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Pensamiento Masonico

Vejez y muerte

Por: Klaus Ziegler

Una de las primeras referencias históricas acerca de los supercentenarios se debe a Diógenes Laercio.
 

Narra el historiador griego que el filósofo y poeta Epiménides de Cnosos alcanzó a vivir más de 150 años, y que Demócrito de Abdera por poco alcanza los 109. Pero, quizá la más antigua de todas las fábulas sobre longevos sea la del vetusto Matusalén quien, según el Génesis, murió en la época del Gran Diluvio a la edad de 969 años.

Casi todas las historias de supercentenarios suelen ser leyendas, o casos mal documentados sin la menor credibilidad. Y aunque sólo uno individuo de cada 40 millones logra sobrepasar los 110 años, existen centenarios auténticos que han llegado a celebrar su cumpleaños 120, entre ellos Jeanne Calment, una francesa quien ostenta el récord de longevidad comprobado más extraordinario: 122 años y 164 días.

La vida de Jeanne está llena de historias tan increíbles como cómicas. Durante su adolescencia fue testigo de la construcción de la Torre Eiffel, y tuvo el privilegio de conocer personalmente a Van Gogh. Siendo nonagenaria, firmó un acuerdo con un abogado cincuentón de nombre François Raffray, quien ofreció pagarle 2500 francos mensuales hasta el día de su muerte a cambio de heredar su magnífica residencia en Arles. Quién creería que sería la viuda de Raffray la heredera de sus propiedades, pues el desdichado abogado falleció casi octogenario, dos años antes de morir la sempiterna viejecita, que con toda razón solía repetir, “J'ai été oubliée par le Bon Dieu”. Se cuenta que gozó de excelente salud los primeros 114 años de su vida, hasta el día en que sufrió una caída y se fracturó la cadera. El accidente la dejó confinada a una silla de ruedas, pero a pesar de la triste situación, nunca perdió el sentido del humor. En su cumpleaños 120, cuando era ya una celebridad, un periodista inoportuno le preguntó qué futuro esperaba: “uno muy corto”, contestó la siempreviva ancianita.

Es una ironía que conozcamos tanto del universo que nos rodea pero casi nada de nuestra propia existencia. Ignoramos por qué envejecemos, o por qué debemos morir. La idea intuitiva de que nos vamos desgastando como se acaba un par de zapatos con el paso del tiempo parece errónea, pues casi todos los tejidos de nuestro cuerpo están renovándose continuamente. Además, si sólo fuese el desgaste, ¿cómo se explica que un caballo con apenas quince años luzca tan viejo como un hombre de noventa, mientras que una quinceañera rebosa de juventud? ¿Y cómo podría explicarse el hecho de que algunos animales como el calamar gigante crezcan toda la vida sin envejecer?

La absurda disparidad en la longevidad de los seres vivos es uno de los muchos misterios de la naturaleza que hacen dudar de la sensatez de un “Diseñador inteligente”. Si bien los humanos somos los mamíferos más longevos, nuestra vida máxima no se compara con la de la tortuga gigante, que alcanza los 180 años. Y es apenas una pequeña fracción de la duración del milenario Pinus longeva de las montañas de Nevada, en Estados Unidos, donde es posible hallar especímenes que datan de la época de los egipcios antiguos.

Habría que preguntarles a los nuevos creacionistas, cómo explica la teoría del “Diseño inteligente” que un animal del tamaño y la inteligencia de la enorme ballena azul esté destinado a vivir apenas una docena de años –absurdo despilfarro del Gran Arquitecto–, pero que la hormiga formica insecta disfruta de una luenga vida –al menos para un insecto– de veintisiete años. O qué razones pudo haber tenido el Creador para otorgarle a la ociosa almeja una inmóvil existencia de varios siglos, mientras que los frágiles efemerópteros mueren a las pocas horas de haber nacido.

Algunos científicos sostienen que el envejecimiento es consecuencia de daños acumulados en el ADN nuclear de la célula. La teoría cuenta con amplio apoyo experimental, y explicaría enfermedades hereditarias como la progeria infantil, una extraña anomalía genética –que hablaría a favor de la teoría del “Diseño maligno”–, la cual inhibe los mecanismos de autorreparación celular y hace que sus portadores, a la temprana edad de diez años, parezcan ancianos octogenarios, tengan el cabello gris y la voz cascada de los viejos.

De otro lado, hay quienes sospechan que la vejez y la muerte son estrategias evolutivas diseñadas a fin de liberar recursos y espacio vital para las nuevas generaciones. En palabras de Michel de Montaigne: “Tu muerte forma parte del orden del universo, es parte de la vida del mundo, es la condición de tu creación… Deja lugar para otros, como otros lo dejan para ti”. La idea fue sugerida por el microbiólogo Leonard Hayflick de la universidad de Stanford hace varias décadas y se sustenta en experimentos con cultivos de células de tejido conjuntivo humano. Hayflick observó que las células realizaban un máximo de cincuenta divisiones, al cabo de las cuales morían. Pero cuando se insertaba ADN de células jóvenes en el núcleo del tejido agotado, este parecía rejuvenecer, y se reiniciaba el ciclo original de cincuenta subdivisiones, lo cual indicaba la presencia de un cronómetro interno que controla el tiempo máximo de vida.

A escala cósmica, la vida humana es menos que un suspiro, un evento insignificante y efímero, un accidente de las fuerzas ciegas de la evolución sin aparente dirección ni propósito. Hay quienes, incapaces de creer en la promesa de una vida eterna, preferimos asumir sin consuelos la terrible realidad expresada magistralmente por Shakespeare en boca de Macbeth: “La vida es solo una sombra que transcurre; un pobre actor que orgulloso consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un idiota, llena de ruido y frenesí, que no significa nada”.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

INDECENTE

 INDECENTE,  es que el salario mínimo de un trabajador sea de $515.000/mes y el de un Congresista de $33.996.000, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a  $38.500.000 /mes.

INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de Salud Pública, ganen menos que el concejal de un municipio de tercera.

INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que
 les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto y, al inicio de la legislatura).

INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35 años y tener 62 para percibir una Pensión y a los diputados les baste  sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten  jurar el cargo.

INDECENTE, es que los Congresistas sean los únicos trabajadores (¿?) de este país  que están exentos de tributar un tercio de su sueldo.

INDECENTE, es colocar en la Administración a miles de "Asesores" y "Suplentes" (léase amigotes  con sueldos que ya desearían los técnicos más calificados.)

