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Pensamiento Masonico

El Rito Primitivo y las Logias Lautarinas ( Prologo )

El Rito Primitivo y las Logias Lautarinas ( Prologo )

Prólogo
Ricardo E. Polo :.

El desenvolvimiento actual de la Masonería en el mundo, soporta aristas conflictivas cuyo trasfondo tiene íntima relación con la bisagra histórica ocurrida en 1717, con el advenimiento de las Consituciones del clérigo calvinista  Joseph Anderson.

Con posterioridad a esa Constitución y a la consiguiente confusión entre la Gran Logia de Londres y la Gran Logia de York y la posterior fundación de la Gran Logia de Inglaterra, como a las distintas reformas que se llevaron a cabo con la Constitución de 1717, han surgido numerosas disidencias entre los masones, la primera de las cuales se funda en el equívoco de considerar esa instancia histórica, como la muerte de la masonería operativa y el nacimiento de la masonería especulativa.

Pensamos que se trata de un sofisma, destinado a confundir y evitar la profundización de un tema trascendete para los masones. ¿Ha muerto la masonería operativa? ¿Es legítimo definirla en lo actual como masonería especulativa?

El meollo de tal cuestión ha dividido injustamente a los masones. Porque no ha sido esa bisagra histórica una consecuencia de la evolución de una Institución en permanente movimiento intelectual, sino una mutación realizada ex profeso para permitir la consecusión de las monarquías absolutistas, disfrazadas luego de Constitucionales, e impedir la transformación de una sociedad despótica y enajenante, en una sociedad progresista y humanitaria.

La Masonería Primitiva tiene existencia real, aunque las diferentes malinterpretaciones de su historia la sometan a equívocos y errores.

Focalizada en Inglaterra, en que luego de los vientos revolucionarios de Oliverio Cromwell que al cortarle la cabeza a Carlos I inicia la República, se la desvirtúa con todas sus implicancias.

Luego de la muerte de  Cromwell, tras la cual recuperan el poder los facciosos monárquicos, comienza un lento pero persistente intento de acallar la voz progresista de la masonería. Fracasan los jesuitas obedeciendo a los papas en su trabajo destructivo, pero le siguen los calvinistas al servicio de la monarquía y en la batalla por destruir el poder de la Iglesia Romana y al mismo tiempo infiltrando a la Orden para someter a sus integrantes al poder monárquico absolutista..
 
Mas allá del reconocimiento al accionar de Cromwell, que logra instalar en Inglaterra el Parlamentarismo que aún continúa en nuestros días, no cabe duda que a través de Anderson y otros "confusamente"  masones, que fundan sus L:. en tabernas londinenses, comienza la decadencia de la Orden al menos en su aspecto esencial, como mentora y ejecutora del  "Ordo ab Chao" que tiene como fundamento doctrinario.

La historia verdadera de la Masoneria Primitiva, imbricada profundamente tanto en las Academias fundadas en Italia, como su desarrollo en Europa y el desenvolvimiento de Los Gremios de Canteros y Constructores, constituyen sino lo que podríamos denominar "la verdadera masonería", al menos esa a la que denominamos Operativa que fue simultáneamente especulativa, si tenemos en cuenta las actividades logiales de sus integrantes.

La división posterior entre masoneria operativa y  masonería especulativa con posterioridad a 1717, constituye materia discutible.

Este trabajo que pertenece al pensamiento del Q:.H:. Rodrigo Araya del Valle, es un ponderable intento de situarnos en distintos planos de existencia del Rito primitivo.

Vale leerlo y releerlo y luego revisar conceptos y acudir de inmediato a otras fuentes de información histórica, pues eguramente podremos enriquecer nuestras ideas y obtener una clara visión de la problemática.

Así como la visión de las Logias Lautarinas y el accionar de  Francisco de Mirando ubica a los libertadores americanos y quienes lucharon con denuedo por la Emancipación Latinoamericana, también emerge la visión particularmente ilustrativa de la vida de Silvestre Savitsky Drozdovich Contreras, cuya ideología y posición frente a la realidad social de nuestro Continente, identifica de alguna manera las luchas de la masonería Primitiva, comprometiéndose decididamente en un humanismo activo y perturbadoramente masónico.

No cabe duda que hay mucho por investigar para poder saber. En este extremo sur de América tuvimos al I:. y P:. H:. José Ingenieros, que al igual que Savitzky, adhirió a la revolución contemporánea al insigne colombiano, y materializó en su libro "Los Tiempos Nuevos", como lo hizo el I:. y P:: H:. Lisandro de la Torre.

En ambos casos con la trágica desaparición de ambos a través del suicidio, que no amerita ser analizado en el campo de las tragedias sentimentales, sino del cansancio moral.

Una clara visión que poseían ambos con relación a la realidad contemporánea, los sitúa en el ámbito en el que se pueden advertir las injusticias e hipocresías de un sistema insolidario, y la imposibilidad de producir los cambios necesarios que coadyuven al Progreso.

Ingenieros, en el campo de la siquiatría, conoció la intimidad de los que sufren y se alienan no como consecuencia de disfunsiones psiquicas de naturaleza personal, sino como consecuencia de la alienación que produce sociopatías.

La lectura del mencionado libro,  Los Tiempos Nuevos, en boca de un idealista nato que percibe las contradicciones sociales e imbuido de principios liminares como son los de la Masonería, nos abre las puertas del drama de aquellos hombres.

No cabe duda que ninguno de ellos adhería a los principios políticos del bolchevismo ni mucho menos. Pero eran concientes de la socialización que poco a poco se desarrollaba frente a los devaneos irresponsables del capitalismo reaccionario. Hombres probos, como eran, debían sentir dentro de sí mismos esa indignación que emerge en el corazón y el pensamiento de los hombres verdaderamente fraternos.

En ambos casos, en el del Dr. de la Torre y en el de  José Ingenieros, hombres con visión y convicción, el cansancio moral que la alienación frente a la injusticia promueve, los llevó a decidir terminar sus vidas por mano propia.

Desde el advenimiento de  Francisco de Miranda, que toma después de sus experiencias junto a George Washington y el general La Fayete,

la llama revolucionaria a través de la Revolción Francesa, el Rito primitivo, este se fue desarrolando en la América dominada y sufrida, hasta ser desvirtuado por el vasallaje de quienes no entendieron y creo que aún no entienden, que el destino de los pueblos Latinoamericanos no es el de la renuncia a su Emancipación, sino el persistir en realizarla y no someterse al arbitrio de ninguno de los permanentes, persistentes y pérfidos imperialismos que desde hace más de 500 años intentan someterlos.

Entre los múltiples argumentos destinados a vencer la resistencia ética, moral y revolucionaria de Latinoamérica, hasta se ha llegado a justificar los atropellos, diciendo que en tiempos precolombinos "siempre" hubo inmperialismos, en ese caso "autóctonos", que medraron por sobre los mismos naturales de estas regiones del planeta.

Tal argumento, destinado a menoscabar la moral de nuestros hermanos y HH:. indoamericanos, resulta ser una falacia más entre tantas falacias mediante las cuales los imperialismos de neto corte colonialista en su más cruda acepción, intentan someter a los millones de ciudadanos que luchan por un mundo mejor ante un actual imperfecto, como postulase José Ingenieros.

Estudiar la historia de la Masonería Primitiva, en todas las facetas de su existencia y desarrollo, animará a tantos masones que perciben intuitiva o con meridiana claridad, que la masonería no es esa estructura semimonárquica, vasallesca y anodina, que nos han enseñado a fuerza de creer que las Constituciones andersonianas, constituyen un fundamento semiteológico, dogmático, teista y hasta religioso de tipo confesional, que para nada tiene que ver con el espíritu racionalista original de la Masonería de los Antiguos Límites. (1)

Ricardo E. Polo :.

La entereza de carácter

Christian Gadea Saguier 

Una de las virtudes que más define al hombre, como ejemplo digno de imitarse es la entereza de carácter; virtud esta que se cultiva en todos los climas, pero que no es peculiar a todos los hombres. La entereza de carácter de Terencio, nos dice, el Dr. Marañón en su libro sobre Tiberio, salvó en parte el prestigio, harto por los suelos, de la Roma de los Césares. Y cuando el célebre senador abogó porque se perdonasen las faltas de los amigos del Emperador, lo hizo más para defender los fueros de la justica que para ganarse una amistad que en nada le favorecía. Al exclamar en el Senado: "No quiero citar a nadie: a todos acuso y a todos defiendo con mis palabras y con mi propio riesgo", quiso expresar el resentimiento que tenía contra la corrupción de una época incapaz de ofrecer hombres lo suficicientemente dignos y patriotas que se opusiesen a los extravíos del César. Terencio tuvo que defender la justicia como designio emanado de Dios y no como principio del Código Penal. Como designio de Dios, la justicia es inflexible; en cambio, manejado por los hombres, se encuentra al arbitrio de las pasiones y livianidades humanas. Esa entereza de carácter es necesaria en los momentos del naufragio de la ética humana, nos dice el Dr. Marañón, porque cuando sobreviene el hundimiento de todos los valores morales, sucede lo que con el diluvio universal: se salva invariablemente una pareja de cada especie, en la misma forma que se rescata el decoro de aquellos hombres que de las insondables profundidades del desastre surgen como ejemplos de dignidad y entereza de carácter, desafiando las amenazas de la corrupción reinante.

Entereza de carácter debemos tener cuando el ambiente que nos rodea trata de empujarnos hacia las aguas senagosas del vicio y la perversión; cuando en un momento decisivo se juega el honor de nuestra patria y cumple a nosotros velar por su integridad; cuando tenemos que defender los principios de la justicia tergiversados o pisoteados por los agentes del depotismo; cuando, en una palabra, asistimos al entierro del decoro humano y está en nosotros procurar su pronta restauración. Solo así podrá llamarse hombre de carácter quien, haciendo a un lado los escollos que se oponen a su paso y encarándose a ellos, vence la furia de todas las fuerzas, negativas o infamantes, en contra suya.

La juventud debe ser una fuente perenne de entereza de carácter. Su misma estructura biológica y su condición sobre la tierra la obligan a ello. Jóvenes sin entereza de carácter son como plantas sin perfume ni lozanía. Son capullos que se anuncian ya marchitos y sin el vigor necesario para ser vivificados por el sol. Es tan importante la entereza de carácter en la juventud, que una de las más reputadas Universidades de los Estados Unidos en su frontispicio está la leyenda: "Si has perdido la fortuna, has perdido algo; si has perdido la salud, has perdido mucho; si has perdido el carácter, lo perdiste todo". Por eso la juventud debe situarse siempre sobre una plataforma, substancial y definitiva, de entereza de carácter. Así fueron los antiguos griegos, y es la razón por lo que la historia señala sus ejemplos como constructivos para la Humanidad.

En las Vidas Paralelas, de Plutarco, encontramos verdaderos ejemplares de entereza de carácter. También los tenemos en la Edad Media, y con ellos debemos recordar el sacrificio de Miguel de Servet y la fuerza moral de Castellio al protestar por el crimen que se consumaba en la persona de aquel hombre justo. Los nombres de Washington, Jefferson, Bolívar, San Martín, Morazán, Lincoln, Juárez y tantos más, testigos son de la presencia de nuestra América en ese sentido. Este es el ejemplo que debemos imitar.

 Fuente:   http://losarquitectos.blogspot.com/

Lapidas y epitafios II

Lapidas y epitafios II

Inscripciones que se escriben en las lápidas de las tumbas, el más conocido es R.I.P. (requiescat in pace = Descanse en Paz). El origen de esta costumbre data del año 539 antes de Cristo, cuando en los muros de Roma, junto a los avisos políticos y comerciales, se anunciaban las noticias de muertes recientes, signo distintivo y privilegiado de las clases poderosas, cuya cúspide de glorificación serían  las frases grabadas en los mausoleos, al morir el rey de Carla, Mausolo, fue enterrado en un Mausoleo, el cual se incluiría entre las siete maravillas del mundo. Los romanos heredarían de los griegos el gusto por los epitafios, extendiendo su uso universal como canto de inmortalidad del hombre. La publicidad impresa, primero en  anuncios por palabras y después en las esquelas aprovechó la fuente inspiradora de los epitafios para convertirlos en anuncios o avisos fúnebres.

