen  almuerzo.  Almorzó ahí junto a mi cama, en un veladorcito, mientras yo  tomaba una taza de té. 

-Y ¿ha comido carne? 

Mi tío Gregorio hizo un gesto desapacible, como si yo acabara  de cometer una grave inconveniencia:  -No estoy para bromas.  En esta ocasión me parecen inoportunas.  Fue conmigo afectuoso y me cuidó con mucha solicitud.  No hicieron otro tanto los demás.

La indirecta me cortó los vuelos y dije: -Bien, tío Gregorio. Y después de almorzar, ¿qué hicieron  ustedes?

-Jugamos al tute una hora.  El rezó sus oraciones mientras yo leía un librito que puso  en mis manos, y que por cierto me agradó bastante. 

-¿Un libro piadoso? 

-Hasta cierto punto.  Es la historia de las misiones en el África central; un libro  de viajes y aventuras.  Admira lo que hicieron allí unos cuantos hombres. 

Empecé a comprender que tomaba un cariz desagradable aquel  asunto, y levantándome de la silla, dije: -Vaya, que se ha dejado usted convertir.  ¿Y la masonería y el librepensamiento?  Es usted un apóstata.

Un poco indeciso aún, mi tío murmuró: -La Iglesia es una especie de masonería.

-¿Volverá el jesuita? -le pregunté. 

Y balbució:  -Acaso mañana... 

Salí completamente atolondrado. 

Tuvo fatales consecuencias la broma fraguada por mí. 

Mi tío se hizo católico, pero eso no es todo. 

Lo triste, lo verdaderamente intolerable para un sobrino,  es que a su muerte sólo se pudo encontrar un testamento  en el cual me desheredaba, dejando todos sus bienes al jesuita.