INDECENTE, es el  ingente dinero destinado a sostener a los partidos, aprobados    por los  mismos políticos que viven de ellos.

INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de  capacidad para  ejercer su cargo. (Ni cultural, ni intelectual.) Sólo basta estar
 en la Bancada Mayoritaria y patrocinado por dineros sucios!

INDECENTE, es el costo que representa para los ciudadanos sus viáticos, viajes  (siempre en primera clase), comidas, comunicaciones, guardaespaldas, escoltas  carros último modelo blindados, tarjetas de crédito etc. etc. y, se le niegue a la clase trabajadora un aumento digno en el Salario Mínimo.

INDECENTE No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que no se lo  bajen y por el contrario se estan inventando Proyectos de Ley, para aumentar sus pensiones y sus jugosas Prebendas.

INDECENTE, es que  sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.

INDECENTE, es que ministros,  secretarios de estado y altos cargos de la política,  cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente  percibir dos salarios del TESORO PÚBLICO.

INDECENTE, es que el dinero de las  REGALIAS, que está destinado al desarrollo de las regiones y clases menos favorecidas, se quede en las manos  de Gobernadores y Alcaldes corrompidos y todos sus cargaladrillos que tienen de secuaces.

Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooodos los políticos se benefician  de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que los  regulan. ¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já.! Ja..!  
 

Pero........LO PEOR DE TODO...... ES QUE SEGUIMOS VOTANDO POR ELLOS!

El lento genocidio palestino

El lento genocidio palestino

Por Pao Dragnic  ( enero 4, 2009  )

Hace ya dos años que volví de Palestina y desde entonces, quiero escribir este mail. Pero es tan grande todo lo vivido, que en dos años no he podido sentarme a resumir todo lo que quisiera contarles, para que al menos pudieran dimensionar lo que ahí sucede. Porque eso me pasó a mí. Creí ser conocedora del tema -algo al menos- creí saber y entender algo del "conflicto" y de la "causa", pero nada se asemeja a vivirlo. No hay libro que uno lea y no hay imágenes que uno vea, que puedan graficar lo que ahí sucede. Uno puede ser un "experto" en la materia, pero si no se ha pisado ese suelo, si no se ha respirado ese aire, si no se ha palpado esa miseria, es imposible llegar a comprender el lento genocidio que ocurre en esas tierras.

Es imposible, porque quienes lo cometen han sido las grandes víctimas del siglo XX y entonces cualquiera que acaso condene alguno de sus actos, corre el riesgo de ser tachado de antisemita. De hecho, eso aprendimos en el curso de "Conflicto en Medio Oriente" al que entré como invitada de piedra a unas cuantas horas de Tel Aviv. A la veintena de periodistas latinoamericanos que estábamos ahí, nos entregaron un riguroso listado de claves conductuales que se titulaba: "Cómo identificar el antisemitismo del siglo XXI". Y creo que muchos lo leímos y en voz baja pensamos que fácilmente seríamos tachados de antisemitas. Por eso, muchos callan. Porque ser antisemita ante el horror del holocausto, es algo inaceptable hoy, a más de 50 años de esa masacre original que le devuelve la mano al destino, convirtiendo a sus propias víctimas, en monstruos sedientos de sangre, como si la venganza ante el dolor sufrido, saliera a borbotones medio siglo después.

Ahí está el primer gran error. El holocausto judío nos avergüenza como especie. No hay duda. Al recorrer los campos de concentración que quedaron como vestigio, uno se pregunta cómo pudo existir ese infierno, mientras el mundo seguía girando. Cómo en esos precisos instantes, no fuimos capaces de detenerlo. Cómo fue posible que millones de seres fueran perseguidos, torturados y asesinados de la forma más cruel, en el más completo silencio del resto del planeta. Quizás, luego de la desolación y el horror que uno siente, eso es lo que más sorprende del holocausto: la indolencia y complicidad silente. Hoy, muchas décadas después, lo condenamos y somos cuidadosos al tener el más mínimo acto de aceptación de alguna actitud nazi... ¿verdad?

¿Tendrán que pasar nuevamente décadas para que entonces nos preguntemos cómo fue posible que en el más completo silencio se masacrara a los palestinos?

¿Entonces seremos capaces de ver las fotos de los moribundos detrás del muro esperando comida? ¿A las mujeres pariendo en las fronteras establecidas por el sionismo? ¿A los prisioneros que Israel mantiene en condiciones infrahumanas? ¿Veremos entonces el muro y sus rejas interminables, con un judío hablando detrás de un vidrio mientras te grita que te quites la ropa una y otras vez, solo para atravesar de una lado a otro y poder visitar a tu familia? Y lo que parece más terrible aun, ¿las fotos de los palestinos tatuados con un número en los brazos como un carnet imborrable que les autoriza entrar a Jerusalén? Sí, tatuados. Igual que esas fotos espantosas de esqueléticos judíos fichados en los Campos de Concentración. Hoy, de palestinos.

¿Tendrán que pasar otros 50 años para que podamos ver todo esto y no sentirnos amenazados de ser antisemitas?

Ahí está el primer error que los judíos sionistas han sabido calarnos profundamente, para entonces amparar las más atroces injusticias que sus propios antepasados sufrieron bajo el yugo de los nazis. No hay que aceptar más este chantaje moral. Se que este mail bastará, para que mi nombre entre en la lista de los antisemitas. Pero no lo soy. Mi padre, yugoslavo, eslavo y casi gitano, sobrevivió a la limpieza étnica de los nazis y él mismo me enseñó que los nacionalismos enfermizos como el que persiguió a su pueblo en la Segunda Guerra, son la lacra social más terrible que puede existir. ¿Y qué es el sionismo de Israel sino un nacionalismo moderno y enfermo?

Un nacionalismo que, en sus vertientes más colonizadoras cercanas al socialismo (supuestamente ateo), apela a razones bíblicas para demandar un territorio que, además, pretende limpiar de las otras razas que ahí habitan. El sionismo es racista. No porque en sus principios esté escrito o porque la ONU en 1975 lo haya dicho en una resolución, sino simplemente porque no tolera la coexistencia de otros pueblos y actúa en esa dirección.

Como todos, crecí repudiando el holocausto y de cerca, con mi padre y sus historias.