Anuncios de Funerarias:

Colombia: No corra, lo esperamos. Funeraria La Equitativa.

Cuba años 30: Si su suegra es una joya, Funeraria Fernández tiene su estuche.

Lisboa: El cadáver es suyo. El entierro es nuestro. Garantizamos comodidad al difunto.

México años 50: Funerales González...Aquí no nos pasamos de vivos con los muertos.


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Epitafios

Epitafio de Platón, creador del género para muchos estudiosos:

Esta tierra cubre el cuerpo de Platón. El cielo contiene su alma. Hombre, seas quien fueres, respeta sus virtudes si eres honrado.

Adriano VI: Aquí yace el impío entre los píos.

Alejandro Magno: Basta esta tumba, para el que no bastaba el orbe.

Blas Pascal: Medí la inmensidad de los cielos, medí las sombras de la tierra; mi espíritu descendía de los dioses, aquí reposan mis cenizas.

Camilo José Cela: Quien resiste gana.

Cristóbal Colón: A Castilla y a León, Nuevo Mundo dio Colón.

Diógenes: Al morir echénme a los lobos. Ya estoy acostumbrado.

Enrique Jadier Poncela: Si queréis los mayores elogios, moríos.

Groucho Marx: Disculpe que no me levante.

Lord Byron para su perro Botswain: Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios.

Marlene Dietrich: Estoy aquí en el último escalón de mi vida.

Marqués de Sade: Si no viví más, fue por que no me dio tiempo.

Miguel de Unamuno: Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.

Molieré: Aquí yace Moliére el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien.

Nerón: ¡Que artista muere conmigo!

Orson Welles: No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores.

Rabelais: Que baje el telón, la farsa termino.

Sardanápalo: No he hecho más que comer, beber y darme placer, todo lo demás me ha parecido nada.

Scott Fitzgerald: Estuve borracho muchos años, después me morí.

Virgilio: Mantúa me engendró. Me retuvieron los calabreses. Ahora me posee Nápoles.

W. Shakespeare: Buen amigo, por Jesús abstente de remover el polvo aquí encerrado. Bendito sea quien respete estas piedras y maldito quien mueva mis huesos.


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A Ana Wallace. Los hijos de Israel querían pan y el Señor les envió maná. El viejo dependiente Wallace quería mujer y el Diablo le envió a Ana.

A mi marido, fallecido después de un año de matrimonio. Su esposa con profundo agradecimiento.

Aquí descansa mi esposa, aquí ella reposa; ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad.

Aquí yace mi marido, al fin rígido.

Aquí yace mi mujer, fría como siempre.

Aquí yaces y haces bien. Tú descansas; yo también.

Con amor de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada.

Dejazme en paz.

En realidad preferiría estar en Filadelfia.

Fallecido por la voluntad de Dios y mediante la ayuda de un médico imbécil.

Nada trajimos, nada nos llevamos, nada perdemos.

Necesité toda una vida para llegar hasta aquí.Aquí yace Isabelita, que por ser tan buena y no querer, se fue para la otra vida con muy poquito placer.

No estoy de acuerdo.

Quien venga diciendo ¿lo siento? no le dejéis. Dejadme acostado.

Se acabo el juego.

Señor, recíbela con la misma alegría con la que yo te la mando.

Siempre decía que los pies la estaban matando pero nadie la creyó.

 

 

 

 

 

ANUNCIOS PARROQUIALES VERIDICOS

Algunos avisos parroquiales, comunes en nuestras iglesias, (con algunos problemas de redacción).
Reales todos ellos, que seguramente habrán sido hechos con toda la buena voluntad...

* Para cuantos entre ustedes tienen hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.

* El próximo jueves, a las cinco de la tarde, se reunirá el grupo de las mamás. Aquellas señoras que deseen entrar a formar parte de las mamás, por favor, se dirijan al párroco en su despacho.

* El grupo de "Recuperación de la confianza en si mismo" se reúne el jueves por la tarde, a las ocho. Por favor, para entrar usen la puerta trasera.

* El viernes, a las siete, los niños del Oratorio representarán la obra "Hamlet" de Shakespeare, en el salón de la iglesia. Se invita a toda la comunidad a tomar parte en esta tragedia.

* Estimadas señoras, ¡no se olviden de la venta de beneficencia! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos.

* El coro de los mayores de sesenta años se suspenderá durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.

* Recuerden en la oración a todos aquellos que estan cansados y desesperados de nuestra parroquia.

* El precio para participar en el cursillo sobre "oración y ayuno" incluye también las comidas.

* Por favor,pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.

* El párroco encenderá su vela en la del altar. El diácono encenderá la suya en la del párroco, y luego encenderá uno por uno a todos los fieles de la primera fila.

* El próximo martes por la noche habrá cena a base de porotos en el salón parroquial. A continuación tendrá lugar un concierto.

* Recuerden que el jueves empieza la catequesis para niños y niñas de ambos sexos.

* El mes de noviembre terminará con un responso cantado por todos los difuntos de la parroquia.

YO HABLO BIEN, TU HABLAS BIEN, NOSOTROS HABLAMOS BIEN

Edgar Martínez Masdeu,
Ph. D. En Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid
Gran Maestro de la Gran Logia Mixta de Puerto Rico
Enero del 2004


¿Quién habla mejor español? ¿Tú que vives en España o yo que vivo en Hispanoamérica? ¿Quién escribe mejor español? ¿Yo que vivo en Colombia o tú que vives en Andalucía, España?  ¿Quiénes se expresan correctamente? ¿Los que dicen zapato, pronunciando la z según el patrón de Castilla, o los que dicen sapato, pronunciando la z como s? ¿Quienes están en lo correcto? ¿Los que caminan por la acera, los que van por la vereda o los que prefieren ir por la banqueta?

En todas las interrogantes anteriores nos estamos planteando asuntos muy diversos de la realidad ling­üística del idioma español.  Cuestionamos aspectos relacionados con las modalidades oral y escrita de la lengua española: de fonética y de lexicografía. Además estamos suscitando la eterna discusión del problema de corrección lingüística. Trataremos de exponer unas ideas elementales sobre el particular que nos ayuden a comprender ésta, aparentemente, compleja disputa, que han suscitado en gran parte los maestros de gramática y los gramaticólogos, que no por los GRAMATICOS. Denominamos gramaticólogos a los que por formación escolar alardean de conocimiento minucioso o de dominio de las normas establecidas por la gramática normativa y entienden la gramática como camisa de fuerza o como verdad revelada.

1. LINGÜISTICA. La forma más sencilla o simple de definirla es decir que la LINGÜÍSTICA es el estudio científico del lenguaje. Casi todos los lingüistas coinciden en que la lingüística moderna  se inicia con la publicación, en 1916, del Cours de liguistique générale (Curso de lingüística general) de Ferdinand de Saussure. Entre las aportaciones más significativas de Saussure están el concepto de signo lingüístico, el concepto de oposición entre lengua/habla, el concepto de estructura y de la lengua como sistema, el establecimiento de la oposición sincronía/diacronía, de forma/sustancia, el concepto de las relaciones paradigmáticas y sintagmáticas, etc. Esta serie de postulados establecen las bases del estructuralismo lingüístico, teoría y método que considera el idioma como un sistema de interrelaciones de una serie de elementos que se rigen por unas leyes de funcionamiento. Cada elemento cobra sentido precisamente por su interdependencia con los demás.

Hoy día, estudiamos y analizamos la lengua tal como se da en la realidad. Todavía muchos desconocen la existencia de una ciencia del lenguaje. Desconocimiento que les lleva a mantenerse aferrados a la enseñanza tradicional de la gramática escolar y a la actitud normativa de ciertos sectores que todavía insisten en imponer reglas y normas a pesar de la cientificidad de los estudios lingüísticos.

Los gramáticos tradicionalistas insisten todavía en estudiar la lengua desde una perspectiva normativa y logicista que pretende imponer el “como debe ser”  y no desde la perspectiva científica, descriptiva, del “cómo es”.
2. LAS GRAMATICAS. La primera gramática de una lengua vulgar fue la Gramática de la lengua castellana escrita por Elio Antonio de Nebrija  publicada en 1492.  Como gramática normativa trata de establecer correspondencia entre las categorías lógicas y las categorías gramaticales, relación que viene arrastrándose desde la gramática griega. La imposición de una visión lógica a un hecho lingüístico constituye una carga de rigidez a la lengua. Las lenguas no son lógicas. Todo lo contrario. ¿Cuál es la lógica de decir anduve en lugar de andé y nadé en lugar de naduve? Un niño se inicia en la adquisición y desarrollo de destrezas de la lengua en su aspecto oral. Una vez aprendido un patrón comienza a aplicarlo lógicamente y comete errores que en verdad, en verdad, pueden no ser errores. Son problemas de percepción lógica y por lo tanto de regularidad. Desde ese entonces tenemos que comenzar a entrenarlo en las irregularidades del idioma. ¿Son esas irregularidades arbitrarias?  ¿De dónde proceden y cómo llegan al español? Para poder apoyar cualquier posición al respecto es necesario, en el caso nuestro (del español), poseer conocimiento del latín y también de la historia de la lengua (diacronía). Para contestar a esas preguntas no basta con decir como suelen decir algunos: “así lo establece la gramática”. Por eso todavía hay que leer y estudiar al maestro Rafael Lapesa (Historia de la lengua española).

Hoy ya no podemos hablar de la Gramática de un idioma porque son tantas las gramáticas como los enfoques, propósitos o teorías lingüísticas que existen. Por ello hablamos de gramática estructural, gramática generativa, gramática comparada, gramática histórica, gramática descriptiva, gramática funcional, gramática general, gramática especulativa, gramática transformacional, gramática tradicional y gramática normativa. El DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) en su última edición (2001) insiste en definir ésta última como: “arte de hablar y escribir correctamente una lengua”. La misma definición del DRAE no corresponde al concepto moderno de gramática. El hablar y escribir no son arte, sino dos modalidades del lenguaje: la oral y la escrita. Cuando el escribir se convierte en arte es literatura y ningún escritor (o artista de la palabra) escribe cotidianamente como escribe poesías, ensayos, narrativa o dramas. Cuando el hablar se convierte en arte se conoce como oratoria. En la oratoria se manejan una serie de recursos que no se emplean en la conversación cotidiana. Esta definición del DRAE incluye el concepto de corrección como consecuencia de una prescripción, norma, imposición o mandato que actualmente es muy cuestionado y numerosamente rechazado. Es obvia la condición docente de esta definición. Más adelante explicaremos el concepto moderno de corrección.

La gramática normativa se caracteriza frente a todas las demás, precisamente, por limitarse a impartir normas y reglas sobre usos correctos o incorrectos. Además concede mayor importancia a la lengua escrita que a la oral, sin reconocer, por lo tanto, el hecho natural y sustantivo de que la lengua hablada es anterior a la escrita y que muchos hablantes pueden hablar correctamente aunque no sepan escribir. Por último, la gramática normativa se caracteriza también por ser mínimamente sistemática. Esto es, mezcla criterios en su estudio o concepción del hecho lingüístico y muchas veces recurre a criterios semánticos (relacionados con el significado) para explicar y sostener categorías gramaticales.

Para nosotros, los hispanoamericanos, resulta muy significativo que Andrés Bello en su Gramática de la lengua castellana y Rufino José Cuervo en su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana se anticiparon en muchos años a visiones modernas de algunas cuestiones gramaticales. Un ejemplo de ello es la crítica que hacía el venezolano a la visión semántica del verbo.