Tanto me enamoré de la "causa", que a los 19 años estuve a punto de irme a Kibutz, embobada en mi adolescencia por la justicia tardía para el pueblo judío. Enamorada de "la causa" y de la propuesta socialista de construir patria mancomunada en el desierto. Sin una gota de sangre judía, sentí que mi raza eslava estaba con ellos y si algo podía hacer concretamente, era ayudarlos a sembrar, en un proyecto de vida que aun quisiera para mis hijos. En paz, comunidad y tolerancia.

Veinte años después conocí uno de los kibutz más emblemáticos de la oleada que se creó en los ’70. Y sigo creyendo que es un proyecto precioso, sino fuera por "el alto costo humano que representa". Supe como se reparte el sueldo de todos para la comunidad, compartí con ellos el Hanukkah, vi los huertos inmensos perfectamente regados, las áreas comunes y su intimidad. Pero esta vez también vi los restos de casas bombardeadas, "tan moriscas en su arquitectura", que se levantan en medio de los verdes sembradíos del Kibutz como trofeo a la reconquista de la "tierra prometida".

A un lado, la lechería con vacas ultradesarrolladas capaces prácticamente de dar queso listo en un teta y al otro lado, las ruinas de la que fue el hogar de alguna familia palestina allegada hoy tras el muro en esos ghettos árabes que los judíos sionistas parecen haber recreado al más puro estilo de los ghettos judíos de la Alemania Nazi donde sucumbieron sus propios antepasados. Así de irónico es todo y ellos mismos lo describen.

Pude ver tras el resplandor de las velas del Hanukkah, como se retiraba el bus diminuto que transportaba como ganado a la servidumbre: palestinos enflaquecidos por el hambre que son autorizados a ingresar a Israel, con un carnet especial que los acredita como tal y les permite un "libre" tránsito.

Recordé entonces esas viejas películas que mostraban el esplendor europeo de algunos pocos en plena década de los ’40, mientras la Segunda Guerra asolaba el continente. Hitler en sus despampanantes juegos Olímpicos, y al frente la chimenea humeante de los Campos de Concentración. Recordé incluso algún texto que describe la casa de Townley en Santiago, cuando Mariana Callejas celebraba sus emperifolladas rondas literarias en plena dictadura, mientras en el subterráneo de su propia casa, el servicio de inteligencia torturaba sin piedad a quienes son hoy algunos de los Detenidos Desaparecidos de Pinochet.

No hay que tener miedo. Condenamos el holocausto judío y hoy condenamos –oportunamente– el holocausto palestino.

Ir a Palestina, entrando por Tel Aviv, es una experiencia demoledora y desde entonces, es imposible no sentir una pequeña cuota de responsabilidad al ser cómplice de esta masacre, simplemente por no hablar. Pero es tan abrumadora esa experiencia, que intentar describirla se hace cuesta arriba. Porque surge la ansiedad de que comprendan que condenar la masacre palestina, no tiene que ver con el antisemitismo ni es una causa "in" en estos días. Los análisis internacionales, las proyecciones políticas, y el complejo panorama de la zona, quedan a un lado cuando se respira ese aire absurdo de intolerancia y masacre permanente.

La "tierra prometida" es hoy un cuadrillé de pueblos enmarcados en un muro de más de 8 metros de altura que zigzaguea el suelo y forma ghettos palestinos, de donde no hay salida. Apuñados, los palestinos quedaron en algunos pueblos sin conexión entre sí muchas veces, sometidos al ímpetu de los israelitas que deciden qué puede entrar a ese ghetto -o pueblo si prefieres- y qué puede salir. Esto incluye, obviamente, hasta lo más básico como la comida que, estratégicamente, te permite matar de hambre lentamente a quienes están adentro.

Imagina por un instante un largo edificio de 6 pisos, interminable, rodeado de militares anónimos que te encañonan constantemente y que encierran el lugar donde vives. Nada puede salir o entrar a ese lugar, sin que una patrulla de judíos sionistas lo autorice a través del pequeño "check point" dispuesto.

Si tu padre quedó en el ghetto de al frente, o pueblo -si prefieres- deberás visitarlo escasamente y previa autorización. Entonces, tendrás que hacer una larga fila, entre dos rejas como las vacas camino al matadero, ingresarás a una pequeña habitación donde sacarás tu ropa, serás humillado sin derecho a pataleo en tu propia casa, y alguien te gritará en hebreo detrás de un vidrio, si es correcto lo que estás haciendo. Si no, pueden apresarte y te llevarán a otra habitación quien sabe con qué fin.

Si la panadería quedó al otro lado del check point, deberás hacer esta rutina de ida y de vuelta, sólo si tienes la suerte de entrar, para luego ver si tienes la otra suerte de encontrar algo para comer. Así como me han tenido que perdonar los amigos judíos que leen este mail, que me perdonen también los palestinos por simplificar tanto el asunto, pero es en esta rutina cotidiana y abrumadora que todos desconocemos, como logran matar a todo un pueblo lentamente. Ahorcándolo, asfixiándolo cruelmente.

Belén es uno de los más dolorosos ghettos palestinos, porque buena parte del mundo recuerda ese lugar como un sitio histórico que quisieran visitar sin temor.

La plaza de Belén, enmarca la llegada a la Iglesia de la Natividad. Los habitantes de Belén, que obviamente poco y nada comparten el fervor cristiano, respetan a los escasos turistas y valoran ese espacio como el sitio histórico que indudablemente es. Qué distinto entonces ir a Nazaret, hermoso en la pulcritud israelita y prácticamente neutralizado con el fanatismo religioso o ateo -como quieran- de la administración judía que lo gobierna. Si preguntas por alguien llamado Jesús de Nazaret, entrarás a lista de las personas no gratas, aunque simplemente seas un historiador nada de católico. La intolerancia se respira en Israel. El recorrido por Jerusalén con algún judío que quiera acompañarte como guía turístico, llega a ser tragicómico. Solo pasas por fuera del Santo Sepulcro y como quien indica que ahí hay un cruce de calle, te lo señalan.

Esto para los turistas que acaso logran evidenciar este ¿racismo? en un rápido tour. Pero si te quedas solo una noche en Belén, y te atreves a entrar por el Check Point que diariamente deben hacer los escasos habitantes del pueblo que todo el mundo mira el 25 de diciembre, comenzarás a sentir el dolor en el aire.

Las pocas tiendas que hay, abren sus puertas como para no perder la costumbre. La plaza se repleta de hombres enflaquecidos y hasta con el rostro como desfigurado por el dolor, que se pasean en círculo matando el tiempo, vestidos con ropas como de los años 50. No tienen trabajo, no pueden salir de Belén a buscar trabajo. Tienen hambre. Sus mujeres e hijos esperan en casa por algo para comer y ellos deambulan por la plaza, mirando a los escasos turistas y compartiendo algún café con cardamomo.

Las vitrinas están vacías. Puedes comer algún shawarma seco y duro, que quien sabe cuánto tiempo ha permanecido clavado en el asadero. Los judíos no han dejado entrar carne, y el autoabastecimiento, nunca ha sido un ideal que funcione en la práctica. Un pequeño pueblo, rodeado de piedras y arena, al que ni siquiera llega agua con seguridad.

Te paseas como un perfecto idiota en uno de los lugares más emblemáticos para el mundo occidental y entonces decides entrar a un restorán a pocas horas del 25 de diciembre. Un escuálido árbol de navidad parpadea a la entrada, y al menos 10 mesoneros sentados en la barra te reciben con felicidad, llevarás algunas monedas, también judías... que solo podrán transar entre ellos mismos. Eres el único turista que ingresa y el menú es reducido. No hay casi comida, porque la frontera no se ha abierto. Viven en la tierra donde siempre existió su gente, pero hoy no tienen derecho salir, ni a moverse, ni a comer, ni a decidir nada sobre su propio destino. Están presos en su propia casa, esperando... esperando.

Entonces pides un té y un pan con queso. Esa es la cena de navidad que puedes comer en Belén, mientras afuera un grupo de niños y hombres te mira engullendo el queso que han reservado para el turista, con la esperanza de que se mueva la microeconomía que tienen en ese ghetto donde nació Jesús.

Si puedes permanecer más días en Belén, comenzarás a sentir entonces la angustia de vivir en un Ghetto. Comenzarás a sentir la desesperación y entenderás otro poco de la historia: simplemente un buen día, el mundo decidió hacer justicia con un pueblo masacrado como el judío, y en la accidentada división territorial, tu casa quedó al otro lado.

Deberás desocuparla, y partir al ghetto, acarreando las pocas cosas que pudiste sacar, y arrastrando a tus niños entre lágrimas y griteríos. Te instalarás en un campo de refugiados, que se diferencia de los campos de concentración nazis, porque la muerte es más lenta que con el gas. Morirás de locura y hambre y no asfixiado.

Vivirás arriba de varias familias en una habitación (con suerte), sitiado a pocos metros por el muro que te encañona con tanquetas y fusiles, y esperarás con ansias la llegada de algún valiente grupo de turistas alternativos, que quiera "conocer tu realidad". Entonces te comprarán a 10 dólares algún tejido de la abuela, o alguna precaria artesanía que hizo tu esposo en la cárcel condenado a 15 años por apedrear un carro de policías judíos y podrás decidir qué hacer con esos 10 dólares. Lo más probable es que los pases a la olla común, porque te dará mucho dolor ver a los hijos de tu "vecino" con tanta hambre como los tuyos.

Así transcurrirán tus días. Lentamente. Muy lentamente. Siempre esperando como que la pesadilla termine y un buen día te digan, acabó... puedes regresar a tu casa. Pero eso no pasará. Hace 30, 40 años que tu casa ya no existe. En su lugar, hay un país que instaló sobre tu cama, una preciosa lechería de vacas genéticamente perfectas.

Y como no hay territorio donde construir, deberás seguir en el Ghetto delimitado por otros, subsistiendo otros 40 años más hasta que mueras de viejo, con la mejor de las suertes. Tus hijos acaso irán a la escuela, cada vez más llenos de odio e impotencia, porque los escolta el muro, los militares, los tanques que te acechan a cada paso. Hasta que un día ese pequeño se convierta en hombre y entonces definitivamente no encuentre respuesta para entender por qué no puede ir a ese lugar también sagrado para él que es Jerusalén y que está solo a 10 minutos. Hasta que no encuentre respuestas para entender por qué no puede ir a estudiar a una universidad libremente, o casarse y formar una familia dignamente.

Entonces, ese muchacho que criaste en la miseria del Ghetto explotará de ira e impotencia, y juntará un puñado de piedras que arrojará contra el muro que lo somete a la más espantosa miseria. Ese muchacho entonces, será detenido y torturado varios años acusado de terrorismo. La evidencia serán las piedras, y la honda artesanal que fabricó a escondidas. Tu envejecerás esperando su libertad y explicándole a sus hermanos lo que sucede, intentado que ellos no corran la misma suerte, mientras sobreviven ahogados en ese ghetto cada vez más infernal. Y si el muchacho entonces sale, será solo para juntar ahora un puñado de clavos y construir esos famosos cohetes que tanto desesperan a los judíos sionistas.

Los "kassam", tubos artesanales de metal, rellenos de pólvora y clavos, que tienen la fuerza suficiente para subir 8 metros, traspasar el muro y explotar en una lluvia de clavos contra tus opresores y que irónicamente ellos mismos rescatan para transformar en esculturas que adornan sus hermosos jardines y que muestran como una evidencia de la violencia que son víctimas.

Vendrá entonces la primera represalia, un tanto desproporcionada, cinco tanques aplastarán viejos autos palestinos, arrollarán niños que se entrenan en la Intifada ("levantamiento") afinando la puntería con las históricas piedras de Belén.

Mientras revuelves la olla común con escasos porotos y pepinos, escuchas el griterío y la desesperación, como cuando los nazis entraban de golpe al pueblo de mi padre en Brac buscando a los partisanos. Nuevamente el horror te aplasta. Verás a morir a los tuyos, correrás entre el humo con los cuerpos ensangrentados, y los refugiarás en el Ghetto, a la espera de alguien de la Cruz Roja que cumpla la rutina humanitaria mientras José Levi despacha con su espantoso sonsonete español que: "ha empezado una nueva Intifada".

Si la frontera no se abre ni siquiera para la carne, o la leche, más difícil es aun ingresar artefactos que te permitan igualar la violencia de bombardeos aéreos o incursiones con tanques que reprimen las pedradas o los kassam de tus hijos.

Entonces llegará al poder de otro de tus hijos un poco de pólvora y tu se la quitarás. En silencio, sentirás -como ellos en su ferviente adolescencia- que los kassam con ese puñado de clavos, no igualan al poderío militar que te reprime. No tienes trabajo, no tienes comida, no puedes moverte del Ghetto, en tu mente solo existe la necesidad de hacer justicia, no puedes pesar en nada más. No hay futuro.