Por el contrario, la moderna gramática estructural es descriptiva, su fin es el estudio del lenguaje mismo, concediendo mayor importancia a la lengua hablada. A la gramática estructural le importa más la descripción sincrónica (normalmente la época actual) estudiando así un momento determinado de su evolución porque la diacronía (estudio histórico) no es otra cosa que una sucesión de diacronías de diferentes cortes sincrónicos. El estructuralismo se independiza de la lógica afianzándose en criterios estrictamente lingüísticos.

3. LA LENGUA COMO SISTEMA. Sabemos que la lengua es en nuestro caso un HECHO HUMANO que permite la COMUNICACION entre individuos y como consecuencia permite también la SOCIALIZACION. Por lo tanto, es un FENOMENO SOCIAL.  Desde sus orígenes el ser humano necesitó comunicarse con sus semejantes y lo hizo empleando diversos medios (humo, nudos, etc.) pero el desarrollo del lenguaje se convirtió en el medio por excelencia. Con un mínimo de sonidos, debidamente articulados, logra establecer un sistema de combinaciones para expresar infinidad de ideas, de pensamientos. El lenguaje es un hecho humano y social porque es el ser humano, por necesidad social de comunicación, quien lo desarrolla o lo inventa.

Veamos un ejemplo de múltiples posibilidades con apenas unos sonidos. Con los grafemas (letras)   m, __, s, a   representando los fonemas (sonidos) /m/,  /__/,   /s/,  /a/   no formamos lexemas (base léxica de la palabra, significado pleno, palabra).  M S [A]  como tal carece de significado. Recuérdese que en español un grupo consonántico no forma sílaba. En una comunidad lingüística en la que se practique el seseo (igualación de s y z en la pronunciación) la mera adición de los cinco fonemas vocálicos entre los dos fonemas consonánticos constituirán cinco palabras distintas. Cinco signos lingüísticos que como tal nos referirán a cinco conceptos (significados) y a cinco imágenes acústicas (significantes) y obviamente a cinco referentes distintos. Así obtendremos: masa, mesa, misa, mo[s]a, musa.

De todo lo anterior tenemos que inferir que el lenguaje es la posibilidad de comunicación mediante signos verbales y que aunque todo ser humano es poseedor del lenguaje, no todos hablan la misma lengua. Hay que distinguir que en un sistema articulado (español) no todos los que de él participan (hablantes) lo hacen de la misma manera. No hablan de igual modo un cubano, un argentino, un colombiano, un español, un puertorriqueño o un venezolano. Al hecho de hablar distintamente una lengua es lo que denominamos HABLA. El hablar en español es el fenómeno social, común, que nos permite comunicarnos a todos. Esa es la LENGUA, el código común, el fenómeno común, el patrón que todos tenemos en la mente. El HABLA es el fenómeno individual, el uso que cada uno hacemos de la LENGUA.

Ese gran sistema, articulado, está constituido por otros sistemas igualmente articulados e interdependientes. La lengua es un sistema de sistemas. Esos subsistemas o sistemas del sistema es lo que conocemos como los cuatro aspectos de la lengua: vocabulario, léxico o conjunto de significados (sistema léxico); la pronunciación y todo lo relativo a los sonidos (sistema fonológico); la categoría de las palabras y los cambios que sufren para expresar variaciones de sentido (sistema morfológico); la inter relación entre las palabras que constituyen el mensaje, el orden en que se organizan (sistema sintáctico). Actualmente es preferible hablar de sistema morfo-sintáctico  (o morfológico-sintáctico) pues la separación categórica de uno y otro resulta difícil. Igualmente podemos hablar de los tres aspectos del lenguaje: sistema léxico, sistema fonológico y sistema morfo-sintáctico.

4. ELEMENTOS QUE FORMAN UNA LENGUA. El sistema morfo-sintáctico constituye el aspecto más estable y por lo tanto lo más característico de una lengua. En el discurso oral o escrito las categorías de orden (sintaxis), género y número (morfología) operan conjuntamente. Ni su orden, ni sus relaciones pueden ser arbitrarias, si no se dan esas relaciones recíprocas no  harían sentido. Si escribo o digo: Al cine Pedro fue: Fue cine Pedro al; eso no hace sentido. Si digo: Pedro fueron a los cine; tampoco hace sentido. ¿Es o no es aceptable decir: Señorita, es que mucho me pegaba, o Es que me se cayó? En algunos países ese orden es de uso general. Ese orden sintáctico y las categorías gramaticales de número, género, conjugación, etc. es lo que permite que nos entendamos TODOS, los de todos los países y los de todas las regiones.

El sistema fonológico está constituido por un determinado número, obviamente limitado, de fonemas. El fonema es la imagen mental del sonido. El sonido, lo que realmente pronunciamos es la realización material del fonema. En español el sistema fonológico consta de cinco vocales y diecinueve consonantes (/p/, /b/, /t/, /d/, /k/, /g/, /ch/, /f/, /ө/, /s/, /j/, /y/, /m/, /n/, /ñ/, /l/, /ll/, /r/, /rr/) que se combinan en la cadena hablada para constituir los mensajes. Existen diferencias fonéticas entre grupos culturales y sociales y entre un individuo y otro. No pronuncia igual un niño que un adulto, ni un analfabeto y una persona culta, ni un campesino y una persona de ciudad, etc...

Hay rasgos de pronunciación como el seseo (pronunciacin de z y ce, ci, como s: sapato sita, suyo), que es común a toda Hispanoamérica y a ciertas provincias peninsulares. Sin embargo, el yeísmo (igualación fonética de la ll y la y: mayo, caballo) es de uso general sólo en algunos países y regiones. El ceceo (pronunciación de s como z: zenzibilidad) es generalmente un rasgo particular de algunos individuos. Una persona culta pronunciará diabetes mientras que una de bajo nivel cultural dirá diabetis. Es preciso señalar que la segunda forma va penetrando otros niveles en la cadena social y cultural. ¿Terminará imponiéndose? No lo sabemos. El tiempo dirá. Unos darán un gaznatón y otros un garnatón. Habrá quien distinga las diferencias y quien no distinga las diferiencias.

A pesar de esas diferencias en la pronunciación (fonéticas), el sistema fonológico del español se mantiene inalterado, intacto. Las pequeñas variaciones fonéticas no impiden, en lo absoluto, la comunicación plena.

El sistema lexicológico constituye el aspecto más externo y menos característico de una lengua. Da la casualidad que las cuestiones de vocabulario son las que más suelen preocupar a los hispanoparlantes y sobre las que algunos fundamentan sus ejercicios de autoridad lingüística. Autoridad lingüística sustentada, generalmente, en la consulta del DRAE. El vocabulario representa lo más variable y cambiante de una lengua. Constantemente se crean y entran al sistema nuevas palabras (neologismos) que no suelen figurar en los diccionarios. Los que padecen la actitud diccionarista entienden que palabra que no está en el DRAE no existe. El DRAE es lo que determina la existencia de una palabra. Esa premisa es totalmente equivocada y errónea. Una palabra que escuchamos a diario: ¿existe o no existe? ¿Cuándo entra una palabra al DRAE? Siempre después de uso prolongado, años y años, por los hablantes. Constantemente ingresan a nuestro léxico voces de otras lenguas (préstamos o adopciones lingüísticas). Antes se les denominaba barbarismos, concepto que la moderna lingüística rechaza por inapropiado y que corresponde a una actitud purista de la lengua. En el caso de la lengua PUREZA implica aislamiento. La presencia de préstamos implica contacto, convivencia, inter relaciones, comunicación. Los hablantes de las diversas lenguas (unas 3,000 en el mundo) cada vez están más cerca, la comunicación es más fácil, los contactos son asunto del diario vivir. Por lo tanto las adopciones léxicas son y serán cada vez mayores.

A la categoría de préstamos o adopciones lingüísticas pertenecen los helenismos, palabras de origen griego (poliomielitis, teatro, mito, academia, etnia, dínamo); los arabismos, de origen árabe (alcalde, algodón, azafate, espinaca, albañil, azafrán, azul); los lusitanismos, de origen portugués (bambú, chubasco, vigía, mandarín); italianismos, de origen italiano (medalla, soneto, canalla, carnaval); los germanismos, de origen alemán (vals, marco, cinc, máuser, lumpen); galicismos, de origen francés (carné, debut, cuplé, avalancha, bufet, menú); anglicismos, del inglés (lunch, sport, striptease, interviú, marketing, trust, tique, manager, stock, spray). La mayor parte de los hipanohablantes no son concientes de que gran parte de los préstamos que emplean cotidianamente son tales. Para 1964 un profesor de gramática y autor de una gramática decía: “Entre las impurezas del lenguaje están los arcaísmos, los neologismos y los extranjerismos. Pero hay muchas voces y giros... que no han sido aceptados por la Academia porque tienen su equivalente en español [debut, equiv. primera presentación; couplet, equiv. canción; interview, equiv. entrevista; manager, equiv. administrador] y su uso debe evitarse”. Treinta y siete años más tarde, en su edición del 2001, el DRAE los incorpora como parte de su acervo léxico (debut, cuplé, interviú, manager) y también marketing, spray, lumpen...., etc. Estos no debían usarse, dictaminaba el profesor de gramática. Pero se siguieron usando y el DRAE tuvo que reconocerlos, y se siguen usando y se seguirán usando. El español cuenta con unos 300 millones de hablantes. Todas las Academias, la española y las correspondientes de América y Estados Unidos, las componen 615 señores que representan mucho menos del medio por ciento (el 0.00000205 %) de los hablantes.

Según se van incorporando neologismos y préstamos en la lengua, igualmente, hay palabras que paulatinamente caen en desuso. Son los arcaísmos (agora, azas, fermosa, cuasi). Hay arcaísmos que se reviven en la lengua escrita y algunos son parte del habla campesina y de las clases sociales menos educadas.

Es imposible establecer cuantitativamente el número de palabras que existen en un idioma. NO HAY DICCIONARIO QUE PUEDA MANTENER ESE REGISTRO. Por eso, aunque algunos expresen lo contrario, cada vez se impone la necesidad de diccionarios científicos, diccionarios de uso (como el de María Moliner), diccionarios de música, de geografía, deportivos, lingüísticos, de términos literarios, de psicología, de la literatura española, de la literatura puertorriqueña, y así por el estilo. Los que hagan diccionarios en el futuro contarán con el auxilio de los estudios lexicográficos y con las investigaciones lingüísticas modernas (lexicografía, dialectología, sociolingüística, psicolingüística, lingüística estadística, lenguas en contacto, geolingüística).

¿Podremos opinar, ahora, con mayor conciencia, sobre las variaciones léxicas? ¿Rayuela o pelegrina? ¿Banano, guineo o plátano? ¿Piña o ananás? ¿Chele, chavo, centavo o céntimo? ¿Chirimoya o corazón? ¿Zapallo o calabaza? ¿Charola, bandeja o azafate? Los usos léxicos varían entre países, entre regiones de un país y entre pueblos de un mismo país.

No todo es variable o cambiante en el sistema lexicológico. Existen palabras permanentes, las que han conservado el mismo sentido por siglos (Dios, amor, árbol, mar, tierra, padre, madre, cielo). Esa permanencia asegura la unidad. Esas palabras generalmente aluden o nombran esencias y hechos fundamentales. EL SISTEMA MANTIENE SU EQUILIBRIO MEDIANTE LA CONTRAPOSICION DE DOS TENDENCIAS: PERMANENCIA Y CAMBIO. El sistema es tan equilibrado que permite la polisemia (propiedad de un signo lingüístico de comunicar diferentes significados). Las circunstancias y el contexto oral o escrito serán determinantes en la significación. Así, la palabra operación podrá comunicar la idea de estrategia militar, intervención quirúrgica, transacción bancaria, ejercicio matemático o planificación estratégica de un acto delictivo. Lexicológicamente tenemos una palabra. Semánticamente son cinco. Igualmente ocurre con parar que puede significar detenerse, no moverse, o ponerse de pie.
La tan temida y anunciada fragmentación del idioma, desde el punto de vista léxico, es una falacia y no son ni los gramáticos ni los académicos los que mantienen la unidad, es el sistema y sus hablantes. Por eso, y aceptando las variaciones léxicas, todos los hispanoparlantes nos comunicamos perfectamente, nos entendemos, en fin, mantenemos viva nuestra lengua y su efectividad.

5. MODALIDADES DE LA LENGUA. Las modalidades de realización de una lengua son la oral y la escrita. El lenguaje oral atiende un fin práctico, la comunicación inmediata, aunque a veces, simplemente, puede limitarse a una función meramente expresiva (descargar ira, sin que haya un receptor). La lengua escrita es más cuidada, más exacta, pues la comunicación que propicia carece de la inmediatez de la lengua oral. Aquí es donde entran en juego los criterios y normas gramaticales. En su modalidad escrita el mensaje queda fijado permanentemente. En la lengua escrita es casi improbable que pueda darse la función fática (aclaratoria) de la comunicación. La lengua oral evoluciona con mayor rapidez. El modo de hablar y de escribir varía en un mismo individuo. Nunca escribes como hablas. En la lengua oral las circunstancias que rodean la conversación la afectan: el tema tratado, el propósito de la conversación, el receptor. El nivel cultural, el nivel social, la profesión u oficio, el país de origen, siempre condicionan, de alguna manera, la comunicación oral o escrita. Pero, las diferencias entre lengua oral y lengua escrita y sus funciones ni afectan ni impiden la comunicación. No hay nada que imposibilite que un colombiano y un puertorriqueño, que un argentino y un cubano, que un bogotano y un barranquiteño se comuniquen. Aunque en el habla cotidiana digas mais o choclo sabes que maíz es denominación más común, más ampliamente difundida, de uso general. No importa donde estás, si oyes decir Grabiel en vez de Gabriel, trajistes en lugar de trajiste, haiga y no haya, estábanos en vez de estábamos, comprenderás perfectamente el mensaje, te percatarás del nivel cultural y del dominio de las destrezas lingüísticas del hablante y no pasará nada. Tú y la mayoría de los hablantes seguiremos rechazando las formas no aceptadas y el otro continuará hablando a su modo. La lengua ni se viola ni se corrompe. Nunca ha sido virgen.

6. VARIANTES DIALECTALES. El español, con cerca de 300 millones de hablantes es una entre más de 3,000 lenguas en el mundo. Actualmente se habla en 19 países de América, en España, Filipinas y partes de Africa y de Oriente Medio. En este sentido se constituye en koiné o lengua común de gran parte del mundo. Por eso, en los Estados Unidos de Norte América se estudia y hay gran empeño en aprender español. Los hispanohablantes en Estados Unidos se van convirtiendo en un grupo muy importante.

¿Español o castellano? Esa discusión es cosa del pasado y carece totalmente de importancia. Castellano hace referencia a la región donde históricamente se formó, y hoy día, a la variante dialectal de la región Castilla - La Mancha y Castilla - León en la Península Ibérica. Español alude a una lengua internacional, de uso extendido por el mundo, cuyo mayor núcleo de parlantes está en América. NINGUNA PERSONA MEDIANAMENTE CULTA PARTICIPARIA ACTUALMENTE EN UNA DISCUSION DE ESTA NATURALEZA. El uso de una u otra forma, español o castellano, es cuestión de preferencia individual.

El español de América es una modalidad o variación dialectal del español. Dialectológicamente podemos hablar del español de Venezuela, o del español de Puerto Rico, o del español bonaerense, o del español colombiano. La dialectología moderna estudia los dialectos o las variantes y modalidades que caracterizan a una lengua en un área particular. La palabra dialecto tiene sentido genético. Significa que procede de una lengua. En determinado momento el español fue una forma dialectal del latín. El castellano, como cualquier otra lengua romance o neolatina, fue una forma de hablar el latín, una de sus variantes. Históricamente esas modalidades evolucionaron de manera que el latín dejó de ser el modelo.  Se crearon nuevos modelos, surgiendo las nuevas lenguas.

En Hispanoamérica el español contacta otras lenguas, las amerindias (guaraní, quechua, aymará, nauatl, arahuaco), aceptando sus influencias y enriqueciendo las variaciones dialectales del español americano. Muchas de ellas han hecho aportaciones significativas, sobre todo al sistema lexicológico del español (cacao, hamaca, barbacoa, huracán, canoa, tomate, cóndor, chocolate, mate).

El español se destaca por el número de hablantes, por la extensión territorial, por su aportación cultural al mundo y por su uso en la política y en el comercio. Obsérvese el interés empresarial en las posibilidades industriales y comerciales que representan las naciones hispanoparlantes de América.

Resultan muy interesantes las declaraciones de Víctor García de la Concha, Director de la Real Academia Española, sobre las lenguas en contacto, la transversalidad del español, el “spanglish”  y el “portuñol” motivadas por la celebración del III Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado del 10 al 13 de noviembre del 2003 en la ciudad de Rosario en Argentina.

7. LA NORMA.  Hablar de purismo o casticismo en el lenguaje es algo en lo que nadie, con un mínimo de conciencia lingüística, pensaría actualmente. El concepto de corrección es relativo. Nunca ha podido ni podrá ser absoluto. Lo que es correcto para  un madrileño, no lo es, necesariamente, para un cubano. Lo que es correcto en España, no tiene por qué serlo en Hispanoamérica. Y, ojo, que hay que repetir que la mayor parte de los hispanoparlantes vivimos en América.

Para comprender la realidad lingüística hay que tener conciencia de que en la mente de todos existe una lengua ideal que nos sirve de medio de comunicación a todos (los cerca de 300 millones de hablantes). Ese patrón ideal es el español culto, la lengua común, la que sostiene la unidad del sistema, la que está por encima de todas las variaciones regionales e individuales. Existen diferencias en el uso lingüístico que corresponden, en mayor o menor grado, a la diversidad social. La lengua como sistema cultural, social, es reveladora, por lo tanto, del interés cultural, del ambiente, del nivel académico e inclusive del carácter de sus usuarios. La lengua no es uniforme. No lo es ni en el propio individuo. Un profesor no habla igual en la cátedra que en su casa. Un abogado no habla igual cuando está en sus funciones profesionales que cuando se encuentra en un bar compartiendo con sus colegas. Un médico no habla de igual modo con otro médico, que con un paciente educado, o que con uno analfabeta. Cuando ofrecemos una conferencia, ofrecemos una clase, escribimos para un periódico o redactamos textos científicos o literarios utilizamos el habla culta.

En casa, cuando hablamos con los amigos, en la conversación diaria, familiar, cotidiana, informal es lo que denominamos habla familiar. Veamos el siguiente ejemplo:
                                            Habla culta     - estar cansado o fatigado
                                            Habla familiar - estar molido, estar hecho polvo.

Cuando al hablar nos valemos de vocablos y expresiones rechazadas por la mayoría de los hablantes se está empleando el habla vulgar.
El seseo, al cual nos hemos referido anteriormente (apartado 4) es un rasgo aceptado y practicado plenamente, por todos, en Hispanoamérica. Por lo tanto esa es la norma hispanoamericana, es la pronunciación culta. Por el contrario, si diferenciamos, al modo de los castellanos, entre ce, ci, z y s, se considera como rasgo de afectación y un tanto ridículo. La articulación linguo-interdental de la c/z resulta extraño o cursi en Hispanoamérica.

La NORMA, hoy día, no es otra cosa que el reflejo del sentir de los hablantes de una lengua. Eso es lo que tiene vigencia, lo que tiene fuerza. No hay Academia, ni Diccionario, ni Gramática, que puedan alterar eso. Decía Tomás Navarro Tomás que: “la lengua... no tiene otro destino que aquel a donde la conducen las gentes que de ella se sirven”. Hay que tener conciencia de que la LENGUA está a nuestro servicio y no nosotros al servicio de la LENGUA.  Estos principios, debidamente entendidos, no permiten el “laisse faire”.

La NORMA CULTA la establecen, en cada país, los hablantes de mejor formación intelectual y sobre todo los de superior conocimiento LINGÜISTICO. Aquellos que son capaces de seleccionar las mejores formas que respondan a las necesidades expresivas, aunque no figuren en el DICCIONARIO DE LA ACADEMIA.  Las palabras existen si viven en las voces de los hablantes. El Diccionario recoge las palabras después de mucho tiempo en uso. Por eso el lingüista puertorriqueño Dr. Rubén del Rosario denominó al Diccionario como “un cementerio de palabras”.

El precepto, si aceptamos alguno, debe ser: ni purismo, ni libertinaje.

Cuando salimos de nuestro medio socio-cultural debemos tener presente que debemos evitar formas, que aunque aceptadas en nuestro medio (dialectalismos cultos) no lo son en otros. Debemos favorecer la norma de ese lugar o el código común, el patrón general.

8. ACABE. Desde que las colonias hispanoamericanas se independizaron se viene sosteniendo la teoría y atemorizando a los hispanoparlantes, con la idea de una posible fragmentación de nuestro idioma español. Han transcurrido casi dos siglos desde entonces y no ha sucedido nada. La Real Academia Española con sus Correspondientes en América no son otra cosa que la transposición a la lengua del canon imperialista perdido en el ámbito de la política. La castiza Academia Española no es otra cosa que un calco de la francesa. Sólo tres o cuatro lenguas, de las más de 3,000 existentes en el mundo, tienen ACADEMIAS, DICCIONARIOS y GRAMATICAS oficiales y ni se corrompen ni fragmentan. Sobreviven como todas las lenguas, a través de la vida que le insuflan sus hablantes en el uso cotidiano y en la renovación constante.

Ninguna lengua es mejor, ni más bonita, ni más elegante, ni más melódica  que otra. Ningún país habla una lengua mejor que otro. Tan buen portugués es el que hablan en Portugal como el que hablan en Brasil. Tan buen inglés es el que hablan en Gran Bretaña como en Estados Unidos de Norte América. ¡Y piense que todos quieren aprender este último! Por eso actualmente en Estados Unidos de Norte América se enseña el español de América. Nosotros, los hispanoamericanos, que hablamos bien el español, tenemos el futuro del idioma español en nuestras lenguas. Tenemos que vencer el imperialismo lingüístico. Por eso tenemos que aplicar lo de “libertad bien entendida y sensatamente practicada”  (Jorge L. Porras Cruz).

Día del Idioma

Prof. Graciela Pacheco de Balbastro

El 23 de abril de 1616 fue día de luto para las letras.

El idioma español perdía su Pluma de Oro. Ese día murió en Madrid don Miguel de Cervantes Saavedra. En homenaje al ilustre autor del Quijote de instituyó esa fecha como Día del Idioma.

¿Por qué es importante esta conmemoración, aunque sólo la recordemos una vez al año? ¿Por qué esta "puesta en valor" de nuestro idioma? La primera respuesta: porque es nuestro.

Pero además porque forma parte, casi, casi, de un tejido visceral que bien lo definió Marta Saltos cuando escribió que "el solo hecho de oír sonar la propia lengua trae idea de amistad, de ayuda, de fin e las desgracias". Es que el idioma, la palabra compartida desde la cuna, también tiene ese valor.

El idioma reside en la morada íntima de un pueblo. Está instalado en el "ethos" de ese pueblo. Lo identifica, por eso aquello de que "el idioma es soberanía" reviste un significado más profundo que el de simple lugar común. Tras ese concepto habían comenzado a surgir tímidos, aislados y controvertidos intentos de pensar en una Ley de Protección del Idioma. Es que un idioma desprestigiado, bastardeado y en franca retirada, dará lugar a una incuestionable pérdida de la identidad.

Días pasado escuchaba el reportaje que le hacían a un escritor español. Con franco pesar éste señalaba que existe una conciencia conservacionista, de salvataje y cuidado para algunos animales que tal vez no hayamos visto nunca ni que nunca veremos. ¡Y eso está bien! Pero ¿qué pasa con las palabras, con las numerosas, ricas y hermosas palabras que desaparecen anodinamente porque hay cada vez más hablantes pobres de ellas? ¿A dónde se van las palabras que desaparecen no por la mutabilidad que es condición inherente a toda lengua, sino porque se ahogan en las bocas paupérrimas de los hablantes?