Darás vueltas en el ghetto una y otra noche, como siempre hace 40 años. Los bombardeos intensifican el bloqueo. No tienes agua, no tienes comida. Tus hijos sobrevivientes están muriendo de hambre y tu estás enloqueciendo. Pasarás muchas noches desvelada, hasta que aprenderás a construir un explosivo casero con esa pólvora. No le dirás a nadie, pero después de 40 años de miseria y represión, estás agobiada. No hay salida y decides que no te matarán de hambre lentamente y que tu muerte entonces no será en vano. Construirás explosivos que esconderás en tu cuerpo. Lograrás pasar el check point y lo harás estallar en el lugar más repleto de judíos que puedas encontrar. Esa es será tu pequeña venganza.

Mientras los restos de tu cuerpo se mezclaron con la sangre de los judíos también muertos, José Levi informará de un nuevo atentado suicida y horas más tarde, anunciará la segunda represalia. Bombardeos aéreos han dado sobre tu campo de refugiados. 290 muertos y 900 heridos en una nueva incursión de uno de los países militarmente más poderosos del planeta, que somete a los esqueléticos terroristas palestinos armados de piedras y cohetes kassam que tras 40 años de miseria y destierro no encuentran solución a su existencia y no se resignan a morir en uno de los ghettos del siglo XXI que reviven a los del Tercer Reich.

Ese fue el titular cuando llegué a Palestina: "Abuelita terrorista se suicida y mata a dos judíos". Tenía 50 nietos, versaba la bajada de la crónica. 50 nietos que habrá criado en el Ghetto, en esta 4 décadas... dónde más.

Después de estar 4 días en Belén, decodifiqué el titular. De-construí el titular y entonces, comencé a sentir cómo era posible enrollarse un montón de explosivos en el cuerpo. Sentí la angustia, abrumadora, la desesperación.

Decidí salir de Belén, angustiada, amargada... aterrorizada, y con una de las tristezas más profundas que he sentido en mi alma, simplemente porque tienes la certeza absoluta de que no hay retorno.

Llegamos a Betjala, que tiene conexión directa con Belén, omitiendo el check point. Entramos al mejor hotel de Betjala, un hermoso edificio de casi 12 pisos, hermosamente decorado, con un salón inmenso en la recepción, un gran comedor, un hermoso bar. Más de 300 habitaciones. Todas vacías.

Pedimos una buena habitación. Estaban todas disponibles. Un gran ventanal. Betjala como deshabitada, detenida en el tiempo. Y nosotros omitiendo un rato el caudal de incomprensiones que teníamos en la cabeza y el corazón. Estábamos escapando, al menos unos días. Teníamos hambre. Esa noche podríamos comer bien. Entonces por teléfono pedimos a la recepción algo de comida. Decidimos bajar al restorán. A las 9 de la noche, un restorán con más de 100 mesas había sido abierto solo para nosotros. La mesa repleta de las más exquisitas comidas árabes, sin exagerar. Todos los mesoneros a nuestra disposición. Estaba siendo difícil huir de la miseria. La teníamos escondida tras el lujo de ese hotel también detenido en el tiempo. Era temporada alta, plena navidad y no habían llegado pasajeros. Comimos lento, pensando en cómo hubieran querido algo de "very tipical food" en el campo de refugiados que habíamos visitado horas antes.

Una cerveza fue el postre y nos instalamos en el hermoso salón contiguo. Prendieron las luces para nosotros y entonces apareció un hombre alto, canoso, amable. Saludó y se presentó como el dueño del hotel. Comenzó una tonta conversación sobre clima. El no quería hablar del tema y nosotros tampoco, pero nuestro inglés chapurreado, tan chileno, pronto lo hizo sospechar sobre nuestra procedencia. Como muchos en Betjala, él también tenía un familiar en Santiago. Entramos en confianza, y entonces preguntamos y preguntamos.

Cómo sobrevivía, cómo mantenía ese hotel y para qué lo hacía en medio de tanta desolación. La conversa cada vez era más triste. Los escasos 200 dólares que podíamos dejar por nuestra estadía, ni siquiera alcanzaban para pagar la electricidad de 1 día funcionamiento del hotel. ¿Por qué no te vas a Chile?, le preguntamos. Uno de sus hermanos vive en Santiago. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como si ese tremendo hombre de rasgos tan masculinos, fuera un pequeño nene muerto de susto. Como un comandante derrotado en su trinchera, moribundo, pero impecable y de corbata, él estaba dispuesto a morir ahí, en el precioso hotel que heredó de su padre y que antaño estaba repleto de turistas, viviendo el esplendor de la cultura árabe mezclada con el rito católico de la navidad.

No puedo hablar, dijo tartamudeando y se despidió de lejos antes de marchar. A la mañana siguiente partimos rumbo a Jordania. No pudimos conseguir un auto palestino que nos llevara a la frontera. No queríamos dejar ni 10 dólares más en manos de Israel. Pero fue imposible. Está prohibido y aunque los "territorios palestinos" dan con Jordania, la frontera también es de los judíos.

GENOCIDIO !!!

GENOCIDIO !!!

Embajador de la Misión Palestina en Colombia
Imad Jada'a concedió una entrevista a EL TIEMPO antes de iniciarse la ofensiva terrestre.

EL TIEMPO: ¿Cómo se explica el ataque en Gaza?
Imad Jada'a: Ellos dicen que es contra Hamas, por la amenaza de los cohetes, pero la verdad es que Israel tendrá elecciones en dos meses y se ha dado una competencia de 'quién mata palestinos' para ganar más. No sorprende ver que Ehud Barak volvió a ganar puntos en las encuestas. Otra razón es que la sociedad israelí empezó a perder la fe en el 'Superman' de su Ejército después del fracaso contra Hezbolá en el 2006.

¿Es posible una victoria militar de Israel sobre Hamas?
Sesenta aviones F-16 con decenas de helicópteros atacando a una población de un millón y medio en la Franja no es una victoria militar. Es un uso de fuerza excesiva contra la población civil.

¿Acepta como válido el pedido israelí de que cesen los cohetes?
¿Por qué el mundo sigue engañado creyendo que el problema son los cohetes de Hamas? ¿Por qué no hablamos del cese de la ocupación israelí, si desde el 67 hay resoluciones del Consejo de Seguridad, de la Asamblea general, de cada foro de Naciones Unidas, llamando a Israel a retirarse del territorio ocupado? ¿Por qué se olvida el derecho del ser humano que vive bajo la ocupación de usar todas las formas posibles de resistir al ocupante? Israel se muestra como víctima y a Hamas, como verdugo. El verdugo verdadero es Israel.