Cada idioma refleja una estructura de pensamiento. Es como una impresión digital. Puede ser imaginativo, sonoro, rico o conciso y utilitario. Pero es también herramienta. Y como tal, si está bien cuidada, nos servirá mejor. Y si somos diestros en manejarla, la utilizaremos también, mejor.

Juana de Ibarbourou al elogiarla escribió: " en ti he arrullado a mi hijo/ e hice mis cartas de novia/ en ti canta el pueblo mío/ el amor, la fe, el hastío/ el desengaño que agobia."

Ése 23 de abril fue un día aciago por partida doble. En España callaba Cervantes y en Stratford on Avon, William Shakespeare.

Fuente : http://www.leemeuncuento.com.ar/nacion.html

CRISTIANISMO E INICIACIÓN

RENÉ GUÉNON (ABD AL-WAHID YAHIA)

No teníamos la intención de volver sobre las cuestiones concernientes al carácter propio del Cristianismo, pues pensábamos que lo que habíamos dicho en diversas ocasiones, aunque fuese más o menos incidentalmente, era al menos suficiente para que no pudiese haber ningún equívoco a este respecto (1). Desgraciadamente, hemos debido comprobar en estos últimos tiempos que no ha sido así, y que se han producido por contra sobre este tema, en el espíritu de un número bastante grande de nuestros lectores, confusiones más bien lamentables, lo que nos ha mostrado la necesidad de dar de nuevo algunas precisiones sobre ciertos puntos. No nos hemos decidido más que a regañadientes, pues debemos advertir que no hemos sentido nunca ninguna inclinación a tratar especialmente este tema, por diversas razones, la primera de las cuales es la oscuridad casi impenetrable que envuelve todo lo que se relaciona con los orígenes y los primeros tiempos del Cristianismo, oscuridad tal que, si se reflexiona bien, parece no poder ser simplemente accidental y haber sido expresamente deseada; esta puntualización conviene recordarla al menos, en conexión con lo que diremos seguidamente.

A pesar de todas las dificultades que resultan de tal estado de cosas, hay sin embargo al menos un punto que no parece dudoso y que además no ha sido contestado por ninguno de los que nos han hecho partícipes de sus observaciones, pero sobre el cual, por contra, algunos se apoyan para formular varias de sus objeciones: es que, lejos de ser la religión o la tradición exotérica que se conoce actualmente bajo este nombre, el Cristianismo en sus orígenes tuvo, tanto por sus ritos como por su doctrina, un carácter esencialmente esotérico y por consecuencia iniciático. Se puede encontrar una confirmación de ello en el hecho de que la tradición islámica considera al Cristianismo primitivo como habiendo sido propiamente una tariqah, es decir en suma una vía iniciática, y no una shari’ah o legislación de orden social y dirigida a todos; y esto es de tal forma cierto que, seguidamente, esta falta se tuvo que suplir con la constitución de un derecho «canónico»(2) que no fue en realidad más que una adaptación del antiguo derecho romano, así pues algo que vino completamente del exterior y no de un desarrollo de lo que estaba contenido desde el principio en el Cristianismo.

Es por lo demás evidente que no se encuentra ninguna prescripción en el Evangelio que pueda ser considerada de carácter verdaderamente legal en el sentido propio del término; la frase bien conocida: «Dad al César lo que es del César» nos parece particularmente significativa a este respecto, pues implica formalmente, para todo lo que es de orden exterior, la aceptación de una legislación completamente extraña a la tradición cristiana, y que es simplemente la que existía de hecho en el medio donde ésta tuvo su nacimiento, dado que entonces estaba incorporada al Imperio romano. Esto sería, sin duda, una laguna de las más graves si el Cristianismo hubiese sido entonces lo que ha llegado a ser más tarde; la existencia misma de tal laguna sería no solamente inexplicable sino verdaderamente inconcebible para una tradición ortodoxa y regular, si esta tradición debía realmente comportar un exoterismo, y si debía, podríamos decir, aplicarse ante todo al dominio exotérico; por contra, si el Cristianismo tenía el carácter que acabamos de decir, la cosa se explica sin problemas, pues no se trata en absoluto de una laguna sino de una abstención intencionada de intervenir en un dominio que, por definición, no podía concernirle en esas condiciones.

Para que esto haya sido posible, es necesario que la Iglesia cristiana, en los primeros tiempos, haya constituido una organización cerrada o reservada, en la cual no todos eran admitidos indistintamente, sino solamente los que poseyeran las cualificaciones necesarias para recibir válidamente la iniciación bajo la forma que se puede llamar «crística»; y se podrían sin duda encontrar aún muchos indicios que muestran que fue efectivamente así, aunque sean generalmente incomprendidos en nuestra época y que, debido a la tendencia moderna a negar el esoterismo, se busca a menudo, de una manera más o menos consciente, desviarlos de su verdadero significado (3).

Esta Iglesia fue en suma comparable, bajo este punto de vista, al Sangha búdico, donde la admisión tenía también caracteres de una verdadera iniciación (4), y que se tiene la costumbre de asimilar a una «orden monástica», lo que es justo al menos en el sentido de que sus estatutos particulares no estaban, como los de una orden monástica en el sentido cristiano del término, hechos para ser extendidos a todo el conjunto de la sociedad en el seno de la cual esta organización había sido establecida (5). El caso del Cristianismo, desde este punto de vista, no es único entre las diferentes formas tradicionales conocidas, y esta comprobación nos parece que es de una naturaleza capaz de disminuir la sorpresa que algunos podrían manifestar; es quizá más difícil de explicar que haya sido cambiada de carácter tan completamente como lo muestra todo lo que vemos en torno nuestro, pero no es aún el momento de examinar esta cuestión.

He aquí ahora la objeción que nos ha sido dirigida y a la cual hacíamos alusión anteriormente: puesto que los ritos cristianos, y en particular los sacramentos han tenido un carácter iniciático, ¿cómo han podido perderlo para llegar a ser simplemente ritos exotéricos? Esto es imposible y contradictorio, nos dicen, porque el carácter iniciático es permanente e inmutable y no podría ser borrado nunca, de manera que sería necesario admitir solamente que, del hecho de las circunstancias y de la admisión de una gran mayoría de individuos no cualificados, lo que fue primitivamente una iniciación efectiva se redujo a tener el valor de una iniciación virtual. Ahí hay un error que nos parece del todo evidente: la iniciación como lo hemos explicado muchas veces, confiere en efecto a los que la reciben un carácter que es adquirido de una vez por todas y que es verdaderamente imborrable, pero esta noción de la permanencia del carácter iniciático se aplica a los seres humanos que la poseen y no a los ritos o a la acción de la influencia espiritual a la cual estos están destinados a servir de vehículo; es absolutamente injustificado querer transportarla de uno de estos casos al otro, lo que en realidad viene a atribuirle un significado totalmente diferente, y estamos seguros de no haber dicho nunca nada que pudiese dar lugar a una confusión parecida. Como apoyo de esta objeción, se hace valer que la acción que se ejerce por los sacramentos cristianos es referida al Espíritu Santo, lo que es perfectamente exacto, pero completamente al margen de la cuestión; que además la influencia espiritual sea designada así conforme al lenguaje cristiano, o de otra forma según la terminología propia de tal o cual tradición, ello no afecta a que sea igualmente cierto que su naturaleza es esencialmente trascendente y supra-individual, pues si no fuese así, no sería una influencia espiritual lo que tendría lugar, sino una simple influencia psíquica; admitido esto, ¿qué es lo que podría impedir que la misma influencia o una influencia de la misma naturaleza actuase según las diferentes modalidades y en dominios igualmente diferentes? y, por lo demás, dado que esta influencia es en sí misma de orden trascendente, ¿sería necesario que sus efectos lo sean necesariamente también en todos los casos? (6). No vemos del todo por qué motivo tendría que ser así, y tenemos la certeza de lo contrario; en efecto, hemos tenido siempre el mayor cuidado en indicar que una influencia espiritual interviene tanto en los ritos exotéricos como en los iniciáticos, pero es evidente que los efectos que producen no podrían ser de ninguna forma del mismo orden en ambos casos, sin lo cual la distinción de ambos dominios no subsistiría ya (7). Tampoco comprendemos qué tendría de inadmisible que la influencia que opera por medio de los sacramentos cristianos, después de haber actuado primero en el orden iniciático, después, en otras condiciones y por razones dependientes de esas mismas condiciones, haya hecho descender su acción al dominio simplemente religioso y exotérico, de tal manera que sus efectos hayan estado desde entonces limitados a ciertas posibilidades de orden exclusivamente individual, teniendo como fin la «salvación», y esto conservando no obstante, en cuanto a las apariencias exteriores, los mismos soportes rituales siendo éstos de institución crística y sin los que no hubiese habido tradición propiamente cristiana. Que haya sido realmente así de hecho y que, por consiguiente, en el estado presente de cosas y desde una época muy alejada, ya no se pueda considerar de ninguna forma los ritos cristianos como teniendo un carácter iniciático, es sobre lo que nos va a ser preciso insistir con más precisión; pero debemos además hacer hincapié en que hay cierta impropiedad de lenguaje al decir que han «perdido» ese carácter; como si ese hecho hubiese sido puramente accidental, pues pensamos por el contrario, que ha debido tratarse de una adaptación que, a pesar de las consecuencias lamentables que ha tenido forzosamente en ciertos aspectos, fue plenamente justificada y necesaria por las circunstancias de tiempo y lugar.

Si se considera en qué estado, en la época de que se trata, estaba el mundo occidental, es decir el conjunto de los países que entonces estaban comprendidos en el Imperio romano, podemos darnos cuenta fácilmente que si el Cristianismo no hubiese «descendido» al dominio exotérico, ese mundo en su conjunto habría estado desprovisto de toda tradición, ya que las que existían hasta entonces, y particularmente la tradición greco-romana que habitualmente se había convertido en la predominante, había llegado a una extrema degeneración que indicaba que su ciclo de existencia estaba a punto de terminarse (8). Este «descenso», insistimos, no fue pues de ninguna manera un accidente o una desviación, y se debe, por contra, considerarlo como habiendo tenido un carácter verdaderamente «providencial», puesto que evitó a Occidente caer desde esa época en un estado que hubiese sido en suma comparable al que se encuentra actualmente. El momento en que debía producirse una pérdida general de la tradición como la que caracteriza propiamente a los tiempos modernos no había llegado aún; era preciso, que hubiese un «enderezamiento», y únicamente el Cristianismo podía operarlo, pero a condición de renunciar al carácter esotérico y «reservado» que tenía al principio (9); y así el «enderezamiento» no fue sólo genérico para la humanidad occidental, lo que es muy evidente para que haya lugar a insistir, sino que estuvo al mismo tiempo, como lo está además necesariamente toda acción «providencial» que interviene en el curso de la historia, en perfecto acuerdo con las leyes cíclicas.

Sería probablemente imposible asignar una fecha precisa a ese cambio que hizo del Cristianismo una religión en el sentido propio de la palabra y una forma tradicional dirigida a todos indistintamente, pero lo que es cierto en todo caso es que fue ya un hecho consumado en la época de Constantino y del Concilio de Nicea, de forma que éste no fue más que el «sancionador», si así puede decirse, inaugurando la era de las formulaciones «dogmáticas» destinadas a constituir una presentación puramente exotérica de la doctrina (10). Esto no podía funcionar sin algunos inconvenientes inevitables, pues el hecho de encerrar así la doctrina en unas fórmulas claramente definidas y limitadas dejaba mucho más difícil, incluso a los que eran realmente capaces, la penetración en el sentido profundo; además, estando las verdades de orden más propiamente esotérico por su misma naturaleza, lejos del alcance de la mayoría, no podían ser presentadas sino como «misterios» en el sentido que esta palabra ha tomado vulgarmente, es decir, que a los ojos del común, no debían tardar en aparecer como algo que era imposible de comprender e incluso vedado el buscar su profundización. Estos inconvenientes no obstante, no fueron tales que pudiesen oponerse a la constitución del Cristianismo en la forma tradicional exotérica o en impedir su legitimidad, dada la inmensa ventaja que debía resultar, como ya lo hemos dicho, para el mundo occidental; por lo demás, si el Cristianismo como tal cesó por ello de ser iniciático, permaneció aún la posibilidad de que subsistiese en su interior una iniciación específicamente cristiana para la élite que no podía atenerse sólo al punto de vista del exoterismo y encerrarse en las limitaciones que son inherentes a éste; pero esa es otra cuestión que tendremos que examinar un poco más tarde.

Por otra parte, es de resaltar que ese cambio en el carácter esencial y podríamos decir, en la naturaleza misma del Cristianismo, explica perfectamente que, como decíamos al principio, todo lo que lo había precedido haya sido voluntariamente cubierto de oscuridad, y no habría podido ser de otra manera. Es evidente en efecto, que la naturaleza del Cristianismo original, en tanto que era esencialmente esotérica e iniciática, debía permanecer completamente ignorada para aquellos que eran ahora admitidos en el Cristianismo convertido en exoterismo; por consiguiente, todo lo que pudiese dar a conocer o solamente suponer lo que había sido realmente el Cristianismo en sus principios debía ser recubierto para aquéllos con un velo impenetrable. Hay que aclarar que nosotros no hemos investigado por qué medios ha podido obtenerse tal resultado, eso sería más bien asunto de los historiadores, si tal vez tuviesen la intención de proponerse esa pregunta, que por lo demás les parecería sin duda como prácticamente insoluble, a falta de poder aplicarle sus métodos habituales y de apoyarse sobre «documentos» que manifiestamente no podrían existir en tal caso; pero lo que nos interesa aquí es solamente verificar el hecho y comprender su verdadera razón. Añadiremos que en estas condiciones y contrariamente a lo que podrían pensar los amantes de explicaciones racionales, que son siempre explicaciones superficiales y «simplistas», no se puede atribuir de ninguna manera este «oscurecimiento» de los orígenes a una ignorancia evidentemente imposible en aquellos que debieron ser tanto más conscientes de la transformación del Cristianismo, cuanto que habían tomado parte más o menos directamente en ella, ni pretender según un prejuicio bastante respaldado entre los modernos que prestan gustosamente a los demás su propia mentalidad, que hubiese habido por su parte una maniobra «política» e interesada, de la que no vemos muy bien qué provecho les habría podido reportar efectivamente; la verdad es, por el contrario, que esto fue rigurosamente exigido por la naturaleza misma de las cosas a fin de mantener, de conformidad con la ortodoxia tradicional, la distinción profunda de ambos dominios exotérico y esotérico (11).

Algunos podrían quizá preguntarse lo que les ocurrió, con semejante cambio, a las enseñanzas de Cristo, que constituyen el fundamento del Cristianismo por definición, y de las que no podría deshacerse sin dejar de merecer su nombre, sin contar que no se ve lo que podría sustituirlas sin comprometer el carácter «no humano» fuera del cual no hay ninguna tradición auténtica. En realidad, estas enseñanzas no han sido tocadas por ello, ni modificadas de ninguna forma en su «literalidad», y la permanencia del texto de los Evangelios y de los demás escritos del Nuevo Testamento que se remontan evidentemente al primer periodo del Cristianismo, constituye una prueba suficiente (12); lo que ha cambiado es solamente su comprensión, o si se prefiere, la perspectiva según la cual son considerados y el significado que les es dado en consecuencia, sin que se pueda decir además que haya algo falso o ilegítimo en este significado, pues es evidente que las mismas verdades son susceptibles de recibir una aplicación en dominios diferentes, en virtud de las correspondencias que existen entre todos los órdenes de realidad. Sólo que hay conceptos que, concerniendo especialmente a aquellos que siguen una vía iniciática y aplicables por consiguiente en un medio restringido y en cierto modo cualitativamente homogéneo, llegan a ser impracticables de hecho si se los quiere extender a todo el conjunto de la sociedad humana; es esto lo que se reconoce bastante explícitamente al considerarlos solamente como «consejos de perfección», a los cuales no se da ningún carácter de obligación (13); esto quiere decir que cada uno debe seguir la vía evangélica en la medida no sólo de su propia capacidad, lo cual es evidente, sino incluso de lo que le permitan las circunstancias contingentes en las que se encuentra localizado, y esto es en efecto todo lo que se puede exigir razonablemente a aquellos que no aspiran a superar la simple práctica exotérica (14). Por otra parte, en lo que respecta a la doctrina propiamente dicha, si hay verdades que pueden ser comprendidas a la vez exotérica y esotéricamente, según que los sentidos se refieran a los diferentes grados de realidad, hay otras que, perteneciendo exclusivamente al esoterismo y no teniendo ninguna correspondencia fuera de éste, llegan a ser, como lo hemos dicho ya, completamente incomprensibles cuando se prueba a trasladarlos al dominio exotérico, y que deben limitarse entonces forzosamente a ser expresadas pura y simplemente bajo la forma de enunciados «dogmáticos», sin buscar nunca dar la menor explicación; son éstas las que constituyen propiamente lo que se ha convenido en llamar los «misterios» del Cristianismo. A decir verdad, la existencia misma de estos «misterios» sería completamente injustificable si no se admitiese el carácter esotérico del Cristianismo original; por contra, teniendo en cuenta esto, aparece como una consecuencia normal e inevitable de esa «exteriorización» que el Cristianismo, aun conservando la misma forma en cuanto a las apariencias, tanto en su doctrina como en sus ritos, haya llegado a ser la tradición exotérica y específicamente religiosa que conocemos hoy.

Entre los ritos cristianos, o más precisamente entre los sacramentos que constituyen su parte más esencial, los que presentan la mayor similitud con los ritos de iniciación y que consecuentemente deben ser considerados como su «exteriorización», si han tenido efectivamente ese carácter en su origen (15), son naturalmente, como ya lo hemos puesto de manifiesto, los que no pueden recibirse más que una sola vez, y ante todo, el bautismo. Éste, por el cual el neófito era admitido en la comunidad cristiana y de alguna manera «incorporado» a ella, debía evidentemente, en tanto que fue una organización iniciática, constituir la primera iniciación, es decir, el principio de los «misterios menores»; es además lo que indica claramente el carácter de «segundo nacimiento» que ha conservado, aunque con una aplicación diferente, al descender al dominio exotérico. Añadamos seguidamente, para no tener que volver sobre ello, que la confirmación parece haber marcado el acceso a un grado superior, y lo más verosímil es que éste correspondiese en principio al final de los «misterios menores»; en cuanto a la ordenación, que ahora da solamente la posibilidad de ejercer ciertas funciones, no puede ser más que la «exteriorización» de una iniciación sacerdotal, refiriéndose como tal a los «misterios mayores».

Para darse cuenta que, en lo que se podría llamar el segundo estado del Cristianismo, los sacramentos no tienen ya ningún carácter iniciático y no son realmente más que ritos puramente exotéricos, es suficiente en suma considerar el caso del bautismo, puesto que todo el resto depende directamente de él. En el origen, a pesar del «oscurecimiento» del que hemos hablado, se sabe al menos que para conferir el bautismo se tomaban precauciones rigurosas y que aquellos que debían recibirlo eran sometidos a una larga preparación. Actualmente, ocurre en cierto modo todo lo contrario, y parece haberse hecho todo lo posible para facilitar al extremo la recepción de este sacramento, puesto que no solamente es impartido a cualquiera indistintamente sin que se plantee ningún tipo de cualificación ni de preparación, sino que incluso puede ser conferido válidamente por cualquier creyente, mientras que los demás sacramentos no pueden serlo más que por aquellos sacerdotes y obispos que ejercen una función ritual determinada. Estas facilidades, así como el hecho de que los niños sean bautizados lo más pronto posible después de su nacimiento, lo que excluye evidentemente la idea de cualquier preparación, no pueden explicarse más que por un cambio radical en la concepción misma del bautismo, cambio a partir del cual fue considerado como una condición indispensable para la "salvación", y que debía consecuentemente ser asegurada para el mayor número posible de individuos mientras que primitivamente se trataba de algo distinto. Esta forma de considerar las cosas según la cual la «salvación», que es el fin de todos los ritos exotéricos, está ligada necesariamente a la admisión en la lglesia cristiana, no es en suma más que una consecuencia de esta especie de «exclusivismo» que es, inevitablemente, inherente al punto de vista de todo exoterismo como tal. No creemos útil insistir más, pues está bastante claro que un rito que es conferido a los recién nacidos sin preocuparse de ninguna manera en determinar sus cualificaciones por algún medio, no podría tener el carácter y el valor de una iniciación, aun estando ésta reducida a ser simplemente virtual; vamos, por lo demás, a volver ahora mismo sobre la cuestión de la posibilidad de la subsistencia de una iniciación virtual por los sacramentos cristianos.

Señalaremos aún accesoriamente un punto que no deja de tener importancia: y es que en el Cristianismo tal como es actualmente, y contrariamente a lo que fue al principio, todos los ritos sin excepción son públicos; todo el mundo puede asistir, incluso a los que parece que deberían ser particularmente «reservados», como la ordenación de un sacerdote o la consagración de un obispo, y con mayor razón a un bautismo o a una confirmación. Esto seria una cosa inadmisible si se tratase de ritos iniciáticos que normalmente no pueden ser cumplidos más que en presencia de los que hayan recibido ya la misma iniciación (16); entre la publicidad de una parte y el esoterismo y la iniciación de la otra, hay evidentemente incompatibilidad. Si, no obstante, consideramos este argumento como secundario, es porque si no hubiese otros, se podría pretender que no hay en ello más que un abuso debido a cierta degeneración, como puede producirse a veces en una organización iniciatica hasta perder su carácter propio; pero hemos visto que, precisamente, el descenso del Cristianismo al orden exotérico no debía de ninguna manera ser considerado como una degeneración y además las otras razones que exponemos bastan plenamente para mostrar que, en realidad, no puede haber allí ninguna iniciación.

Si hubiese aún una iniciación virtual, como algunos lo han considerado en las objeciones que nos han hecho. y si, por consiguiente, aquellos que han recibido los sacramentos cristianos o incluso sólo el bautismo, no tuviesen desde entonces ninguna necesidad de buscar otra forma de iniciación sea cual sea (17), ¿cómo podríamos explicar la existencia de organizaciones iniciáticas específicamente cristianas, tales como las que han existido incontestablemente durante toda la Edad Media, y cuál podría ser entonces su razón de ser puesto que sus ritos particulares fueron de alguna manera duplicados de los ritos ordinarios del Cristianismo? Se dirá que ellas constituyen o representan solamente una iniciación a los «Misterios menores», de manera que la búsqueda de otra iniciación vendría impuesta a los que tuvieran la voluntad de ir más lejos y acceder a los «Misterios mayores»; pero, además de que es muy inverosímil, por no decir más, que todos los que entraron en las organizaciones de las que hablamos hayan estado preparados para abordar ese dominio, hay contra tal suposición un hecho decisivo: es la existencia del hermetismo cristiano, puesto que, por definición, el hermetismo trata precisamente de los «Misterios menores»; y no hablemos de las iniciaciones de oficio, que se refieren también a este mismo dominio y que, en el caso en que no pueden ser llamadas específicamente cristianas, no requieren por ello menos de sus miembros, en un medio cristiano, la práctica del exoterismo correspondiente.