Hay quien sugiere que esta ofensiva podría terminar fortaleciendo políticamente a Hamas...
Hay más de 22 niños muertos (ayer eran 75), más de 10 (37) mujeres. No eran militantes de Hamas, no estaban lanzando cohetes. Es la guerra genocida de Israel contra Palestina. Estos ataques no fortalecen a Hamas, Hamas está ejerciendo un derecho de resistir contra la ocupación. Pero el mundo usa un lenguaje distinto. ¿Por qué hablamos de terrorismo de un lado y no de terrorismo de Estado? Si es contra Hamas en Gaza, ¿cómo se explican las agresiones diarias en Cisjordania? En Cisjordania no hay cohetes, en Cisjordania no hay gobierno de Hamas.

¿Qué salida hay para evitar que este conflicto siga escalando?
Hace seis meses, con mediación egipcia, se llegó a una tregua en la que Hamas dejó de lanzar cohetes, pero Israel no abrió los pasos. Todos vimos cuántas noches Gaza durmió en la oscuridad total porque, durante la tregua, cuando Hamas no estaba lanzando cohetes, Israel prohibió la entrada de combustible. Murieron 280 palestinos este año por falta de atención médica porque Israel prohibió la entrada de medicamentos y no dejó salir a estos pacientes a hospitales en Egipto o en Israel. Hoy es el momento de que la comunidad internacional obligue a Israel a cesar su fuego. (...) La pregunta no es si Hamas reconoce el derecho de Israel, la pregunta es cuándo Israel va a reconocer el derecho del pueblo palestino a su Estado independiente, bajo la comunidad internacional. ¿Por qué a Israel lo llamamos a cesar sus ataques cuando en otros lados exigimos, o los llevamos a La Haya o nos comprometemos? ¿Hasta cuándo se le va a permitir a Israel seguir burlando la legalidad internacional? Es un momento triste. Israel sigue su ocupación genocida y Hamas sigue lanzando sus cohetes. ¿Hasta cuándo vamos a seguir pagando con vidas palestinas porque la comunidad internacional no sabe decirle "no" a Israel?

WILSON FERNANDO VEGA
REDACCIÓN INTERNACIONAL  EL TIEMPO

El miedo a la muerte es un miedo a la nada

El miedo a la muerte es un miedo a la nada

 

segun Julian Barnes

En su última obra, el novelista británico reflexiona sobre el final de la vida desde una perspectiva agnóstica

El novelista británico Julian Barnes reflexiona en su última obra sobre la muerte. Desde una perspectiva agnóstica, la muerte es para Barnes la desaparición de una identidad a la que nos aferramos, pero que realmente no existe. El miedo a la muerte es en sí, por tanto, un sinsentido, un miedo a la Nada. El autor envidia, sin embargo, a los creyentes porque, mientras para ellos la muerte será una puerta de entrada, para el resto será sólo una puerta de salida. Obsesionado por el paso del tiempo y el fin de todas las cosas, Barnes encuentra finalmente en la ciencia el sentido de que todo lo existente haya de terminar algún día. Por Yaiza Martínez.

“No creo en Dios, pero lo echo de menos”. Con esta frase comienza el último libro del novelista británico Julian Barnes, autor de obras como Amor, etc. o Arthur & George.

En él, el escritor, que hoy por hoy se considera agnóstico pero que antes fue ateo, decidió afrontar su miedo a la muerte preguntándose, ¿cómo puede un agnóstico temer a la muerte si no cree que exista una vida después de ésta? ¿Cómo se puede tener miedo a Nada?

Según publica The New York Times, a partir de estas preguntas Barnes ha elaborado una elegante memoria de su vida y una meditación sobre Dios y la tanatofobia, que no dejan indiferentes.

Bajo el título “Nothing to be frightened of” (Nada que temer), la obra es un recorrido por la vida familiar, un intercambio de ideas con su hermano (el filósofo Jonathan Barnes, una reflexión sobre la mortalidad y el miedo a la muerte, una celebración del arte, una disertación sobre Dios, y un homenaje a otro escritor, el francés Jules Renard.

Desasosiego y tanatofobia

Barnes, que padece tanatofobia (miedo a la muerte persistente, anormal e injustificado), piensa diariamente en su muerte o se imagina situaciones en las que moriría, como atrapado entre las fauces de un cocodrilo o en un barco que se hunde.

La muerte le genera un gran desasosiego: teme la disminución de la energía, que la fuente se seque, que se desvanezca la luz. “Miro alrededor, a mis amistades, y puedo ver que la mayoría de éstas ya no son amistades sino, más bien, el recuerdo de la amistad que tuvimos”.

Barnes, que vivió la decadencia de sus padres y su muerte, escribe además “a pesar de que escapamos de los padres en la vida, ellos parecen reclamarnos en la muerte”.

Pero, para el escritor, la fe religiosa no es una opción para todo este desasosiego, y apunta que “no tengo fe que perder… Nunca fui bautizado ni acudí a clases de catecismo los domingos. Nunca he estado en misa… y entro constantemente en las iglesias sólo por razones arquitectónicas”.

Religión moderna

Portada del último libro de Julian Barnes.Para Barnes, la religión cristiana ha perdurado únicamente porque es “una bella mentira… una tragedia con un final feliz”. Pero las alternativas modernas a la fe cristiana tampoco le confortan.

El autor habla, por ejemplo, de las terapias como formas contemporáneas de religión. De ellas dice: “el cielo secular moderno de la auto-realización: del desarrollo de la personalidad, de las relaciones que nos ayuden a definirnos, de un trabajo con cierto estatus… la acumulación de aventuras sexuales, de visitas al gimnasio, de consumo de cultura. Todo esto nos acerca a la felicidad, ¿no es cierto? Éste es el mito que hemos elegido creer”.

Barnes sólo encuentra consuelo en la ciencia, que dice: todos estamos muriendo. Incluso el sol. El homo sapiens está evolucionando hacia nuevas especies a las que no les importará quienes fuimos nosotros, nuestro arte y nuestra literatura. Cualquier saber caerá en el completo olvido. Cada autor llegará a convertirse en un autor no-leído.

En definitiva, dice Barnes, las personas pueden temer su propia muerte pero, en realidad, ¿qué somos? Simplemente un conjunto de neuronas. El cerebro no es más que carne y el alma, simplemente, “un relato que el cerebro se cuenta a sí mismo”.

Entrar y salir

En cuanto a la individualidad, ésta no es más que una ilusión. Los científicos ni siquiera han podido encontrar evidencias de la existencia del “yo”, señala Barnes, que es algo que nos hemos contado a nosotros mismos. No producimos pensamientos, sino que los pensamientos nos producen a nosotros. El “yo” al que tanto amamos sólo existe en la gramática.

Barnes afirma, por otro lado, que no exite separación alguna entre “nosotros” y el universo. Somos sólo materia, unidades de “obediencia genética”. La sabiduría, según él, consistiría en asumir esto, y en “no pretender nada más, en descartar el artificio…” De la misma forma que los artistas, cuando llegan a la madurez, se quedan con la simplicidad.

Con estas reflexiones acerca de la mortalidad humana y de la manera de afrontarla se adentra el autor en la edad madura, conversando con sus lectores sobre el miedo más universal, según el Washington Post.

“La muerte es para mí el único aspecto espantoso que define la vida. A menos que uno no esté completamente consciente de ella no se puede llegar a comprender en qué consiste la vida, a menos que se sepa y se sienta que los días de vino y rosa son limitados, que el vino se agriará y las rosas se marchitarán en su apestosa agua antes de que todo sea abandonado para siempre, no habrá contexto para que estos placeres y curiosidades nos acompañen en el camino a la tumba”.

Enfrentarse a la realidad de la muerte es tan impactante, que Barnes asegura envidiar a las personas que lo hacen con fe. Ciertamente, aquéllos que disfrutan del regalo de la fe religiosa cuentan con una ventaja frente a los que no la tienen. El creyente moribundo atravesará, para él, una puerta de entrada, mientras que el resto de los humanos verán en la muerte sólo una puerta de salida.


martes 28 Octubre 2008

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Sarah Palin, con la Biblia bajo el brazo

Carlos A. Sourdis Pinedo

En un país con votantes que han llevado dos veces a George Bush hasta la Casa Blanca, y también en dos ocasiones a Ronald Reagan, que confían a The Terminator la gobernación de California, no tendría nada de extraño que la pintoresca Sarah Palin, actual gobernadora de Alaska y candidata a la vicepresidencia de su país, terminara ocupando el cargo que muchos ingenuamente consideran el más poderoso del mundo, la presidencia de los Estados Unidos (como si no existiera la banca internacional).

Al menos éstas son las conjeturas que algunos analistas han hecho, llamando la atención sobre la longevidad (esa “injustificada prolongación del miedo a la muerte”) cada vez más agotada del candidato republicano John McCain, de 71 años, y sobre el hecho de que esta edad no lo descalifica en absoluto para instalarse a partir de 2009 en la Sala Oval.

Por el contrario. La edad podría hasta ser un punto a su favor, dicen. Porque la gerontocracia no se lleva nada mal con el electorado estadounidense. Valga recordar que a Reagan lo reeligieron a los setenta y seis años, y terminó su segundo mandato a los ochenta, ya visiblemente afectado por un síndrome de Alzheimer que él sólo confesó tres años después de abandonar el despacho.

Si estas cosas sucedieran, si McCain ganara la presidencia, si muriera en el cargo, y si su fórmula para la vicepresidencia, Sarah Palin, tuviera que reemplazarlo, los estadounidenses habrían sentado en la silla supuestamente más poderosa del Universo a una fanática religiosa dispuesta a continuar la tradición oscurantista prevaleciente entre aquellas organizaciones de la derecha fundamentalista protestante que desean otorgarle el status de verdad científica al contenido de la prédica dominical.

Postulados de la mitología cristiana, como el de que el Universo fue creado en tan sólo siete días hace cinco mil años o el de que la mujer es descendiente de una costilla del hombre, son parte de esa asignatura colegial pseudoacadémica llamada Creacionismo, asignatura que Sarah Palin desea ver enseñada en cada escuela gringa, según un programa diseñado por líderes protestantes extremistas para sustituir a las Ciencias Naturales y borrar así de un plumazo todo lo que hoy sabemos acerca de la Evolución Natural, tirando a la basura siglos y siglos de ese progreso y de ese conocimiento científico tan duramente adquiridos a lo largo de la historia de la humanidad.

La candidata republicana a la vicepresidencia desea que los estudiantes acepten como dogma científico afirmaciones tan ridículas como la de que ”los dinosaurios se extinguieron porque eran muy grandes y no hubo cupo para ellos en el Arca de Noe”. ¿Quién necesita de la paleontología y de la arqueología, si ya el antiguo testamento y la palintología lo explican todo?

A esta candidata resulta fácil imaginarla hace trescientos años, encendiendo hogueras en Salem para quemar a las mujeres acusadas de brujería y herejía.

Sobre todo después de que nos enteramos de que uno de sus preceptores espirituales es precisamente un cazador de brujas proveniente de África, un hombre que se jacta de haber hecho que la gente de un pueblo de Kenia donde ejercía su ministerio expulsara a una mujer a la que él denunció como bruja, acusándola de haber provocado mediante hechizos varios accidentes automovilísticos que ocurrieron en el vecindario donde tenía su vivienda esta mujer.

En un video de Youtube es posible ver un fragmento de la ceremonia a través de la cual este cazador de brujas impone las manos sobre la cabeza de Sarah Palin (el video se puede hallar utilizando las palabras de búsqueda “Palin” y “Witchcraft”) al tiempo que pronuncia ante la congregación de su iglesia una especie de conjuro evangélico para mantener a la candidata protegida de las malas artes de la brujería, y para hacer que ella vea satisfechas todas sus aspiraciones políticas. Dios nos libre.

Las nociones de Palin sobre el medio ambiente también son bastante ortodoxas.

Su principal iniciativa ambiental ha sido la de liderar una lucha legal para impedir que el Oso Polar sea declarado una especie en peligro, con el fin de evitar a su vez que el hábitat de este plantígrado en Alaska sea declarado reserva natural, algo que retrasaría los planes de la todopoderosa industria petrolera gringa para perforar y comenzar a extraer el crudo que se encuentra bajo el territorio que los osos imprudentemente escogieron como su hogar desde el final de la última glaciación.

 

http://www.elheraldo.com.co/ELHERALDO/BlogVer.asp?id=97

A la sombra de la acacia

A la sombra de la acacia

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
De todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Luis Cernuda


Nací y crecí en Barranquilla, hermosa ciudad del norte de Colombia situada en la desembocadura del río Magdalena. Famosa en una época por sus frondosas acacias; majestuosos árboles que sirvieron como campo de juego y escondite ideal para inocentes besos.