Ahora es necesario prever otro equívoco, pues algunos podrían estar tentados a sacar de lo que precede una conclusión errónea pensando que, si los sacramentos no tienen ningún carácter iniciático, debe resultar que nunca pueden tener efectos de ese orden, a lo que no dejarían si duda de oponer algunos casos en los que parece que haya sido de otra manera; la verdad es que, en efecto, los sacramentos no pueden tener tales efectos en sí mismos, estando su eficacia propia limitada al dominio exotérico, pero hay sin embargo otra cosa que considerar a este respecto. En efecto, dado que existen iniciaciones pertenecientes especialmente a una forma tradicional determinada y tomando como base el exoterismo de ésta, los ritos exotéricos pueden, para aquellos que han recibido tal iniciación, ser transpuestos de algún modo a otro orden, en el sentido de que servirán como soporte para el trabajo iniciático mismo, y por consiguiente, para ellos, los efectos ya no estarán limitados sólo al orden exotérico como lo están para la generalidad de los adheridos a la misma forma tradicional; esto es así, tanto para el Cristianismo como para toda otra tradición, desde que hay o hubo propiamente una iniciación cristiana. Queda claro que, lejos de dispensar de la iniciación regular o de que pueda ocupar su lugar, este uso iniciático de los ritos exotéricos la presupone por contra esencialmente, como la condición a la cual las cualificaciones más excepcionales no podrían suplir, y sin la cual todo lo que sobrepasa el nivel ordinario no puede acabar como mucho más que en el misticismo, es decir en algo que, en realidad, no proviene aún más que del exoterismo religioso.

Se puede comprender fácilmente, por lo que acabamos de decir en último lugar, lo que fueron realmente aquellos que, en la Edad Media, dejaron escritos de inspiración manifiestamente iniciática y que hoy se comete comúnmente el error de tomar por «místicos» porque no se conoce nada más, pero que fueron ciertamente algo completamente diferente. No hay por qué suponer para nada que se haya tratado de casos de iniciación «espontánea», o de casos de excepción en los cuales una iniciación virtual que hubiese permanecido vinculada a los sacramentos hubiera podido devenir efectiva, mientras existían todas las posibilidades de una adhesión normal a alguna de las organizaciones iniciáticas regulares que existían en esa época, a menudo bajo la fachada de órdenes religiosas y en su interior, aunque no se confundían en ninguna forma con ellas. No podemos extendernos más para no alargar indefinidamente esta exposición, pero haremos hincapié en que es precisamente cuando esas iniciaciones dejaron de existir; o al menos de ser suficientemente accesibles para ofrecer aún realmente esas posibilidades de adhesión, cuando el misticismo propiamente dicho tuvo nacimiento, de manera que las dos cosas aparecen estrechamente ligadas (18). Lo que decimos aquí no se aplica. por lo demás, más que a la Iglesia latina, y lo que es muy notable también es que en las Iglesias de Oriente no ha existido nunca misticismo en el sentido en que se entiende en el Cristianismo occidental desde el siglo XVI, este hecho puede hacernos pensar que una cierta iniciación del género de las que hacíamos alusión, ha debido mantenerse en esas Iglesias y, efectivamente, eso es lo que ocurre con el hesicasmo, cuyo carácter realmente iniciático no parece dudoso si, allí como en otros casos, ha sido más o menos disminuido en el curso de los tiempos modernos por una consecuencia natural de las condiciones generales de esta época, a las que apenas pueden escapar las iniciaciones que están extremadamente poco difundidas, que lo hayan sido o que hayan decidido voluntariamente «cerrarse» más que nunca para evitar toda degeneración. En el hesicasmo, la iniciación propiamente dicha está esencialmente constituida por la transmisión regular de ciertas fórmulas exactamente comparables a la comunicación de los mantras en la tradición hindú y a la de los wird en las turûq islámicas; existe también toda una «técnica» de la invocación como medio propio de trabajo interior (19), medio bien distinto de los ritos cristianos exotéricos, aunque este trabajo no puede menos que encontrar también un punto de apoyo en ellos como lo hemos explicado, puesto que, con las fórmulas requeridas, la influencia a la cual sirven de vehículo ha sido transmitida válidamente, lo que implica naturalmente la existencia de una cadena iniciática ininterrumpida, dado que no se puede transmitir evidentemente más que lo que se ha recibido (20). Esta es una cuestión que no podemos más que indicar aquí muy sumariamente, pero del hecho de que el hesicasmo está aún vivo en nuestros días, nos parece que sería posible encontrar por ese lado ciertas aclaraciones sobre lo que han podido ser los caracteres y los métodos de otras iniciaciones cristianas que desgraciadamente pertenecen al pasado.

Finalmente, para concluir podemos decir esto: a pesar de los orígenes iniciáticos del Cristianismo, éste, en su estado actual, no es ciertamente nada más que una religión, es decir una tradición de orden exclusivamente exotérico, y no tiene en sí mismo otras posibilidades que las de todo exoterismo; no lo pretende además de ninguna forma puesto que no se ha propuesto nunca otra cosa que obtener la «salvación». Una iniciación puede naturalmente superponérsele, y debería serlo normalmente para que la tradición fuese verdaderamente completa, poseyendo efectivamente ambos aspectos exotérico y esotérico; pero, en su forma occidental al menos, esta iniciación, de hecho, no existe en el presente. Queda aclarado, por lo demás, que la observancia de los ritos exotéricos es plenamente suficiente para alcanzar la «salvación»; esto ya es mucho, sin duda, e incluso es todo lo que puede legítimamente pretender, hoy más que nunca, la inmensa mayoría de seres humanos; ¿pero qué deberán hacer, en estas condiciones, aquellos para los que según la expresión de algunos mutaçawwufin (sufíes), «el Paraíso es una prisión»?

NOTAS:

(1). No hemos podido dejar de sorprendernos al ver que algunos han encontrado que Apreciaciones sobre la Iniciación, concernía mucho más directamente al Cristianismo que nuestras demás obras, podemos asegurarles que allí tanto como en otras partes, no hemos intentado hablar más que en la medida que era estrictamente necesario para la comprensión de nuestra exposición y, podríamos decir, en función de las diferentes cuestiones que tenemos que tratar en el curso de aquella. Lo que nos parece apenas menos sorprendentemente es que los lectores que aseguran haber seguido atenta y constantemente todo lo que hemos escrito, hayan creído encontrar en ese libro algo nuevo a este respecto puesto que en todos los puntos que nos han señalado, no hemos hecho por el contrario más que reproducir pura y simplemente las consideraciones que ya habíamos desarrollado en algunos de nuestros artículos aparecidos anteriormente en Le Voile d’Isis y Etudes Traditionnelles.

(2). A este respecto, no carece quizás de interés el subrayar que en árabe. la palabra qanûn, derivada del griego, se emplea para designar toda ley adoptada por razones puramente contingentes y no formando parte integrante de la sha´ria o de la Iegislación tradicional.

(3). A menudo hemos tenido la ocasión de comprobar claramente esta manera de proceder en la interpretación actual de los Padres de la Iglesia. y más particularmente de los Padres griegos: se esfuerzan, tanto como es posible. en sostener que es erróneo que se quiera ver en ellos alusiones esotéricas y cuando la cosa llega a ser completamente imposible, ¡no vacilan en quejarse y declarar que ha habido por su parte una desagradable debilidad!

(4). Ver A. K. Coomaraswamy: La ordenación búdica ¿es una iniciación?, en el nº de julio de 1939 de Etudes Traditionnelles.

(5). Es esta extensión ilegítima la que da lugar posteriormente, en el Budismo indio, a ciertas desviaciones tales como la negación de las castas; el Buda no tenía que tenerlas en cuenta en el interior de una organización cerrada cuyos miembros debían, en principio al menos, estar más allá de su distinción; pero querer suprimir esta misma distinción en el medio social completo constituyó una herejía formal desde el punto de vista de la tradición hindú.

(6). Haremos hincapié incidentalmente en que esto tendría claramente como consecuencia el impedir a las influencias espirituales la producción de efectos concernientes simplemente al orden corporal, como las curaciones milagrosas por ejemplo.

(7). Si la acción del Espíritu Santo no se ejerciera más que en el dominio esotérico porque es el único verdaderamente trascendente, preguntaríamos también a nuestros contradictores, que son católicos, lo que sería necesario pensar de la doctrina según la cual interviene en la formulación de los dogmas más evidentemente exotéricos.

(8). Quede bien entendido que, hablando del mundo occidental en su conjunto, hacemos excepción de una élite que no solamente comprendiera aún su propia tradición desde el punto de vista exterior, sino que, además, continuaría recibiendo la iniciación de los misterios; la tradición habría podido mantenerse así durante más o menos tiempo en un medio cada vez más restringido, pero esto está fuera de la cuestión que consideramos ahora, puesto que es de la generalidad de los occidentales de lo que aquí tratamos y por ello el Cristianismo debía venir a reemplazar a las antiguas formas tradicionales en el momento en que ellas se redujeron a no ser más que «supersticiones» en el sentido etimológico de la palabra.

(9). A este respecto, se podría decir que el paso del esoterismo al exoterismo constituyó un verdadero «sacrificio» lo que es, por lo demás, verdadero para todo descenso del espíritu.

(10). Al mismo tiempo, la «conversión» de Constantino implicó el reconocimiento por un acto de alguna manera oficial de la autoridad imperial, del hecho de que la tradición greco-romana debía ser considerada como extinguida, aunque naturalmente hubiesen subsistido aún bastante tiempo restos que no pudieron más que ir degenerando cada vez más antes de desaparecer definitivamente. y que son lo que fue designado un poco más tarde con el término despectivo de «paganismo».

(11). Hemos hecho hincapié en que la confusión entre estos dos dominios es una de las causas que dan nacimiento frecuentemente a las «sectas» heterodoxas, y no es dudoso que de hecho, entre las antiguas herejías cristianas, hay cierto número que no tuvieron otro origen que ése; se explican tanto mejor por ello las precauciones que fueron tomadas para evitar esta confusión en la medida de lo posible, y de las que no se podría contestar su eficacia a este respecto, incluso si, desde otro punto de vista completamente distinto, habría que lamentar que hayan tenido por efecto secundario el aportar a un estudio profundo y completo del Cristianismo dificultades casi insalvables.

(12). Incluso si se admitieran, lo que no es nuestro caso, las pretendidas conclusiones de la «crítica» moderna que, con intenciones manifiestamente antitradicionales, se esfuerzan en atribuir a estos escritos fechas tan «tardías« como es posible, serían ciertamente aún anteriores a la transformación de la que hablamos aquí.

(13). No pensamos hablar de los abusos a los cuales este tipo de restricción o de «aminoración» ha podido a veces dar lugar, sino de las necesidades reales de una adaptación a un medio social que comprende individuos tan diferentes y desiguales como es posible en cuanto a su nivel espiritual y a los cuales un exoterismo debe, no obstante, dirigirse al mismo nivel y sin ninguna excepción.

(14). Esta práctica exotérica podría definirse como un mínimo necesario y suficiente para asegurar la «salvación», pues ella es el fin único al cual está efectivamente destinada.

(15). Al decir aquí ritos de iniciación, entendemos por ello los que tienen propiamente por finalidad la comunicación misma de la influencia iniciática; es evidente que, fuera de estos, pueden existir otros ritos iniciáticos, es decir, reservados a una élite que ya haya recibido la iniciación; así, por ejemplo, se puede pensar que la Eucaristía primitivamente era un rito iniciático en este sentido, pero no un rito de iniciación.

(16). Tras el artículo sobre la ordenación búdica que hemos mencionado precedentemente, presentamos a A. K. Coomaraswamy una cuestión al respecto; él nos confirmó que está ordenación nunca era conferida más que en presencia de los miembros del Sangha, compuesto únicamente por los que la habían recibido ellos mismos, con exclusión no solamente de los extraños al Budismo, sino también de los adherentes "laicos", que no estaban en suma más que asociados "del exterior".

(17). Mucho nos tememos, a decir verdad, que ahí está para muchos el principal motivo que les impulsa a querer persuadirse de que los ritos cristianos han guardado un carácter iniciático; en el fondo, querrían dispensarse de toda vinculación iniciática regular y poder, sin embargo, pretender la obtención de resultados de éste orden; incluso si admiten que esos resultados no pueden ser más que excepcionales en las condiciones presentes, cada uno se cree gustosamente destinado a estar entre las excepciones; ni que decir tiene que no hay en ello más que una deplorable ilusión.