Pocos años más tarde me tocó presenciar como uno a uno, estos antes magníficos árboles todavía en plenitud de follaje, antes ilustres y poderosos, se derrumbaban sin saber porqué, ante el mas mínimo amago de brisa. Pero la duda no duraba mucho pues mostraban sus raíces totalmente  podridas, llenas de parásitos que durante años se alimentaron de su rica savia y de la fortaleza de su madera. El voraz apetito no se compadecía de las hondas raíces y cegaba de tajo la obra de muchos lustros de la meticulosa naturaleza.

Otrora sombra y frescura, campo de juego, fuente de vida, ahí quedaban los huecos de mis acacias del recuerdo, como incipientes tumbas llenas de pequeñas cucarachas negras y blancas que hervían en una nefasta sopa.

Mucho mas tarde en otra etapa de mi vida, encontré una respetuosa institución, y mi sorpresa fue mayor al tener una nueva cita con mi vieja amiga la acacia; ahora la acacia perenne de siglos de conocimiento, la incorruptible guardiana de la tumba del maestro.

Para no mojarme en la lluvia y al amparo del conocimiento de su sombra, solo diré que volví a nacer con su delicioso aroma que tan bellos recuerdos despertaron en mi, recuerdos tal vez de una vida anterior que se deja de lado para seguir principios que te retan a superar el gran misterio de conocerse a si mismo. Convertida ahora en símbolo, no habría el riesgo de volver a verla caer. Ilusiones de mi vieja Barranquilla,  ciudad y logia.

En lo humano no cabe lo perfecto, y una escuálida carabela siempre nos recordará que solo estamos de paso; la búsqueda de la trascendencia hace que dejemos a un lado la muerte y tracemos una ruta que va más allá; la miopía de la voracidad hace que no se dejen espacios a que nuevas raíces crezcan.

La acacia guardiana del averno, no es inmune tampoco a las plagas de parásitos que viven de sus raíces y que más tarde que temprano cavarán su tumba, en lo que otrora fue su frondosa sombra.  Estos sempiternos huéspedes olvidaron la frescura del olor de las hojas para explotar el oropel de sus raíces.

LA ACACIA SE PUDRE OTRA VEZ!!!

Dario Gomez

080925

El Soñador

El Soñador

Una vez vino del desierto a la gran ciudad de Sharia un hombre que era
un soñador, y no tenía nada mas que sus ropas y efectos personales.
Mientras caminaba por las calles miraba con asombro los templos,
torres y palacios, pues la ciudad de Sharia era de gran belleza. Habló
mucho con los paseantes, preguntándoles sobre su ciudad, pero ellos no
entendían su idioma, ni él el de ellos.

A medio día paró delante de una gran posada. Estaba construida de
mármol amarillo y la gente entraba y salía constantemente. "Debe ser
un lugar sagrado" se dijo así mismo y entró. Pero cual fue su sorpresa
al encontrase una sala de gran esplendor y una gran compañía de
hombres y mujeres sentadas en varias mesas. Estaban comiendo y
bebiendo mientras escuchaban a los músicas. "No" dijo el soñador, esto
no es un lugar de adoración. Debe ser una fiesta dada por el príncipe
al pueblo en celebración de algún gran acontecimiento.

En aquel momento, un hombre a quien tomó por el esclavo del príncipe,
se le aproximó y le dijo que se sentara. Fue servido con carne y vino
y con los mejores dulces. Cuando estuvo satisfecho, el soñador se
levantó para partir.

Un hombre grande le paró en la puerta, estaba magníficamente vestido
"Seguramente debe ser el mismo príncipe" dijo el soñador en su corazón
y se inclinó y le agradeció. Cuando el gran hombre habló en el idioma
de la ciudad: "Señor no has pagado tu comida", el soñador no le
entendió y volvió a agradecerle de corazón. Cuando el hombre grande
miró mas de cerca al soñador. Y vió que era un extranjero, vestido eso
sí en pobres ropas y que no tenía por lo tanto de donde pagar su
comida. El hombre golpeó sus manos y a su llamada vinieron cuatro
vigilantes de la ciudad. Cuando cogieron al soñador entre ellos
situándose dos a cada lado, el soñador les miró con placer. "Estos"
dijo, "son hombres distinguidos".

Caminaron juntos hasta la Casa de Justicia y entraron. El soñador vio
delante suyo, sentado en un trono, a un venerable hombre con gran
barba y vestido majestuosamente. Y pensó que era el rey. Y se alegro
mucho de haber sido traído ante él.

El vigilante relata al juez, que era aquel venerable hombre, el cargo
contra el soñador y el juez le asigna dos abogados, uno para presentar
el cargo y el otro para defender al extranjero. Y los abogados se
pusieron de pie, uno detrás del otro y presentaron cada uno sus
argumentos. Mas el soñador pensó que estaba escuchando su bienvenida y
su corazón se llenó de gratitud hacia el rey y el príncipe por todo lo
que estaban haciendo por él.

Así la sentencia le fue dada al soñador, a quien se le colgó en su
cuello una tableta con su crimen escrito y se le hizo atravesar la
ciudad sobre un caballo sin ensillar con un trompetista y un
tamborilero precediéndole. Los habitantes de la ciudad corrieron hacia
esta comitiva al oír el ruido y cuando vieron al soñador se rieron de
él. Y los niños corrieron detrás suyo en grupos de calle en calle. Y
el corazón del soñador estaba extasiado y su ojos brillaban al
mirarlos, pues para él, la tablilla era un signo de bendición del rey
y la procesión era en su honor.

Durante dicho recorrido, vio entre la multitud a un hombre que era del
desierto como él y su corazón se lleno de alegría y le gritó:
"Amigo! ¿Donde estamos? ¿Qué ciudad anhelada por el corazón es esta?
¿Cual es la raza de estos huéspedes pródigos que celebran al huésped
afortunado en sus palacios, cuyos príncipes son sus compañeros y cuyos
reyes ponen sobre su pecho un amuleto y le abren la hospitalidad de
una ciudad que desciende del cielo?

Y aquel que era también del desierto no le respondió. Solo sonrió y
sacudió ligeramente su cabeza. Y la procesión siguió de largo. Y el
rostro del soñador siguió transportado de alegría y sus ojos llenos de
luz.

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