(18). No queremos decir que ciertas formas de iniciación cristiana no se hayan continuado más tarde, puesto que tenemos razones para pensar que subsiste aún algo actualmente, pero ello en medios tan restringidos que, de hecho, se lo puede considerar como prácticamente inaccesible, o bien, como vamos a decir ahora, en ramas del Cristianismo distintas de la Iglesia latina.

(19). Una puntualización interesante a este propósito es que ésta invocación es designada en griego por el término mnêmê, «memoria» o «recuerdo», que es exactamente el equivalente al árabe dhikr.

(20). Es de resaltar que, entre los intérpretes modernos del Hesicasmo, hay muchos que se esfuerzan en «minimizar» la importancia de su parte propiamente «técnica», sea porque ello responde realmente a sus tendencias, sea porque piensan desprenderse así de ciertas críticas que proceden de un desconocimiento completo de las cosas iniciáticas, hay ahí, en todos los casos, un ejemplo de estas aminoraciones de las que hablábamos antes.

(Publicado originalmente en "Etudes Traditionnelles", sept., octubre-noviembre y diciembre de 1949. Recopilado en Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano.

Fuente: http://www.geocities.com/dodecaedro1/0l3awycristianismoeiniciacion.htm

LA RELIGION Y LAS RELIGIONES

T. PALINGENIUS

El presente artículo fue publicado por René Guénon con el seudónimo de T. Palingenius en marzo de 1910 en la revista La Gnose fundada por él en 1909. No ha sido incluido en ninguno de sus libros póstumos, aunque parte del mismo fue retomada por Guénon en su estudio "A propósito del Gran Arquitecto del Universo" (id., julio-agosto 1911). El texto que hoy presentamos abre el nº doble de homenaje que la revista francesa Vers La Tradition, dirigida por Roland Goffin, dedicara el año pasado al Cincuentenario de la muerte del gran metafísico francés (nº 83-84: "Pour nous, René Guénon; ce que nous lui devons"). Matgioi, (=Matgiua), es el nombre simbólico de Albert de Pouvourville, militar iniciado en Oriente en el Taoísmo y autor entre otras obras de La voie métaphysique (1905).

"Honrad la Religión, desconfiad de las religiones": tal es una de las máximas principales que el Taoísmo ha inscrito en la puerta de todos sus templos; y esta tesis (que es desarrollada por otra parte en esta misma Revista por nuestro Maestro y colaborador Matgioi) no es especial de la metafísica extremo-oriental, sino que se desprende inmediatamente de las enseñanzas de la Gnosis pura, que excluye todo espíritu de secta o de sistema, por consiguiente toda tendencia a la individualización de la Doctrina.
Si la Religión es necesariamente una, como la Verdad, las religiones no pueden ser más que desviaciones de la Doctrina primordial; y no hay que tomar por el Arbol mismo de la Tradición las vegetaciones parásitas, antiguas o recientes, que se enlazan a su tronco, y que, aún viviendo de su propia sustancia, se esfuerzan en ahogarlo: vanos esfuerzos, ya que modificaciones temporales no pueden afectar en nada a la Verdad inmutable y eterna.
De esto, resulta evidentemente que no se puede otorgar autoridad alguna a todo sistema religioso que invoque parentesco con uno o varios individuos, puesto que, ante la Doctrina verdadera e impersonal, los individuos no existen; y, por ello, se comprende también toda la inanidad de esta pregunta, planteada no obstante tan a menudo: "¿las circunstancias de la vida de los fundadores de las religiones, tales como nos son referidas, deben ser contempladas como hechos históricos reales, o como simples leyendas que no tienen más que un carácter puramente simbólico?"
Que se haya introducido en el relato de la vida del fundador, verdadero o supuesto, de tal o cual religión, circunstancias que no eran primitivamente más que puros símbolos, y que han sido tomadas después como hechos históricos por aquellos que ignoraban el significado de ello, es muy verosímil, incluso probable en muchos casos. Es igualmente posible, es cierto, que semejantes circunstancias se hayan realizado a veces, en la existencia de ciertos seres de naturaleza muy especial, tales como deben serlo los Mesías o los Salvadores; pero poco nos importa, ya que esto no les quita nada a su valor simbólico, que procede de algo completamente diferente a los hechos materiales.
Iremos más lejos: la existencia misma de tales seres, considerados bajo la apariencia individual, debe ser contemplada también como simbólica. "El Verbo se hizo carne" dice el Evangelio de Juan; y decir que el Verbo, manifestándose, se ha hecho carne, es decir que se ha materializado, o, hablando de una manera más general y al mismo tiempo más exacta, que se ha, en cierto modo, cristalizado en la forma; y la cristalización del Verbo, es el Símbolo. Así, la manifestación del Verbo, en cualquier grado y bajo cualquier aspecto que sea, contemplada con respecto a nosotros, es decir desde el punto de vista individual, es un puro símbolo; las individualidades que representan el Verbo para nosotros, ya sean o no personajes históricos, son simbólicas en tanto que manifiestan un principio, y es el principio sólo quien importa.
No tenemos pues en modo alguno que preocuparnos de la historia de las religiones, lo cual no quiere decir por otra parte que esta ciencia no tenga tanto interés relativo como cualquier otra; nos está incluso permitido, pero desde un punto de vista que no tiene nada de gnóstico, desear que realice un día progresos más verdaderos que los que le han dado reputación, insuficientemente justificada quizás, a algunos de sus representantes, y que se desembarace pronto de todas las hipótesis demasiado fantasiosas, por no decir fantásticas, de las cuales la han llenado exégetas poco prudentes. Pero no es éste el lugar de insistir sobre este asunto, que, nunca lo repetiríamos demasiado, está completamente fuera de la Doctrina y no podría alcanzarla en lo que sea, ya que se trata de una simple cuestión de hechos, y, ante la Doctrina, no existe nada más que la idea pura.

Si las religiones, independientemente de la cuestión de su origen, aparecen como desviaciones de la Religión, hay que preguntarse por lo que es ésta en su esencia.
Etimológicamente, la palabra Religión, que deriva de religare, religar, implica una idea de ligadura, y, por consiguiente, de unión. Así pues, situándonos en el dominio exclusivamente metafísico, el único que nos importa, podemos decir que la Religión consiste esencialmente en la unión del individuo con los estados superiores de su ser, y, por ello, con el Espíritu Universal, unión mediante la cual la individualidad desaparece, como toda distinción ilusoria; y comprende también, por consiguiente, los medios de realizar esta unión, medios que nos son enseñados por los Sabios que nos han precedido en la Vía.
Este significado es precisamente el que tiene en sánscrito la palabra Yoga, no importa lo que pretendan aquellos que quieren que esta palabra designe, ya sea "una filosofía", ya sea "un método de desarrollo de los poderes latentes del organismo humano".

La Religión, subrayémoslo, es la unión con el Sí interior, el cual es él mismo uno con el Espíritu Universal, y no pretende ligarnos a ningún ser exterior a nosotros, y forzosamente ilusorio en la medida en que fuera considerado como exterior. A fortiori ella no es un lazo entre individuos humanos, lo cual no tendría razón de ser más que en el dominio social; este último caso es, en cambio, el de la mayoría de las religiones, que tienen como principal preocupación predicar una moral, es decir una ley que los hombres deben observar para vivir en sociedad. En efecto, si se separa toda consideración mística o simplemente sentimental, la moral se reduce a eso, que no tendría ningún sentido fuera de la vida social, y que debe modificarse con las condiciones de ésta. Si pues las religiones pueden tener, y tienen ciertamente de hecho, su utilidad desde este punto de vista, deberían haberse limitado a este papel social, sin ostentar ninguna pretensión doctrinal; pero, desgraciadamente, las cosas han sido de otro modo, al menos en Occidente.
Decimos en Occidente, ya que, en Oriente, no podía producirse ninguna confusión entre los dos dominios metafísico y social (o moral), que están profundamente separados, de tal manera que no es posible ninguna reacción de uno sobre el otro; y, en efecto, no se puede encontrar aquí nada que corresponda, incluso aproximadamente, a lo que los occidentales llaman una religión. En cambio, la Religión, tal como la hemos definido, es aquí honrada y practicada constantemente, mientras que, en el Occidente moderno, la gran mayoría la ignora totalmente, y no sospecha incluso la existencia de ella, ni siquiera quizás la posibilidad.
Se nos objetará sin duda que el Budismo es sin embargo algo análogo a las religiones occidentales, y es cierto que es lo que se les acerca más (es por esto quizás que ciertos estudiosos quieren ver, en Oriente, Budismo un poco en todas partes, incluso a veces en aquello que no presenta el menor rastro de ello); pero está aún muy alejado de éstas, y los filósofos o los historiadores que lo han mostrado bajo este aspecto lo han especialmente desfigurado. No es más deísta que ateo, más panteísta que nihilista, en el sentido que estas denominaciones han tomado en la filosofía moderna, y que es también aquel en el cual gente que ha pretendido interpretar y discutir teorías que ignoraba, los ha empleado. No se dice esto, por otra parte, para rehabilitar desmedidamente el Budismo, el cual es (sobre todo en su forma original, que no ha conservado más que en la India, pues las razas amarillas lo han transformado de tal manera que apenas se le reconoce) una herejía manifiesta, puesto que rechaza la autoridad de la Tradición ortodoxa, al mismo tiempo que permite la introducción de ciertas consideraciones sentimentales en la Doctrina. Pero hay que reconocer que al menos no llega a proponer un Ser Supremo exterior a nosotros, error (en el sentido de ilusión) que ha dado a luz a la concepción antropomórfica, sin tardar siquiera en devenir enteramente materialista, y del cual proceden todas las religiones occidentales.
Por otra parte, no hay que equivocarse sobre el carácter, en modo alguno religioso a pesar de las apariencias, de ciertos ritos exteriores, que se vinculan estrechamente a las instituciones sociales; decimos ritos exteriores, para distinguirlos de los ritos iniciáticos, que son otra cosa. Estos ritos exteriores, por eso mismo que son sociales, no pueden ser religiosos, cualquiera que sea el sentido que se dé a esta palabra (a menos que se quiera decir con ello que constituyen un vínculo entre individuos), y no pertenecen a ninguna secta con exclusión de otras; sino que son inherentes a la organización de la sociedad, y todos los miembros de ésta participan en ellos, cualquiera que sea la comunión esotérica a la que puedan pertenecer, tanto como si no pertenecen a ninguna. Como ejemplo de estos ritos de carácter social (como las religiones, pero totalmente diferentes de éstas, como se puede juzgar de ello comparando los resultados de unos y de otras en las organizaciones sociales correspondientes), podemos citar, en China, aquellos cuyo conjunto constituye lo que se llama el Confucianismo, el cual no tiene nada de una religión.
Añadamos que se podría encontrar rastros de algo de este tipo en la antigüedad grecorromana, donde cada pueblo, cada tribu, e incluso cada ciudad, tenía sus ritos particulares, en relación con sus instituciones: lo cual no impedía que un hombre pudiera practicar sucesivamente ritos muy diversos, según las costumbres de los lugares donde se encontrara, y esto sin que nadie pensara en asombrarse de ello. Lo cual no hubiera sido así, si tales ritos hubieran constituido una especie de religión de Estado, cuya sola idea habría sido sin duda un absurdo para un hombre de esa época, como lo sería todavía hoy día para un oriental, y sobre todo para un extremo oriental.
Es fácil ver por ello cuánto los occidentales modernos deforman las cosas que les son ajenas cuando las contemplan a través de la mentalidad que les es propia; hay que reconocer sin embargo, y esto les excusa hasta cierto punto, que a los individuos les es muy difícil desembarazarse de prejuicios de los cuales su raza está impregnada desde hace largos siglos. Por lo tanto no es a los individuos a quienes hay que reprochar el estado actual de las cosas, sino a los factores que han contribuido a crear la mentalidad de la raza; y, entre estos factores, parece que haya que asignar el primer puesto a las religiones: su utilidad social, ciertamente incontestable, ¿basta para compensar este inconveniente intelectual?

Traducción: Miguel A. Aguirre